Uncategorized

El pábulo de mis poemas

Somos el tejido de todas esas palabras que nos hemos pronunciado y los dos sabemos que no hay peor falacia que aquella de que a las palabras se las lleva el viento. Las palabras nos nombran, nos construyen o nos destrozan y se quedan para siempre en el ir y venir de la resaca.

Voy a decirte que, aunque apenas hace un año que te vi por primera vez, yo ya te conocía, te había visto en todos los libros que había leído, en todos los atardeceres y en todas las miradas que antes de ti también tenían el color de tus ojos, en las miles de conchitas que recogí en el mar cuando era niña, en los colibríes que se detuvieron en mi higuera, en cada diente de león al que le soplé pidiéndote. Por eso te digo que aquella noche no te conocí; te reconocí. Recordé aquella tarde que me senté debajo del eucalipto a leer a Borges y sentí que todo estaría bien, igual que aquella noche cuando tomaste mi mano y me curaste el mundo.

Hoy te escribo porque tal vez un día no seamos tan felices como hoy, no nos tengamos tanta paciencia, no nos deseemos a todas horas. Porque a lo mejor un día no querrás verme, ni escucharme, ni siquiera decir mi nombre, no sé, pero pude ser que te canse el sabor de mis labios y mi piel te parezca demasiado blanca, puede ser que un día se nos levante la voz y nos llenemos de heridas nuevas, cabe la posibilidad de que en el futuro todo aquello que te parecía encantador de mí sea una pesadilla y me moleste la forma que tienes de tomarme por las muñecas cuando dormimos y que hoy me fascina. Para que el día que alguna de esas cosas pase sin que podamos remediarlo; recuerdes que tú eres el pábulo de mis poemas.

Siempre he leído de prisa, con esta sensación de que la vida no va a alcanzarme para leer todo lo que quisiera, ahora igual quiero besarte, con prisa, porque tengo la certeza de que no va a alcanzarme la vida para besarte todo lo que deseo.

Quisiera ser como Hemingway, Flaubert, Wilde y Balzac que escribieron las más dulces y apasionadas cartas de amor a sus musas, pero cuando me miras y me salvas de todo apenas alcanzo a pronunciar un deslucido “teamo”. Te escribo porque es lo que sé hacer, porque soy mis palabras y lo que ellas dicen, porque creo que lo que siento cabe en la capital del lenguaje.

Contigo me he vuelto impaciente, también poderosa, tierna, fausta y valiente. Hace un año lo supe como se saben las cosas importantes, como se sabe que ha amanecido, que hace frío, que hoy es dos de noviembre, que no todos los horizontes son para caminar.

Guardo flores en los libros que dejo en tu casa para que, si llega el día en el que olvidemos por qué nos amamos, puedas abrir mis libros y ver tus flores y saber que nos amamos porque juntos somos mejores.

 

Te amo y me gusta amarte. Feliz aniversario.

Anuncios
cuento·erotismo·Poesía·Prosa poética·Uncategorized

Variaciones sobre la desdicha

                                     “Sin el suicidio la vida sería,

en mi opinión, verdaderamente insoportable.

No necesitamos matarnos. Necesitamos saber que podemos matarnos”. 
Emil Ciorán

Ese martes despertó tan enojada que ya no pudo negociar con la vida. Se había quedado sin fichas, anoche hurgó en su bolsa de piel magenta, se llenó las uñas de restos de tabaco y crema de manos mientras pensaba en que Luis le dijo que la bolsa era rosa; Luis era un idiota, no sólo porque no sabía distinguir el rosado del magenta, sino porque nunca se dio cuenta de que hubiera podido salvarla.

Las decisiones más difíciles de la vida se vuelven sencillísimas cuando ya no tienes nada que perder, ni nada que apostar. Estaba enojada con su padre, no por no haberla querido, sino porque ni siquiera le dio la oportunidad de decepcionarlo, lo hubiera hecho, seguro. Estaba enojada con la genética por parecérsele tanto a ese hombre del que no recordaba ni el tono de voz. Nunca la abrazó, nunca le dijo que la quería, nunca la vio bailar en los recitales, no la enseñó a lanzar la pelota, ni supo que se convirtió en una mujer que siempre estaba lista para ser abandonada.

