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Temporada de mandarinas

Hace tiempo que ya no eres un niño y lo sé, lo veo, lo escucho y, sin embargo, cuando te miro dormir, vuelves a ser el bebé que sostenía en mi pecho y no pesaba más de tres kilos. Supongo que así será siempre aunque estemos a nada de que comience a mirarte hacia arriba y me dé “torticolitis”, como tú dices. A veces extraño mis brazos cuna, esa falsa sensación de que si te tenía pegado a mi piel nada malo podría pasarte, extraño verte todo el tiempo para asegurarme de que estuvieras bien. Los años van haciendo cada vez más larga la cuerda imaginaria me ayuda a protegerte. De pronto la distancia que nos separa es el horizonte. El miedo se vuelve ese eco debajo del agua. 

La vida nos va poniendo límites y tú cada día necesitas mas espacio, pareciera que por eso estamos más lejos, pero pienso que estamos cerca de manera distinta, quizás ir al parque de mi mano ya no sea una actividad emocionante y los videojuegos le ganen muchas veces a nuestras charlas, ahora hablas más con tus amigos, pasas más tiempo solo, te interesan cosas diferentes, te emocionan cosas que a veces no entiendo, igual que a mí me gustan cosas que tú no puedes comprender, como cuando te cuento que salió una nueva edición de Rayuela y me miras como queriendo que te importe. 

Eres un rompecabezas hermoso y perfecto y a cada día se te colocan más piezas, te haces de tus gustos, de tus aficiones, de tus maneras de entender el mundo y a veces me lo explicas. Ya suenan tus pasos cuando andas por las casas y la voz se te ha engrosado, ahora miras la vida con ojos jóvenes y no niños. Detrás de las persianas del silencio se asoma una personalidad compleja y enigmática; hay días que eres un bailarín en monociclo y otras que eres la tortuga y la luciérnaga, las más, eres el palo de agua con miles de lluvias. De tus dedos de pincel nacen reflejos y sombras y te basta un lápiz y una hoja para salvarlo todo. 

No quiero olvidar nada de lo que has sido, ninguna de tus palabras inventadas, aquella época en la que le decías “pato» a todo, incluso a los patos, los domingos de ir a “Cuelloacán” por un helado, las fiestas de cumpleaños que le hacías a Buzz Lightyear, las mañanas en las que cantabas La cucaracha todo el camino al escuela porque te daba mucha risa decir que le faltaba mariguana pa fumar. No quiero olvidar que preguntabas “¿A dónde?” cuando se iba la luz, el bailable en el que saliste de pulpo, de vaquero, de Miguel Hidalgo, de Peter Pan, de pirata, de calavera, de azteca, de Iron Man. No quiero que me falten nunca tus piecitos pequeños, tus bracitos infinitos, tus caricias de algodón. No quiero que se vaya la tarde en la que llegaste con el pantalón de la escuela hecho trizas pero antes de que pudiera decirte nada, gritaste que había valido la pena porque habías metido el gol, tampoco las pesadillas que te hacían refugirarte en mi cama a al media noche. Que nunca se pierda la primera vez que lograste cruzar solo el pasamanos o amarrarte las agujetas, tu primera bicicleta o el día en el que, por fin, alcanzaste la estatura para subirte al Superman. Quiero guardar bajo llave tu primer corte de pelo, tu primer diente de leche, el coche rojo que te trajo Santa Claus, la primera vez que viste el mar, tu primer viaje en avión, las primeras flores que me compraste con tu propio dinero. Que no se me olvide nunca que no te gustan las salchichas ni el pastel, que prefieres las alitas y la Carlota de limón. Grabar tu primer día en el Kinder, la noche que me preguntaste si de verdad existía Dios. Que mi memoria conserve que tu película favorita era Toy Story, luego Los Pitufos, Camp Rock y la última de Spiderman, el día que probaste el yogurt por primera vez, cuando descubrimos que eras alérgico al aguacate, la maqueta que hicimos de la tundra y lo guapo que te veías vestido de Pinocho en aquella obra escolar, tu traje de charro, el lego de Batman, cómo cantas, cómo hablas, cómo duermes, que no se me olvide nunca nada de lo que eres.

Te prometo conservar los millones de recuerdos que tu vida ha amasado, para que siempre tengas, si la vida no siempre es buena contigo, un sitio al cual volver. Prometo guardarte tu pasado por si un día olvidas de dónde vienes, recordarte lo que soñabas, que querías ser astronauta, futbolista, arquitecto, YouTuber, karateca y pintor. Que si un día te sientes perdido, aquí estarán tus memorias intactas entre mi vientre y la luna, que velaré tus raíces y regaré la tierra que te vio nacer. Te prometo sembrar mandarinas para que cada noviembre, no importa dónde estés, sepas que nunca es tarde para renacer. Te prometo conservar la hojarasca de todos tus otoños, tus ilusiones y tus ganas de crecer. Hoy que cumples 13 años y dicen que dejas de ser, oficialmente, un niño, prometo guardar toda tu infancia, conservarla como la más valiosa obra de arte para cuando gires la mirada buscando respuestas, para cuando arrecien las lluvias, para cuando la verdad no te alcance, para cuando los ecos se vuelvan grutas, para cuando sientas miedo, para cuando tengas ganas de volver, aunque sea un ratito, a tu niñez. 

Felices 13, te ama, tu mamá. 

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Noche de muertos

Cuatro son las estaciones del año, las etapas de vida, el horizonte está dividido en cuatro puntos cardinales, cuatro son las fases lunares. En Fausto, es Mefistófeles el cuarto personaje que junto con Miguel, Gabriel y Rafael; conduce el prólogo al cielo, Ovidio describe cuatro eras o edades del mundo. Según los egipcios, la diosa celestial Nut; dio a luz a cuatro dioses: Isis, Osiris, Neftis  y Set, en el Popol Vuh hubo cuatro creaciones sucesivas correspondientes a cuatro soles y cuatro edades. Vamos, que hasta cuatro son las tortugas ninja. La cuaternidad es un arquetipo universal, premisa lógica de todo juicio de totalidad; y yo te conocí hoy hace cuatro años. 

Voy valorando menos las tormentas

cuando eres tú mi tierra firme.

Me veo las uñas medianas y llenas de futuros, 

guardo nostalgias esquivas, tesoros absurdos. 

Fraguo triquiñuelas para que mañana, otra vez,

estés junto a mi almohada con una taza de café. 

Era noche de muertos, no había viento ni calma.

Prendí la veladora esperando, deseando, 

orando, llorando, buscando…

que el alma de mi madre muerta viniera un rato. 

Mezcal, cempasúchil, tus ojos y mis labios. 

Solar de cuatro lados, camino de fragancia y flores.

Fuimos juramento y presagio, el ala del colibrí,

fuimos un instante de noviembre sostenido de un faro. 

Han pasado cuatro años y se nos alargan las muertes, 

hoy son nuestros difuntos, nuestras veladoras.

Todavía se me cuelga la vida de tu sonrisa mística.

Eres el trapecio de mis frutos, de mis tristezas, de mi furia. 

Nos veo con el fuego sagrado de mil hogares,

siendo la ofrenda de nuestros antepasados, 

y el mundo es así, rojizo, amarillento, cálido, inquieto. 

somos la mitología de nuestros dedos entrelazados.

Es mi deseo ser tu antorcha cuatro años más, 

luego otros cuatro. 

Que mi amparo sea tu pecho cuatro años más, 

luego otros cuatro. 

Que sean los cientos de pétalos naranjas nuestras guía, 

que sea el copal nuestro árbol, resina y humo blanco, 

que sea la sal la raíz que un día nos dé un paraje

en el que nuestros pies encuentren sus pasos lentos. 

Vamos construyendo un sitio seguro 

en donde dialogar con su recuerdo, 

una mesa nueva donde colocar el pan. 

Una tierra de purificación, poesía y mar. 

En cuatro años, bajo la ceiba y sobre la ceniza,

un nuevo hogar para nuestra raíz de risa franca. 

Ven, encendamos el fuego nuevo, 

el candelero morado, por ellos, los que ya no están.

El cirio, la seda, el barro, el satín y las plumas

serán el albergue de varias cuaternidades.

La tierra firme donde algún día descansarán,

en el rellano, nuestros huesos enamorados. 

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9 de agosto

Han pasado trece años y no duele menos, pero duele diferente. 

El dolor tiene el poder de transformarse; cuando murió, mi dolor estaba jadeante, tenía una debilidad vetusta de tratar de evitar lo inevitable, y es que la muerte, en casi todos los casos, es desatinada. “Le quedan tres meses”, dijo el médico con las cejas levantadas como quien te dice que el kilo de chuleta cuesta cincuenta pesos. Supongo que de tanto andar anunciando la muerte, los doctores dejan de respetarla un poco y la convierten en una sinfonía espantosa. 

Los tres meses del presagio se volvieron ocho y sé que no importa si se hubieran convertido en 16 o en 50, yo siempre hubiera necesitado un día más a lado de mi mamá. 

Puedo volver a sentir el dolor de aquella madrugada del 9 de agosto, llovía, hacía un frio de esos que no te obligan a ponerte una chamarra, pero sí te impiden quitarte el suéter, mi madre, tras una batalla con su propio cuerpo que se había ido haciendo chiquito por la enfermedad, agonizaba en su cama con Bastet, la gata gris que murió dos días después. Trato de recordar a qué olía esa noche, pero sólo recuerdo el sabor de las sórdidas lágrimas que resbalaban delicadas por mis pómulos tratando de no hacer ruido y se colaban por la comisura de mis labios con un salado de mar en calma. Esa noche fui todas las humedades del mundo, todos los ríos, todas las tormentas. Para esa hora a mis hermanos y a mí ya nos abrazaba la orfandad inminente y es que no importa cuántos años tengas, nunca se es lo suficientemente adulto como para que la muerte de tu madre no sea sobrecogedora. Fuimos, esa noche de agosto, tres niños indefensos que sabían que, a partir de entonces, no habría a dónde acudir, que la opción de estar con ella desaparecería para siempre. No sólo se fue su cuerpo, se fue todo mi universo, los colores de mis crayolas, las oraciones para alejar las mortificaciones, la brújula de mis fundamentos. Y estaba tan cansada, tanto, tras esos meses de verla desgastarse con la piel apagada y sus manitas todas llenas de manchas y arrugas que fueron perdiendo fuerza y su voz toda llena de lunas llenas y promesas que fue perdiendo el sentido y sus piernitas que dejaron de andar y sus canas que lo vistieron todo y junto con la desesperación encharcaron cada rincón de la casa que nos vio crecer.

Las rosas amarillas del jardín se marchitaron y las flores de la bugambilia hicieron un tapete de fiusha y hojarasca que sigue sonando bajo mis pasos cuando intento pensar que hubo un tiempo en que tuve una mamá a la que podía acudir por un consejo, un abrazo o sólo a tomar una taza de café tibio con crema. La higuera dejó de dar frutos y el naranjo cambió su aroma dulce por el olor de la congoja confundida y desamparada. Nunca un jardín estuvo tan triste y yo con mi vientre henchido y lleno de nueva vida lloré como una chiquilla en el escalón pidiéndole a Dios que me la dejara un poquito más, pero Dios no escuchó, y es que rara vez escucha. 