Odiaba a Alejandro, el primer amor de su vida, por haber llegado demasiado pronto, por haberle enseñado lo poco atractivo puede lucir el tipo más guapo cuando está celoso. Lo aborrecía por haber elegido cambiar su motocicleta por un auto familiar porque pensó que eso era lo que una mujer esperaba del hombre con el que se casaría, porque el imbécil pensó que ella querría casarse con él a los 19 años en vez de enseñarle a qué saben las caricias en lugares públicos y la velocidad insensata en las carreteras. Un día él llegó con un ramo de alelís y un anillo de compromiso en un Chevy dorado en vez de llegar con una rosa de crucero en una motocicleta japonesa y con una promesa de aventuras inquietantes.

La vida es tan frágil, la gente sale una mañana de su casa y es atropellada por un camión en la esquina, destrozada en un choque provocado por un conductor neurótico o borracho, les vacían los sesos con una bala escupida por la pistola de un asaltante novato y drogado en una calle sin luminaria suficiente o se tropieza con una coladera abierta, incluso hay quien muere porque se le fue chueco un pedazo de sándwich, pero Serena seguía viva porque ningún camión o sándwich a medio deglutir habían tenido piedad de ella.

Morirse no es tan fácil como parece. Cabe la aclaración de que Serena no era una suicida, porque querer morirse y querer matarse no son la misma cosa.

Ella se lo estaba dejando a la suerte, pero la suerte la había abandonado manteniéndola viva, total y definitivamente viva.

“Soy sólo un personaje literario con un pasado medianamente trágico y sin lo necesario para ser entrañable” escribió una y otra vez en su libreta hasta que su bolígrafo quedó seco. No se lanzaría de un puente porque no quería que su última sensación fuera el vértigo; tal vez tome cianuro con Whisky como lo hizo Lugones y su cerebro, como el del poeta, se pare para siempre.  Ella no era una mujer deprimida; era más bien lo que se dice una romántica desamorada que había caído en el pozo de la desesperación y que se había preguntado sobradas veces cuáles serían los efectos secundarios de su muerte; pensaba que Safo, la primera poeta, se había suicidado lanzándose al mar, pero que ella estaba muy lejos del mar,  y que el joven Werther sabía lo que era morir de amor, pero Goethe y su pluma no le han prestado a Serena un arma homicida.

Podría matarse por amor o por odio, pero tenia que decidirlo porque tampoco se puede uno matar por cualquier motivo, tendría que ser por amor, porque odiar a Luis por no distinguir el magenta del rosa, ni la desdicha de un berrinche, parecía ahora muy estúpido, tan estúpido como Luis y su discurso de que la decepción nace de las expectativas.

Sí, todos los sabemos y hemos sido testigos de la imposibilidad de provocar amor. Nada de lo que hagas o digas hará que quien ha dejado de amarte cambie de opinión y, sin embargo, también todos nos hemos convertido en esos despreciables seres que lloran, ruegan e imploran al otro que no se vaya, que no nos deje sin saber cómo morir.

Cierto es que nunca se sintió del todo feliz, pero estaba segura de estar enamorada porque cuando aquel hombre, sí, el mentecato que no sabe nada de colores, le dijo que necesitaba tiempo, ella sintió cómo el cosmos se desequilibró, eso no podía ser otra cosa que un sublime, glorioso y perpetuo amor verdadero. Apenas hace unos días todo estaba bien, en esa medianía constante, con esa tibieza de los que aguardan que un día suceda algo extraordinario que sea digno de contar, o de escribir. Y de pronto, de la nada, porque así son esas cosas del sentir, de una taza de café a la siguiente todo se va al traste y uno se queda desorientado y malherido. Nunca iba a perdonarle aquella osadía de dejar de necesitarla.

Apagó la televisión, desconectó todos los aparatos eléctricos de su casa, dejó sobre la barra de la cocina un sobre con sus documentos importantes y un post-it naranja fosforescente que decía: “Aquí está lo necesario para que las cosas sucedan rápido y sin tanto problema. PD. Te culpo de todo”.