Ella cerró sus ojos para siempre y unos hombres se la llevaron con la carita tapada y se llevaron también mi primera muñeca con su vestido de holandesa, mi caja de botones de muchos tamaños, los nombres de todas mis mascotas, la pomada que curaba las rodillas raspadas, los besos de bálsamo para las tristezas. Se llevaron el cuerpo de mi madre y con él se fue mi primer día de escuela, las paletas de chocolate con forma de Mickey Mouse, las cremas de limón de Sanborns, las partidas de canasta, mi memorama de Rosita Fresita, mis ganas de ser gimnasta, mi capacidad de consolarme cuando el verano arrecia. La subieron a una ambulancia y también subieron mi primer viaje a la playa, mi traje de baño de bolitas rojas, mi cubeta para hacer castillos de arena, sus manos tibias que todo lo sabían y todo lo aliviaban, sus palabras que cubrían de la intemperie. Se alejaron con el cuerpo de mamá, ella estaba muerta y yo lo sabía y ya nada podía hacer, nunca pude; la próxima vez la vería en una caja con los labios pintados como ella jamás se los habría pintado y entonces sería un cadáver y no mi madre, no la que me compró mis botas transparentes para brincar en los charcos, la que lo sabía todo, la que leía Flores en el ático junto a la ventana y fumaba cigarros fuertes, de hombre. La que usaba siempre zapatos bajos y me peinaba amorosa para que no se deshicieran mis rizos, la que nunca estuvo demasiado cansada como para no escucharme, demasiado enojada como para no besarme o demasiado triste como para no jugar conmigo al camper de las barbies. Que esa dama inmóvil de la caja no sería la misma que me llevaba a las clases de ballet en su Renault 12 color cajeta y usaba la camiseta del concierto de Guns N´Roses como si fuera la ropa más elegante del mundo y decía: “Me la compró mi niña” con todo el orgullo que puede caber en esas palabras. 

Unas horas después, frente a esa caja, el dolor era lánguido y viscoso, estaba deslucido y no lloraba. Después la convirtieron en cenizas y metieron todo lo que significaba algo en mi vida en una cajita, ahí estaban mis sábanas de flores anaranjadas y mi primer beso, la noche en la que mamá se bebió un tequila conmigo porque me habían roto, por primera vez, el corazón, mis primeros zapatos de tacón y el vestido pegadito con un volado blanco en el pecho que me compró para la noche de mi graduación de la primaria que fue el único día que bailé en los brazos de papá. Pusieron en la cajita mis dientes de leche y el día que me corté el pelo porque quería ser como Jo March, se llevaron la tarde que le dije que estaba embarazada y ella lloró sin consuelo porque sabía que Dios no escucha y que no le daría el tiempo que necesitaba para ver nacer a ese bebé que conoció a su abuela dentro de esa estúpida cajita que dicen que la contiene. 

Han pasado 13 años y su nieto es un jovencito de casi 13 años que me la recuerda tanto y entonces el dolor se pone menos desesperado porque está lleno de recuerdos con olor a pasteles medio crudos del hornito mágico y a nieve de limón de carrito, a mangos verdes con chile, a conchas con nata de La Parroquia, a merengues de vasito, a incienso y claveles blancos. Se escucha como una canción de Alberto Cortés o Libertad Lamarque, a tardes de películas de Pedro Infante y a risas alrededor de una mesa de póker. 

La extraño de un modo inverosímil, sobre todo cuando la vida se pone terca y engorrosa y yo sé que ella sabría qué decirme, pero duele diferente ¿saben? Duele como si la existencia me hubiera llenado el cuerpo de pequeñas lesiones impalpables y luego se hubiera encargado de echarles limón por horas y horas, a veces se detenía sólo para hacerme creer que no dolería más, pero luego volvía a empezar hasta que me acostumbré y el malestar se volvió parte de los días y aprendí a vivir con él y a ponerle  a las heridas té de manzanilla y mirar cómo poco a poco me llenaba de cicatrices y me convertía en la corteza de un árbol que era testimonio de los dolores perennes, de esos que se transmutan y que en agosto suelen punzar más porque algunas cortadas vuelven a abrirse para recordarme la noche de lluvia en la que mi madre cerró los ojos para siempre y se llevó las historias de Pearl S. Buck y Mark Twain, las noches de jugar a la Lotería, mi bicicleta amarillo pastel, las navidades llenas de abrazos, las manos de esa mujer que me dio la vida y me enseñó a vivirla, el sabor del yogurt por las mañanas, mi colección de piedritas de mar. Así duele existir desde ese categórico, determinante e irreversible instante en el que murió mi madre y pusieron un pedacito de mi corazón en forma de cenizas en esta estúpida cajita que dicen que la contiene, aunque yo prefiero pensar que vive un poco en las alas de algún colibrí.

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Un extraño embrujo ancestral

Un día, hace un poco más de 12 años, te di una responsabilidad enorme. Los adultos a veces somos muy egoístas, un día serás uno de nosotros y quizás me entiendas.

Las madres son personas muy importantes ¿sabes? Sirven para muchas cosas además de para guardarte en un globo de agua tibia mientras te crecen las piernas, las orejas y los pulmones. Las madres te alimentan, te protegen del mundo exterior que suele ser hostil, sobre todo con los cachorros humanos tan pequeños e indefensos, ellas saben cuando tienes frío incluso antes de que tu piel lo sepa, adivinan tus dolores, espantan a los fantasmas y son expertas en acabar con los monstruos más horripilantes, esos que tienen por maña esconderse dentro de los clósets y debajo de la cama. 

Las madres son fuertísimas, pero de verdad fuertísimas, yo supe de buena fuente de una que logró levantar un automóvil con sus propias manos porque su hijo estaba atrapado debajo, y es que ellas lo pueden todo: cocinar mientras entregan un reporte en el trabajo, tener la ropa limpia, pagar los gastos de la casa a tiempo, ahorrar para una bicicleta en medio de la peor crisis económica, quitar las manchas más escabrosas de tu uniforme blanco y además reparar esa tubería que fallaba hace meses y cambiar los temibles fusibles de la luz. 

Las madres consiguen cartulinas los domingos por la noche, recuerdan todas las fechas importantes y, por un extraño embrujo ancestral, cada una de ellas prepara la mejor sopa de fideos de todo el mundo. En fin, que las madres sirven para un montón de cosas, y cuando creces un poco y decides tener hijos, aparte, te enseñan a hacer todo eso por ellos, es una misión mágica y eterna de dar y dar y, cuando nada queda, seguir dando. 

Pues yo, como todos, tuve un día una de esas, y no una cualquiera, la mía era la mejor; me cuidó, me mimó, me dibujó un mapa lleno de lugares asombrosos, pero un día, cuando yo estaba a punto de convertirme en una madre, en la tuya, ella enfermó; su cuerpo, ese que lo podía todo, dejó de poder, y ella; que nunca se cansaba, se cansó. Se fue y ya no le dio tiempo de enseñarme a ser como una de ellas, una de esas madres todopoderosas que levantan coches y le dan de comer a toda una familia con un solo trozo de carne, de esas que se deshacen de cualquier enfermedad con un poco de té de manzanilla y convierten cualquier sitio en hogar.

Fue entonces cuando te di la enorme responsabilidad de salvarme, tenía muchas ganas de morir con ella, ¿qué iba a hacer yo sin alguien que me dijera que me pusiera el suéter?, ¿vivir con frío eternamente? Pero necesitaba estar viva para que tú nacieras, necesitaba que tú me hicieras vivir, y así lo hiciste, detuviste la caída libre y me pusiste dos alas de rayos lunares que me hacían volar, aunque mis brazos ya no dieran más. 

Naciste pues, y yo, que no sabía ser tu madre, te di la responsabilidad de enseñarme, y tú, que eres un sobreviviente, me enseñaste. Hoy han pasado 12 años desde esa tarde de noviembre en la que lo iluminaste todo y les diste electroshocks a mis ganas de vivir. Eras tan chiquito y tan valiente, nunca te quejaste de la labor que se te impuso, estoico la tomaste y libraste la batalla; sonreíste, anduviste sobre tus rodillas, probaste el mundo y muchos sabores de helado, te levantaste y caminaste, te salieron dientes, aprendiste a andar en bicicleta, a cruzar el pasamanos, a contener todas las tristezas en tus bracitos, a nadar como tiburón y a dibujar infinitos con plumas de colores, y todos los días me tomaste de la mano y me llevaste contigo, me diste raíces nuevas y grandes ramas capaces de anidar aves exóticas y frutos tornasol, espantaste a los fantasmas y acabaste con los monstruos del clóset, adivinaste que tenía frío antes de que mi piel lo supiera y, como producto de un embrujo ancestral, me inspiraste para preparar la mejor sopa de fideos del mundo. 

Juntos hemos inventado palabras, los más estrambóticos pasos de baile, hemos horneado los mejores pasteles y hemos hecho las esculturas de Play doh más imponentes. Juntos nos hemos hecho millonarios de Monopoly y hemos aprendido que sobrevivir también puede ser muy divertido. La vida a veces se nos ha puesto dura, pero tú siempre sabes qué hacer, y es que te pareces tanto a mi madre, tú también curas con tus besos como lo hacía ella y me hablas con las yemas de los dedos, tú también sabes detenerte a contemplar el mundo y la belleza. Te le pareces tanto a la abuela, me hubiera gustado mucho que la conocieras, sabrías que tienes sus ojos y su sonrisa, esa que no sale en las fotos.

Hoy cumples 12 años, y poco a poco dejas atrás la infancia, te vas convirtiendo en un jovencito guapo y espigado. Te miro y me miro un poco y se me hinchan los pulmones de un orgullo muy particular, y quiero gritarle al mundo que ese muchachito de los ojos almendrados y la nariz finita, ese que es capaz de atrapar el firmamento con un trozo de papel y un lápiz con buena punta, ese que baila siempre como si nadie lo mirara, se ríe a carcajadas y resucita con las manos, ese que corre a abrazarme cuando lloro y convierte mis lágrimas en algodón de azúcar, ese que todo lo sabe y todo lo puede, ese, por un extraño embrujo ancestral, piensa que yo preparo la mejor sopa de fideos del mundo. Por hoy, no necesito nada más.

¡Feliz cumpleaños, mi amor!

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Lloremos las muertes

Todavía no estás tan lejos, aún adivino a qué hora entra más luz por tus celosías. 

Noto que de entre tus pestañas nace un precipicio; sepulcro abisal y lapso zurdo. 

Dolor infame de la muerte que nunca invita y siempre arrebata.

Sinalefa siniestra, infausta, inevitable. 

Quiero volver sobre mis pasos hasta ese punto en el que la lluvia lo destruyó todo 

y nos dejó sin pretextos para seguir cuidando nuestros girasoles. 

Se nos alargó la sombra debajo de un cerezo que no sobrevivió el verano, 

se nos ahogó el grito en la cueva de los días. 

Hoy el vino sabe a violetas y tiene las piernas largas. 

Cierro los ojos y ante mi osadía sólo puedo alegar que me duele tu dolor. 

La sangre rojo-púrpura de mis muñecas mancilla el piso, 

la sangre se hace piedra, la piedra se hace sangre, 

los brazos que no sirven porque han dejado de amar a las venas, 

la mancha que es para siempre, que estará ahí de por vida, 

la mácula eterna, la absorción púrpura. 

Estás al corriente de que las cicatrices pueden ser muy bellas. 

Miro a la distancia y calladita tu tristeza, tu enojo, el nudo gordiano.  

Escondido tras tu muralla de hielo te has puesto de rodillas, 

derrotado como se lloran las muertes importantes, 

como se llora cuando nada tiene sentido,

cuando te arrancan el aire de siglos, 

cuando un dragón se instala dentro del vientre

y no encuentra una válvula de fuga, 

un ombligo. 

Dame tu pena, yo la cargaré por ti, llora la muerte y despídete calmo. 

Que sé que no hay peor dolor que el que se desparrama 

cuando muere alguien a quien amas, 

lo sé porque te vi morir mil veces. 

Es un dolor sempiterno como la mancha en la piedra. 

Recuéstate sosegado en mi regazo 

como si no supiéramos que las promesas son cheques sin fondo, 

como si ignoráramos la cólera de Aquiles. 

Lloremos las muertes; yo la de mi madre, tú la de tu amigo. 

Déjame tus miedos, las palabras sin eco, los insomnios y al cuervo de la ventana, 

yo puedo lidiar con ellos y no quiero que te arranquen las manos, 

sin ellas, de dónde saldrá la belleza. 

Duerme hoy, que ya tendrás la eternidad para retumbar el duelo. 

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Sofía

Con nadie he llorado como con ella, les diría que acaso lloré más con mi madre, porque con mamá lloré desde el día de mi nacimiento hasta el día de su muerte, algunos años más que otros, algunas veces más que otras, sin embargo, es probable que nunca antes en mi vida haya llorado como lo he hecho después de que murió y ha sido con Sofía, casi siempre, así se llama la mujer que lleva no sé cuántos años cuidándome incluso de mi misma y que le hace honor a su nombre.