Al abrir la puerta para salir a su destino y no volver nunca, para escapar, por fin, de esta condena de abrigar anhelos, sus ojos tropezaron con un ramo de tulipanes aferrados a las manos tembleques de Luis que sólo acertó a decir: La vendedora me dijo que eran magenta; una mezcla entre rojo subido y violeta… como tu bolso.

cuento·erotismo·Poesía·Prosa poética·Uncategorized

Vengo a matarte

Discúlpame; vengo a matarte. Te juro que pensé dejarte vivir; creí que con el paso del tiempo te convertirías en una fractura que sólo dolería cuando hiciera frío y que, a la llegada de un nuevo amor, serías, acaso, como un grifo goteando, pero no fue así, tu nombre sigue retumbando entre mis cejas y mi nuca con un eco inmarcesible, aunque intermitente. De vez en cuando, un golpe de viento y de hubieras irrumpe por la claraboya y lo llena todo de un aire viscoso que no me deja respirar. Lo que fuimos es el desmayo y el yugo, un puntapié en el vientre, el vacío que dejaron las orquídeas.

Con la cosecha y la distancia lo único que ha perdurado es la traición, todo lo demás se ha diluido en los escasos pretextos que ahorré. No me mires así, hace tiempo que dejé de sentir lástima por ti, en realidad fue por eso que renuncié a intentar condenarte, porque a cada ensayo te veía más pequeño, mas infeliz, mas insignificante. Te aseguro que hubo noches que hasta recé por ti pensando que Judas, por lo menos, había ganado unas monedas.

Esta mañana lo supe mientras le daba vueltas al café, fueron 56 vueltas para diluir una sola cucharada de azúcar y todas las razones por las que debería darte el indulto. Antes de matarte pensé en venir a disfrutar un poco de tu miseria; mirarte a los ojos que debí haberte sacado cuando pude, tomarte las manos que debí haberte cortado cuando aun servían para acariciar. Si quieres decir algo, dilo. No porque nada de lo que apuntes pueda cambiar mi decisión, sino porque quisiera escuchar tu voz llena de miedo y suplicante. Me lo merezco después de tantas noches de ahogar la mía en vino barato.

Te traje el perdón que nunca pediste, me ha costado una eternidad construir uno que de algo pueda servirte antes de morir. Lo entretejí con todos los minutos que pensé que pude haber hecho las cosas diferente y que tú, de cualquier forma, hubieras hecho la misma chingadera. El problema fue que recorrimos el camino equivocado, quisimos ser adultos civilizados, y el fin del amor no puede ser civilizado, los quebrantados deben ser rebeldes, irrespetuosos, irreverentes, niños berrinchudos.

Siempre pensé que, de matarte, lo haría primero en el papel, pero apenas anoche descubrí que lo único que valía la pena conservar de ti era el personaje en el que te convertiste y que él no tenía la culpa de haber sido inspirado en un infeliz. Así que lo salvé del suicidio por depresión que había planeado para él y oré porque amaneciera pronto para venir a buscarte.

Pasé la noche como una noche cualquiera, nada extraordinario; me refiero a que no la pasé ansiosa como quien no duerme la víspera de Navidad esperando sus obsequios. Me tomé un trago, busqué el recibo de la luz porque está vencido y saliendo de aquí quiero ir a pagarlo, leí 6 páginas de un cuento de Tanizaki, reflexioné sobre lo refinado de su sensualidad, su subversiva idea del deseo y la sutil concepción de la belleza, después apagué la lámpara del buró, no creo que hayan pasado más de dos minutos para que me arrollara el sueño.

No me malinterpretes, esto no se trata de venganza, si quisiera pagarte con la misma moneda, te quitaría primero aquello que más amas, te arrancaría el brazo derecho, acto seguido te abriría por el medio del pecho asegurándome de que tu piel se desgarrara y sintieras la sangre bañando tus costados y bajando hasta tus piernas, no te dejaría caer de rodillas, aunque eso me sería gratificante, pero impediría que tuvieras el vértigo de sentirte a kilómetros de la tierra aunque no hubieras despegado un solo pie del piso, te pondría un espejo en frente para que notaras cómo el color de tu piel se iba haciendo de ceniza y nube y te taparía la nariz y la boca porque la claustrofobia se trata, antes que de sentirse encerrado, de sentir asfixia. Te prendería fuego para que cuando pudieras respirar de nuevo, la única pestilencia que llegara a ti fuera la de tu carne quemada, y te dejaría vivo; desbaratado, desangrado, débil, drenado, sin inspiración, te quitaría el canto de los pájaros y los colores, acabaría con el olor de las flores, te arrancaría las palabras mas hermosas, calcinaría todos tus tréboles de cuatro hojas, no te dejaría ni una sola frazada para el invierno, me llevaría los cuentos de tu infancia y te dejaría en un mundo sin atardeceres ni lunas llenas, te robaría todo eso en lo que alguna vez has creído y le extirparía todas las hojas a tus calendarios, te dejaría desollado, pero vivo.

Perdóname si tus lágrimas no me conmueven; conozco tu capacidad de mentir y llorar al mismo tiempo, ¿quién dice que los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez? Por otro lado, la lluvia sí me perturba; no sé cómo la usan de musa los poetas; en realidad es terrible, ruidosa, destructora e incómoda. Llega haciendo alboroto y se va sin importarle un céntimo que lo ha mojado todo, igual que tú. Porque cuando la lluvia es fuerte decimos que se cae el cielo sin saber que hay cielos que se caen para siempre.

Piénsalo, en realidad te estoy haciendo un favor al matarte, un día contarán tu historia y tendrá un final sorprendente y apasionado, siempre es mejor morir así que de un infarto por comer demasiada carne roja. Le estoy poniendo emoción a lo que podría ser uno de los episodios más sosos de tu existencia. Cuéntame cuáles han sido tus pesadillas más recientes. Ya me conoces, soy una complaciente compulsiva y tal vez pueda volverlas realidad.

Te voy a llenar los labios con mi saliva y esa será tu ultima cena, disculpa el sabor a metal, he encontrado nuevas formas de sobrevivir a la desgracia. Seguro volveremos a vernos, no dudo que nos esperen cuartos contiguos en el mismo infierno. Ahí el olor de tu carne quemada se confundirá con la de todos y ya no te producirá nauseas. Mira que eres un tipo con suerte.

Sé que sonará absurdo y contradictorio, pero vengo porque necesito nuevos lugares comunes que, irónicamente, sean sólo míos. Estoy pensando en dos en particular: viajar ligera y volver a empezar. Antes de dar tu ultimo respiro tengo un favor que pedirte; mendígame, suplícame, ruégame que te perdone la vida, muy pronto te sentirás como esas personas felices, por ahora, dame el placer de por una vez, una sola vez, poder decirte que no.

cuento·erotismo·Poesía·Prosa poética·Uncategorized

Mortal

Escribo para que no te vayas, para volverte tan perpetuo como cotidiano, para que me sigas queriendo. No sé si lo sabes, pero he considerado devorarme tus ojos, y si me he detenido, es porque no quiero que dejen de mirarme y es que tras cabalgar sobre tu torso por paraísos clandestinos olvido que te amo con ternura y es entonces cuando lo hago con apetito.

Todos los sigilos del mundo penden como rocío de las puntas de mis pechos y yo me entretengo pensando que, si te escribo un poema, tal vez quieras quedarte un día más a mi lado, que quizás si nos besamos de nuevo podamos llenarlo todo de rubores y olor a rosas y canela.

Mis lágrimas son un péndulo y van y vienen con la tempestad de los recuerdos, esos que aspiran a convencerme de que no te quedarás porque nadie aprende a quedarse, y quiero borrar del vocabulario todas las palabras que sirven para decir adiós. Hay noches, como esta, en las que te reconstruyo temblando y pienso que te me notas como se le notaba a Lorca Nueva York.

Eres ahora el páramo que habito, mis noches centelleantes, las gotas de sudor a la zaga de mis rodillas y todas las ciudades que andaré a pie, eres los primeros diez renglones de cualquier historia que valga la pena leer, el delta que une a mis antepasados con el río de mi estirpe, eres la guillotina y el quinqué.

Que nuestros antebrazos se llenen de la tinta perpetua, llámame de cuando en cuando por mi nombre para que mis oídos se acostumbren. Que nadie vuelva a dolerme si no eres tú desgajando mi piel y sus pretextos, que nada vuelva a lastimarme si no es tu fusta y su huella carmesí. Yo no entiendo la vida, por eso la escribo con la esperanza de descubrir que tiene sentido en la lirica amorosa, porque desde que duermo contigo se me ha puesto muy complicada la costumbre de esquivar la felicidad.