La conocí en una cafetería, el sitio se llamaba “Libertad” casi como augurio, el lugar era una monada, estaba en la colonia Narvarte, en las esquina de Monte Albán y Morena, tenía, en la parte de afuera, cuatro mesas de metal y mosaicos en las que siempre me sentaba, primero porque fumaba y segundo porque iba a diario a tomar un café con mi labrador dorada, Dalila, una pera gorda y dulcísima que se echaba sobre mis pies durante el tiempo que me llevara beber dos o tres tazas del mejor café de la colonia y leer dos o tres capítulos del mejor libro de ciencias sociales, por dentro era una galería de arte mexicano; alebrijes, talavera, barro y demás artesanías de distintas zonas del país decoraban las vitrinas, las repisas y hasta el piso del lugar, era difícil caminar entre tanta chiva, pero una vez que lograbas llegar a una de las mesas o a la barra, entonces era como estar en medio del paraíso de los colores y las texturas, al fondo había un tapanco al que tenías que subir si querías ir al baño, por suerte éramos ágiles y jóvenes, hoy mi vejiga hubiera resentido la incapacidad de mis rodillas porque las escaleras eran una trampa de muerte.

Ahí trabajaba Sofía, una muchacha menuda, con la piel de tamarindo fresco, que caminaba ágil y no tenía fácil la sonrisa, o quizás era que yo no le agradaba, no nos parecíamos en nada, y no me refiero al físico, solamente, sino en nada, con los años descubrimos que nuestras diferencias nos hacían perfectas. El Libertad cerró en poco tiempo; la venta de un café baratísimo a un montón de chamacos que no teníamos en qué caernos muertos y no comprábamos nada mas y una pésima administración, lo llevaron a la quiebra antes de que Sofía y yo descubriéramos que nuestras vidas estaban predestinadas a estar juntas. Ella se quedó sin empleo, yo sin buhardilla y ambas sin Libertad.

No pasó mucho tiempo cuando a escasas dos cuadras de ahí descubrí otro café con potencial de trinchera para leer. La Gaya Scienza, sigue existiendo aunque nunca será lo mismo, le faltamos nosotras y los dueños originales, el espíritu rebelde, la fuente de las virtudes, la verdadera ciencia joven. ¿Quién podría resistirse a un garaje convertido en improvisada cafetería con nombre de obra de Nietzsche? Además, en esa época, la casa tenía en la fachada, una enorme cabeza de elefante de fibra de vidrio, una rareza producto, dicen las leyendas de la colonia, de que antaño solía ser un salón de fiestas infantiles, aunque no lo sé de cierto. Lo que sí sé es que era un lugar mágico, un día le dedicaré un texto enterito al sitio que me hizo saber que el arte no es una profesión, sino un estilo de vida.

Entré a la cafetería con el recelo propio de quien entra a una casa de piedra con un elefante de fibra de vidrio que las hace de mayordomo y la silueta de Nietzsche en la puerta, y ahí, con toda su piel de tamarindo, sus ojos de cielo de noche y su andar de gacela, detrás de la máquina de capuchino, estaba Sofía, no es que me alegrara verla a ella, aunque en realidad sí me alegró, lo que era precioso era ver un trocito de mi Libertad en cualquier sitio. Me sirvió un americano en una taza enorme y me senté en una silla medio rota, en un mesa medio despostillada, en medio de un garaje medio fregado y bebí el primer café del resto de mis días frente a la que sería la mujer que me daría todas las certezas y los rayos de sol, porque uno no sabe debajo de qué cabeza de elefante encontrará a su mejor amiga.

Han pasado quizás 20 años desde ese día, dejé de contarlos cuando las canas nos llegaron y nos hicieron saber que hay cosas más valiosas que celebrar aniversarios, ella se convirtió en la parte que me faltaba, no me da miedo decir que sin ella estaría incompleta otra vez, lo que me da terror es pensar que ella un día no esté. Es una mujer toda llena de pasado y cicatrices, lo era desde entonces cuando aún no teníamos la vida tan desgastada. Ella era grande pero joven, sabia como su nombre, pequeña como la botella más fina de perfume. Después, Ismael Serrano escribió Pequeña criatura y dijo lo que yo no pude.

Sé que no me lo van a creer, pero ella tiene poderes sobrenaturales, a mí me ha sanado sólo con cruzar el umbral más veces de las que puedo recordar, un día podré contar la historia completa, espero que sea antes de que la vista esté tan cansada que no podamos leerla, pero hoy sólo les contaré que desde aquella mañana en la Gaya Scienza ella se convirtió en mi pareja de Scrabble, y esa no es una cuestión menor, para quienes me conocen es sabido que las palabras son mi religión, con ella pasé mañanas enteras de años enteros jugando a las palabras, sabíamos que ellas nos construían, que nombran a mundo que nos sostiene, que a cada letra se transforman, nos cuestionan, nos edifican. No es una lección liliputiense descubrir que “Extrañeza” en el ala izquierda del tablero, tocando un tripe de tanto de palabra en cada extremo y un doble de letra en la Ñ, te da los 351 puntos que te enorgullecerán incluso más que graduarte de la universidad.