Juego a ser tonta, a mecerme en tu regazo, a tropezar con tus misterios. Juego a ser inmortal y hechicera. Y si no fuera porque no creo en los milagros que no nacen del sexo, te diría que cada mañana amanezco con una herida menos.

Nunca volveré a ser la dueña de mi cuerpo, ni tataré de inventar palabras nuevas, porque en ningún tiempo he sido tan yo como cuando decidí ser tuya. Te miro y me hago pequeña para dejarme absorber por tus brazos, y es que, cuando tú me amas soy el volcán nocturno preparado para destruirlo todo con el poder infinito de un solo orgasmo. Y tú me callas con devoción y me dejas morderte las manos con las que ahogas mis gritos y mis dientes te dicen que te amo, que no te vayas, que me dejes hoy otra vez andar detrás de ti intentando enamorarte.

El amor es un candelabro del salón de los espejos, con miles de piedras reflejando las luces y el tintineo que le provoca el viento. Majestuoso, altivo, todo vulnerable. Pon tus manos alrededor de mi cuello y mírame suplicante mientras pierdo el aliento, aprieta un poco mas, siente cómo me asfixio, cómo podrías quebrar mi cuello como el tallo de un alcatraz, ahora quédate sabiendo que tienes en tus manos el poder de volverme mortal.

cuento·erotismo·Poesía·Prosa poética·Uncategorized

El amor no era lo que esperábamos

I

Amé una vez, una sola vez entre las muchas en las que me enamoré hasta perderme, pero aquella  fue distinta; se trataba de andar con sus piernas, de respirar su aliento, de masticar con sus dientes, de comer de su carne. Amé a un muerto y los muertos sólo saben amar a sus gusanos.

Él tenía nombre y yo lo recuerdo cuando pronuncio cualquier palabra que conozco, y si conozco una nueva también lo nombra, todas las palabras del mundo son su nombre.

Antes de él hubo muchos que surcaron mi espalda, después de él hubo más. Los de antes, que también tenían su nombre, me sirvieron para preparar mi piel; curtirla para cuando llegara él a lacerarla con sus fuegos fatuos; los que vinieron después han sido todos vanos intentos por olvidarlo, pero no he encontrado unos labios que no lo evoquen.

Entre mi cuello y mis pies, todo es piel putrefacta a la espera de su regreso y me calcino porque no he encontrado mejor forma de morir que ardiendo. Doblé la esquina de la página del libro que estaba leyendo la noche en que se fue, ahí guardo el estallido, el bosque y la epifanía. Calculo que fue hace menos de un año, no lo sé, pero ha sido desde entonces y eso me consterna.

Hay noches en las que después de cogerme a cualquiera me paro frente al espejo y miro mis cicatrices para saber que hay heridas que derivan en obras de arte, la ostra que no ha sido herida no puede producir perlas. Son mis cicatrices la Magdalena de Proust.

 

II

Entonces lo supe, fue la certeza más fría que haya tocado mi piel; él nunca me había amado, yo había sido en esta historia sólo la carnada del anzuelo, me necesitó siempre para un mismo propósito: hacer que aquella mujer volviera a su lado y como mis letras no lo habían conseguido, decidió utilizar mis pies, mis ojos, mis besos. Él sabía que ella no resistiría verlo amando a otra y construyó esta farsa romántica, él sabía que si era lo suficientemente astuto como para convencerla de que lo había perdido, ella no soportaría saberlo feliz y volvería por lo que le pertenecía.

Nunca me dijo que me amaba a media voz, se aseguró de hacerlo siempre de manera estridente. Yo, haciendo alarde de mi estupidez, pensé que era para que no me cupiera duda, ahora sé que era para que lo escuchara el viento y llevara la noticia. Lo hizo tan bien, que de no ser porque al irse me arrancó las manos, le aplaudiría.

Hace meses que ya no lloro, las lágrimas se me secaron un poco antes de que llegara el otoño y se convirtieron en rojiza hojarasca, la tristeza se vuelve inútil ante la alevosía, quizás es por eso que sueño despierta entre las ruinas y me alegro de verlo caer en su propia trampa.

 

III

Llegué a casa completamente borracha y caliente. Te pedí que vinieras y no dijiste que sí, eso no me gustó nada por lo que decidí masturbarme pensando en ti para que no pudieras dormir.

Me tumbé en la cama con el vestido perfecto, los tacones perfectos y una botella de vino tinto en el buró. Puse un disco de tango, el tango es la música perfecta para hacer el amor a solas; tiene el ritmo de un amante triste y desesperado. Le di un par de tragos al vino y vacié el resto de la copa sobre el vestido, ahora estaba mojado así que no tuve otra opción que quitármelo, me dejé puestos los tacones y las perlas que me regalaste aquella noche antes de ir al teatro, te dije que no me gustaban las perlas, que me evocaban a las lágrimas y a los cerdos, reíste y las pusiste alrededor de mi cuello. Esta noche están llenas de sudor, vino y recuerdos y las uso para asirme de ellas con una mano mientras con la otra me obligo frenéticamente a alcanzar un orgasmo como si en ello se me fuera la vida, como si gimiendo fuera a limpiarme de todo lo que significas, como si mis dedos y mi clítoris fueran a lograr que olvidara tu nombre.

Ahora estoy mojada y triste, el disco se ha acabado y ya no le cabe más silencio a mi tempestad, cerré los ojos y fue la caída libre. No hay más vino, ni tango, ni vestido, aquí ya no hay nada más que una mujer desnuda y subyugada ante lo inevitable.

Me incorporé y caminé hasta la tornamesa, levanté la aguja y la coloqué otra vez en el comienzo. Ojalá la vida fuera un disco que pudiéramos tocar un número infinito de veces y siempre tuviera ese sonido análogo del vinilo, ojalá que siempre pudiéramos volver, con la frente marchita, como Gardel.

Vivir con el alma aferrada

a un dulce recuerdo

 que lloro otra vez…

 

IV

Lo que me parece en realidad inquietante es que el resultado ha sido desastroso. En el desamor uno no debe ser condescendiente, es como ser quisquilloso en el sexo, no se puede. Hay que coger hasta sentir que si pudiéramos retroceder la cinta, seguro hallaríamos algo de qué avergonzarnos y hasta sentir nauseas.

Recordarte es ese dolor gratificante y sigo siendo tu esclava, por eso dejo la puerta abierta por las noches y la luz de la lámpara encendida, para que cuando vuelvas no vayas a tropezar. Por eso cuando vienes me gusta amarte de rodillas y con las manos atadas, para que sepas que mi boca será siempre tu trinchera y me azotes hasta que llore de miedo. La navaja siempre espera entre mis senos para desgarrarte, porque tú y yo sabemos que no sabes sentirte amado si no hay sangre de por medio.

Yo te contemplo como un animal herido, suplicante y sedienta y me ofrezco a ti llena de gracia dispuesta a cumplir con tus deseos más sórdidos. Ya no discuto con los pájaros, ellos siempre tienen la razón, ya no me enfado cuando no dices mi nombre al llegar al orgasmo. Mis ojos ya han visto demasiado como para no entender que no sabes ser feliz; yo duermo poco para no perderme de nada, tú duermes demasiado porque ya no tienes nada que perder y me abro como se abre la mañana para que entres y me vivas como si no supieras que los dos estamos muertos hace mucho, muertos como el cometa que tiene que volar bajo techo, coherentes hasta la contradicción, con besos que tiene precio y yo, con las rodillas raspadas y agradecida de que, aún después de la muerte, tus ojos no se han cansado de mirarme en esta complicidad tan gozosa y angustiante. Ten, te escribí un poema por si un día te sientes solo y quieres verme desnuda.

No es ausencia, es una vuelta de la vida y todo se hace grande y todo se estremece cuando cruzas el umbral para quedarte para siempre o hasta que recuerdes que no me amas tanto como creías, que el amor no era lo que esperábamos, que fuimos solo el sueño de un poeta o una esquirla.

Uncategorized

151 días

Hace 151 días que los mirlos de mi ventana aprendieron una nueva canción y no sé si es poco o mucho tiempo, pero he ensayado para tararearla con ellos.

Me he bordado su voz un poco abajo del hombro derecho, ahí donde suele darme el sol cuando camino por el parque en busca de respuestas, ahí donde aún a veces tengo el dolor reflejo del día que empeñé mi sangre por falta de tinta.