Después de eso La Gaya se volvió en el corazón cultural del barrio, ahí nos convertimos en pintores, poetas, trovadores y locos, ella, por su parte, decidió volverse científica, no me extraña que haya decidido ser Química, ella ya, mucho tiempo atrás, era una alquimista, dejó su trabajo, pero no la mesa del fondo con las orillas despostilladas, seguimos yendo a diario por años, no fuimos conscientes del día que dejamos de ser las muchachas de sandalias que jugaban Scrabble, fumaban y bebían café mientras descubrían a Vila Matas y a Pérez Reverte y pensaban que , como ellos, podían cambiar al mundo una letra a la vez, de preferencia sobre un tablero verde. Crecimos y el tiempo se volvió más huraño, ya no teníamos tantas horas para hacer lo que nos había hecho convertirnos en esas mujeres que escuchaban música hasta el amanecer y siempre tenían temas nuevos de conversación, los mejores, que se reían y coleccionaban momentos que con paciencia pulían para cristalizarlos en los mejores chistes privados de los que la humanidad tenga razón. Estuve cuando se fue de su casa, cuando entró a la universidad, cuando se graduó, cuando le rompieron el corazón y a mí todas esas cosas también, y otras, como la muerte de mi madre, el nacimiento de mi hijo, la muerte, aún insensata, del que fue nuestro mejor amigo, todas las veces que las olas nos han arrastrado sin piedad y luego el mar nos ha escupido de nuevo a la playa dándonos una palmada en la espalda y juntas nos hemos sacudido las rodillas y hemos vuelto a sonreír, no saben lo sencillo que es sonreír a su lado, lo bella que me hace la vida, las veces que me ha arreglado las uñas mientras me arregla la vida, las noches que me ha rescatado de los abismos de la tristeza, porque ya les dije, ella tiene poderes; es una alquimista.

Qué suerte he tenido de que ella, la que todo lo sabe, la de piel de tamarindo y mirada de cielo de noche, la de andar de gacela, la de los artificios de la alquimia, la que sana con las manos y construye con palabras; sea mi amiga.

 

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En época de jacarandas

Qué fácil se me ha puesto la vida desde que la vivo contigo, qué fácil dormir en tus brazos, sin pesadillas ni laberintos. Qué fácil despertar a tu lado y hacer planes y arriesgarnos juntos. Qué fácil es ahora encontrar el camino de vuelta de casa.

Me he llenado las manos de especias para cubrirte de recuerdos, le he quitado días a mi calendario para dártelos de regalo, sé que a veces te faltan horas o semanas y que, aunque disfrutas andar de prisa, por momentos también quisieras dejar que todo desapareciera un rato.

A veces sigo pensando que es un sueño, que no estás y no está nuestra casita perfecta con sus plantas junto a la ventana, sus fotos, los libros que me han construido y las flores que trajiste sin razón, el perro durmiendo en cualquier lado y mi niño saltando en algún mueble. Pero ahí está todo; las risas en las paredes, el aire que se pone tibio cuando llegas del trabajo, los ecos de los teamos diarios, nuestra cama llena de parasiempres, mi sillón de leer, tu sillón de whisky y nuestro sillón de ver la tele, el tapete turquesa que no entiendes, pero me compraste igual y todos los cajones llenos de secretos que un día podrían salvarnos de la rutina.

Contigo he aprendido nuevas formas de reírme, de acomodarme los risos y desmenuzar la poesía, he aprendido que amar no es una tragedia, sino una sinfonía; eres como andar descalza sobre el pasto húmedo, como un chocolate en medio de la tristeza, el horizonte que me ha salvado de la claustrofobia, porque te has dedicado a abrir puertas y a tirar paredes para que yo pueda respirar y ver las estrellas, y sé que no lo sabes , tal vez ni siquiera lo sospechas, porque así son las personas que cambian al mundo, lo hacen desde la inocencia de creer que nada hacen. Eres una taza de té caliente cuando limpias mis lágrimas y no sabes por qué lloro y no importa que no pueda decirte que es porque se me había olvidado que mi madre estaba muerta y que acabo de recordarlo apenas hace un rato, cuando necesitaba su caricia.

Yo quiero hacerte feliz, recostarme en tu regazo mientras todo pasa, mirarte mientras duermes y saberme una mujer con suerte, quiero lavar la tierrita que van dejando los ciclos, el cansancio y el agobio. Hacerte sonreír y que se te marquen las arruguitas de los ojos, columpiarme en tus pestañas y sentarme a leer bajo tu sombra.

Tú eres para mí la verdad y la belleza, pues no importa cuántos años cumplas, cuando llego por las noches y me recibes diciéndome que es bueno que esté en casa y me preguntas cómo me fue y me miras con esos ojos que pones cuando algo te importa; eres como un niño descubriendo que puede hacer una suerte nueva con su yoyo. Tú todo lo curas, todo lo ordenas, todo lo iluminas.

Es marzo y el azul violáceo se convierten en el omnipresente paisaje, con sus tapetes floreados. Vamos, que todo esto fue para decirte que no me sorprende nada que hayas nacido en época de jacarandas.

Feliz cumpleaños. Te amo.

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Jet Lag

Eres lo que la vida y los años han dejado de ti; de un tiempo a la fecha, lo único que te importa es que los demás crean que eres feliz, así que dedicas tu tiempo a postear fotos en redes sociales en las que te aseguras de lucir atractivo y sonriente, pero no demasiado; has practicado frente al espejo esa media sonrisa de lado que te hace ver enigmático; entrecierras los ojos a la vez que tuerces los labios; es como si fueras a un tiempo terrible y pícaro. Se ve mejor en la pantalla que en el reflejo, es por el ángulo, piensas.

Anoche hablaste con tu madre, ella no tiene redes sociales así que tuviste que decirle, sin guarniciones, que te sentías alegre y realizado. No es que te importe lo que tu madre piense, pero la gente habla y tu madre habla más que el resto de la gente, así que previenes que se tropiece con alguien que le pregunte cómo te encuentras y le das la respuesta correcta, que ella repetirá sin meditar demasiado, porque tampoco le importa mucho si es cierto o no.

El mundo es pequeñísimo, la última vez que Doña Ausencia, tu madre, se sometió a una cirugía estética, tuvo que cambiar de médico porque el anterior se reusó a hacerle otra intervención, su salud e incluso su vida estarían en peligro si llegara a realizarla, o eso dijo, entonces, tu madre dijo a su vez que ese doctorsete era un idiota y que no sabía nada. Se fue con el Doctor Sevilla, una eminencia con pocos escrúpulos y muchos hijos que mantener y él le restiró la cara por octava ocasión. Desde ese día tu madre tiene siempre el mismo semblante y es difícil adivinar si está enojada, hambrienta o con estreñimiento.