Ese hombre huele al tacto de la luna y merodea en mi pasado como un lobo o un sicario; se sabe poseedor de mis crudezas en la distancia que separa los dedos de sus manos de los dedos de sus pies, y de pronto todo se trata de sus dedos y de su vidriera y de cómo el hielo repica cuando se deja subyugar por el whisky.

Aún hay noches en la que pongo en un joyero de perplejidades la idea de que la vida acompasó nuestros pasos. Es la poesía amortajada, porque ya no tengo versos agrestes ni los necesito, porque esta mañana desperté, él me miraba y siglos de lírica bucólica se pusieron en duda.

No sé amarlo, por eso lo hago con la torpeza del ciego que intenta ensartar el hilo en el ojo de la aguja. No sé creer que el redondel lleva a otro lado que no sea el mismo infierno con distinto diablo.

Por eso a veces me limito a recorrer su cuerpo con las yemas de mis dedos, intento que más que una caricia sea un roce, más que tocarlo pretendo que escuche los suspiros de mi piel y pueda traducirlos en luz y colores y me digo que todo es culpa de Cortázar.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y comenzar…”

Llevo días juntando en una giba invisible las palabras transparentes que emanan de mis poros cuando me besa, con ellas voy a hacerle un collar para estar cerca de su pecho, para colgar de él sin huesos ni ombligo.  Voy a coserlas con un lienzo de pretextos para que si se aparta no me olvide, para que mi oscuridad y su luz sean la sombra de Peter Pan.

Viva y con las uñas en las brasas. Sé que debería estar muerta porque recuerdo con la claridad del relámpago que se cuela por la celosía, la primera vez que me morí, unas semanas antes había soñado con mi madre.

Que el corazón no se repara, que aprende uno a vivir con furia y con las costuras expuestas, que ahora sé que tengo todos mis listones atados al cometa del hombre que duerme de mi lado izquierdo y me mira con ojos de lluvia recién nacida.

Es la delicada y epifánica sensación de llegar ligera como si hubiera dejado la herida sangrante en otro pantalón. No sé cuántas lunas le caben en los bolsillos, pero sé que las ha usado todas para calmarme las mareas.

Desnuda, desarmada y desvelada me rindo ante sus ojos y la noche. Es el éxtasis que me estalla en la garganta deshaciendo los nudos caducos. De rodillas, con las manos atadas, vencida y vencedora en esta nueva tierra llena de trapecios y semillas, de gladiolas y bancas, de manantiales y libros, de una alegría tornasolada.

La felicidad aprendió a esconderse en las pequeñas cosas; en el prodigio de que él cuide de mí, me prepare el café por las mañanas, que no me deje limpiar mis lentes con la camiseta, me mire de reojo mientras leo y me permita, de vez en cuando, verle reír.

Trajo una corbata de un color que no recuerdo y con ella me amarró a su lecho, quizás debí sentir miedo, pero no se me dio la gana. Para erosionarlo me volví céfiro y lo volví dios para rezarle.

No me engaño recolectando soles, les cuento de ellos a las fuentes para que entiendan cuando un día, desesperada, les lance todas mis monedas.

Pronto me sentaré frente al mar y le diré que le devuelvo la brisa, que le diga a sus sirenas que pueden dejar de cantar, que por su lengua indecisa reptaron mudos el tiempo y sus venenos, que él llegó y los mirlos se quedaron, que me salvó su nombre y la muerte dejó de hacer ronda frente a mi puerta, que tiene una cicatriz con forma de esqueleto de pez en la espalda y otra entre las costillas y la pelvis, que rara vez me dice por mi nombre, que no hace ruido cuando camina, que baila cuando me besa, que es tan hostil como amoroso, que a veces no sabe decirme que me quiere y entonces me hace cosquillas hasta provocarme la súplica, que tiene un árbol con pajarillos rojos en el brazo y no llora, pero ha llorado y a menudo me mira como si quisiera decirme algo, pero calla.

Le diré también que puede retirar la trama de espejos con pátina, que, al parecer el caos de mi piel, mi vago sabor a luciérnaga de plata, mis piernas laberinto y las espirales de mi cabello bastan para que él quiera quedarse, por lo menos hasta mañana.

 

 

 

cuento·erotismo·Poesía·Prosa poética·Uncategorized

Cuando las nubes son demasiado blancas y el jazz demasiado claro

Si te digo poco por tu nombre es porque no quiero acostumbrarme, aunque a veces lo susurro cuando duermes y lo hago despacio para que cuelgue un poco en mi lengua. Quiero saberlo todo de ti, pero que siempre me quede algo por descubrir, algo por ignorar y algo por olvidar.

Sórdida ilusión, quimera alevosa es el amor. Que eres mi guerra, mi espada, mi armadura y mi escudero. Y yo tan relámpago y tormenta; un tanto mi misión sigue siendo fisurar la noche con luz intermitente y llevarme la concordia y la sequía: estallar y perderme en la negrura.

Nunca como hoy he sido tan poderosa y frágil, quizás a los 11 años cuando un auto nos embistió a mi bicicleta rosa y a mí y, tras arrastrarnos de una esquina a la otra, sólo rompió la falda a cuadros grises y vino de mi uniforme, en siete partes mi muñeca y de la bicicleta magulló un tanto el manubrio y zafó la cadena. Las dos sobrevivimos. Mi madre lloró antes de gritarme y me pusieron un yeso color verde fosforescente que todos mis amigos firmaron. Fui la heroína que sobrevivió al Volkswagen blanco la tarde que inició el verano de 1990.

Hoy, mientras caminaba en el parque pensé que tal vez Dios esté delirando, que ha estado delirando desde siempre, que por eso cree que es divertido que nosotros, sus creaciones, tengamos que trabajar para vivir, y peor aún, que escribir poemas no parezca un trabajo. Pienso que está loco por dejarnos comer animales vivos y darnos el poder de juzgarnos unos a otros con la vara de una moral incierta. Que el mundo no es razonable y los hombres no somos libres y que, a pesar de eso, he rezado cada noche de mis años pidiéndole a ese Dios narcotizado que me cuide. A veces parece que él, el destino y la diosa de la brisa de alguna religión que desconozco han confabulado para complicarme la vida, entonces me siento tan importante imaginando a los dioses haciendo planes para arruinarme la existencia. Lo que pasa es que no consigo andar por el mundo sin cuestionármelo todo un poco, incluso me pregunto si el hecho de que ayer se me haya chorreado una pluma en la bolsa sea una señal de que debo dejar de escribir, o por lo menos dejar de escribir con tinta azul.

También me pregunto cuál es el truco detrás de haberte encontrado y que ahora me cuides sin tener que suplicártelo a rezos por las noches, la engañifa de las instrucciones para llorar de Cortázar, de los alimentos milagro, de las nubes cuando son demasiado blancas, del jazz cuando es demasiado claro. Incluso pienso que hay algo muy sospechoso en los amaneceres que se tiñen de malva y no confío en los pájaros que jamás desafinan.

Alegrías y besos sin censura, libros sin jaulas. Tantos días sin tener que elegir entre la pastilla azul o la roja. Sé ahora lo cálida y minúscula que es la eternidad. Que me he engañado con preguntas metafísicas y respuestas dialécticas. Que he sido feroz conmigo misma y que no sé cómo, ni por qué, confiné a tus ojos el motivo para salir de mi trinchera y recostarme, de nuevo, sobre un pecho sin temor a destrozarlo todo.

De lado derecho de tu cama descubrí el valor para reconocer que soy una cobarde que, a grandes rasgos, ha conocido tanto el desenfado como la decepción. Que he aprendido que la vida no es más que una colección de días menos y ahora tengo esta intuición repentina y la imagen de los prismas que vi cuando me atropelló el Volkswagen y esta seguridad de que todo cabe en un instante y que es el placer el que le da cuerda al mundo.

Tengo los años necesarios para arriesgarme con un parasiempre, con promesas que se contraen y se expanden, con planes que salten de este al próximo y al próximo invierno; que tardamos, pero nos encontramos.

Ven, te preparo un té y hablemos de nuestro pasado, contemos esas anécdotas que tratan de explicar en lo que nos hemos convertido, tal vez mañana nos sentaremos a la sombra de un olivo y estemos eligiendo un nombre de varón o decidiendo viajar a algún sitio en el que se pueda esquiar en hielo y hablemos del futuro y de la agonía de nuestros años de juventud. Cuéntame qué tal tu día, bésame la frente. Déjame decirte que te amo, aunque lo sepas, permíteme dejar constancia de ello, para que cuando tengas frío y yo no esté cerca; pueda cobijarte esa certeza.