En una de sus consultas de seguimiento se encontró con Drusila, la novia de Ernesto, ese que hasta hoy ha sido tu mejor amigo y fuiste tú el tema de conversación, tu madre le dijo que estabas triste, que creía que extrañabas a la lagartona “chichisoperadas” de Renata y que incluso temía por tu vida, dijo que creía que bien serías capaz de darte un tiro con tal de evitar el dolor que te producía estar lejos de ella. Drusila pensó que exageraba, pero le siguió la corriente para sacarle toda la información como quien, sediento, exprime una naranja. Estás convencido de que esa Drusila es medio golfa y siempre te ha tirado la onda sin importarle tu relación con Ernesto y mucho menos la suya, ella tiene una colección de cirugías plásticas y de exmaridos, a tu último performance llegó con tetas nuevas y te las embarró en la cara fingiendo que se había tropezado junto a tu silla, sentiste cómo tu frente se hundió en aquellos balones recién inflados y no niegas que tuviste muchas ganas de morderlos, pero Ernesto es tu amigo y te limitaste a masturbarte por la noche con ese recuerdo. La verdad es que a ti Drusila no te gusta, es artificial y engreída, y sabes que te coquetea porque tu cuenta de banco es exponencialmente más grande que la de su novio en turno, supones que quiere recuperar el dinero que ha invertido en las tetas que no mordiste esa noche y en los labios que sólo besaste una vez por equivocación en esa fiesta de disfraces en la que estabas tan borracho que no tuviste capacidad de arrancártela de encima antes de que metiera su lengua en tu boca. Por eso le mientes a tu madre, para que no se le vaya a salir hablar de ti con alguien más en la sala de espera de algún cirujano plástico.

Ayer volviste de viaje, fuiste a París, a ti París no te gusta, pero a ella le gustaba y tiene unas vistas prodigiosas para tomar fotografías. Necesitabas unas vacaciones, tus publicaciones de viajes empezaban a estar caducas y no ibas a permitir que los chismosos comenzaran a hablar de que no habías salido del país a causa de tus finanzas o tu soltería.

Pasaste casi toda la semana en tu cuarto de hotel bebiendo whiskey y pensando que quizás la próxima vez irías a Escocia a beber champaña en un cuarto de hotel más grande y más frío que ese.  Esta mañana te levantaste a ver qué respuesta había en las fotos de tu recién concluido paseo; el cúmulo de likes era mayor que el del viaje a Beirut, aunque todavía no alcanzaba la aceptación de tu lanzamiento en paracaídas, ese sí que fue un éxito; tu temor a las alturas y un instructor jactancioso y grosero hicieron de esa experiencia una tortura, pero las fotografías eran espectaculares y entre el viento que te mantuvo el pelo en la cara todo el tiempo y los lentes especiales, en ninguna se nota el terror que estabas sintiendo. Revisabas los comentarios de tus amigos, de tus tías y de las comadres de Doña Ausencia, cuando en tu perfil apareció una solicitud de amistad de una mujer con el pelo impecable, era rubio y liso hasta un dedo por debajo del pecho, con la raya de lado, tenía dos ondas perfectas que rozaban sus orejas; las chicas que tienen así es pelo suelen tener dinero, las pobres lo recogen en tímidas coletas y las clasemedieras lo llevan suelto, pero con acicalados caseros. Tu hermana te ha platicado que ha llegado a gastar hasta $25,000 mensuales sólo en el cuidado de su cabellera; incluyendo visitas semanales a la estética, tintes, tratamientos capilares y, por supuesto, una alimentación saludable rica en grasas buenas, lo que sea que esto signifique. Esta mujer había invertido bien su dinero, o tal vez el de su marido, porque las mujeres así casi nunca son solteras. Si lo sabrás tú.

Alina Saldívar era su nombre, aceptaste la solicitud y de inmediato saludaste en el chat; estabas hecho trizas por el vuelo y ese día no saldrías a ningún lado, pedirías comida por teléfono y si por la tarde te sentías mejor, terminarías el cuadro que te encargó el italiano gay de la galería que es una monserga, el cuadro, no el tipo, aunque a veces también lo es. Mientras tanto podrías charlar un rato con una desconocida con la paz que da que quien no te conoce no te juzga, y si lo hace no te importa.

Tu “hola” recibió inmediata respuesta, le dijiste que te gustaba su pelo, ella te dio las gracias y te dijo que tenías el mentón como el de Superman, sonreíste enseñando los dientes, tal cual lo prohíben los cánones de las selfies. Le preguntaste si tenía tiempo de platicar y te dijo que sí, que tenía gripa y no iría trabajar, le mandaste un GIF de una taza de té y ella respondió con el emoji de beso sin corazón porque se acababan de conocer. Le contaste que estabas soltero pero que era por voluntad propia y no porque no pudieras entablar una relación estable con una mujer, es más, tus últimas dos relaciones fueron estables, le platicaste que habían terminado de formas muy dramáticas porque tienes suerte para enamorarte de mujeres histéricas e histriónicas de las que hacen tormentas en copas de Martinis y pelean como deporte de exhibición de las olimpiadas amorosas. Es por eso que estabas fatigado y habías decidido quedarte soltero, y sí, usaste el verbo decidir, aunque sabías que las dos te habían dejado, pero acababas de mentirle a tu madre, lo cual había bajado bastante tus bonos en la liga de la decencia, así que no te molestó mentir de nuevo un poco.  Te dijo que te entendía y que le contaras más, entonces miraste su foto de perfil y tenía los ojos de añil y sonreía como si te entendiera y supiste que te entendía y tocaste su pelo por sobre la pantalla y supusiste que sería muy suave y seguiste contándole de tu pasado. Le dijiste que habías terminado con Berenice hacía poco, que las cosas habían salido mal, pero que tenías la conciencia tranquila, Bere es una chica muy dulce, usa el pelo rizado y sin ningún cuidado especial, en realidad es algo desaliñada, pero canta divino y desde que iniciaron su romance empezó a velar un poco más por su apariencia, no es que tú la hubieras obligado, sólo la llevaste con un estilista para que le arreglara el pelo y las uñas, y ella, como estaba enamorada de ti y quería agradarte, no opuso resistencia, aunque esa noche la viste llorando frente al espejo, pero no crees que haya sido por el drástico cambio de estilo, porque de verdad quedó guapísima, seguro tendría algún problema con su familia o en el trabajo, pero no le preguntaste porque estabas por salir y no podías llegar tarde a esa entrevista de televisión. Eso no se lo contaste a Alina porque no la querías aburrir con detalles sin importancia, le dijiste que habías engañado a Berenice con Renata, bueno, en realidad no había sido un engaño, vamos, desde el día que se conocieron en el cantabar, le platicaste que estabas enamorado de tu ex, que esa mujer te había embrujado, que no podías dejar de pensar en ella, después bebiste de más y Bere también, entonces se besaron al ritmo de Lamento boliviano y luego le dijiste que fueran a  tu casa, que abrirías una botella de vino que habías guardado para un día especial y que ese era el día y ella sonrió enseñando todos los dientes y tomó su bolsa y ni siquiera se despidió de sus amigas y se subió a tu coche. A Alina sólo le contaste que ella se fue contigo y bebieron tinto hasta el amanecer, le explicaste varias veces que tú nunca le prometiste nada, que no hablaron de amor, bueno, quizás sí le dijiste que la amabas e incluso hablaron del futuro y esas cosas, pero todos mienten cuando acaban de conocer a alguien, es una cosa instintiva, como una danza de apareamiento de algún ave exótica, y cuando dijiste eso, Alina rio con letras y te dijo que te entendía y miraste su foto y supiste que era cierto.

Siempre fuiste honesto con Bere, es decir, no es que siempre le dijeras la verdad, nadie dice siempre la verdad, es cierto que empezaste una relación con ella y sabías que no llegaría lejos, no se lo dijiste porque eso la hubiera herido, además, uno nunca sabe, igual y con el tiempo te enamorarías de ella y te olvidarías de Renata. Le dijiste a Alina que nada había sido tu culpa, pero es que cuando Renata se enteró que tenías novia se puso como loca y cuando ella se ponía como loca era como una gata en celo, no, no es que se colgara de las cortinas y maullara hasta despertar a todo el vecindario, es que se movía al acecho y le bailaban las caderas y tú no eres de hule, cuando te dijo que quería verte, no pudiste decir que no, se merecían hablar y cerrar el ciclo, las cosas no podían terminar así, sin que se pidieran perdón y esas cursilerías. Así que fuiste, no se lo dijiste a tu novia porque seguro iba a hacer un teatro de algo bizantino, y es que unos días antes le habías pedido que vivieran juntos, ella te preguntó si estabas seguro y le dijiste que sí, no estabas seguro de nada, pero ella no tenía para qué saber eso. Se mudó y trajo a su perro, un salchicha negro que te odiaba. Fuiste a tomar un trago con Renata, en un cuarto de hotel porque dijo que ya había tenido muchos problemas con su esposo por tu culpa y no quería ponerse en riesgo de que los vieran juntos, echaría todo a perder ahora que por fin se habían reconciliado por completo, y es que cuando él se enteró que ustedes dos tenían un amorío se alteró muchísimo, tú pensaste que se divorciarían y por fin tú y ella serían felices para siempre en una casa en la campiña francesa, pero no fue así, te dejó y dio por terminada la relación, se quedaría con su esposo porque no quería perder a sus hijos, vaya escusa trillada y sosa vino a darte, te enojaste, pronto el enojo se convirtió en dolor y más tarde en una tristeza flaca de esas que uno sabe que durarán para siempre. No dejarías que nadie supiera que esa mujer te había desgarrado y que había preferido su aburrida y monótona vida de madre y esposa a la aventura interminable que le ofrecías tú con tus excesos y extravagancias. Fue entonces que aprendiste a parecer feliz, por eso cuando le dijiste a Bere que estabas bien, ella te creyó, y llegó a la conclusión de que habías superado tu ruptura, si lo piensas bien, la culpa es de ella por andar creyendo cosas, por suponer, por asumir, como dicen por ahí, el problema son las expectativas, así que en realidad ella es la responsable de lo que pasó por esperar de ti más de lo que podías dar, se lo dijiste a Alina y ella te dijo que tenías razón y que te entendía y tú viste su fotografía y notaste cierta tristeza flaca en sus ojos y supiste que por eso es que te entendía, porque seguro que ella también había sufrido mucho, como tú.

Le contaste que unos días antes de conocer a Bere habías conseguido una pistola, que estabas decidido a matarte para que Renata viviera el resto de sus días sabiéndose culpable de tu muerte, nunca más dormiría en calma, la espiarían las pesadillas de tu cráneo destrozado, dejarías en tu escritorio una nota en la que explicarías, con lujo de detalles, lo que había pasado y luego dispararías, no sin antes enviar una copia de la nota a su marido y a Ernesto, para que supieran qué clase de basura era esa mujer, les dirías todo, incluso que Benjamín, su hijo más pequeño, era tuyo y no del enclenque que le había dado su apellido. Ya tenías todo listo cuando te invitaron aquella noche a festejar el cumple de Drusila y entonces conociste a Bere, pensándolo bien ella salvó tu vida, lástima que se haya enamorado, se hubieran divertido tanto sin esas bobadas. No debiste contarle eso a Alina, era muy pronto para una confesión tan íntima, pero es que te hacía sentir tan en confianza, además en su última respuesta ya había incluido el emoji de beso con corazón, era obvio que su vínculo se fortalecía.

Ella te preguntó si aún tenías la pistola en tu escritorio, le dijiste que sí, que Bere la había visto un día y se había espantado mucho, fue el mismo día que Renata le llamó para decirle que esa noche en el hotel habían cogido hasta que las piernas les dejaron de responder, le mandó fotos, un video y hasta una captura de pantalla de un mensaje de buenas noches que le enviaste cuando llegaste a tu casa antes de meterte a la cama con tu novia, el mensaje decía “Nunca dejé de amarte, buenas noches, amor mío” y finalizaba con el emoji de beso con corazón, ese tan íntimo. Bere entonces se volvió una maniática, y es que siempre te pasa, te involucras con mujeres tan intensas que rayan en el delirio, gritó y rompió cosas y su salchicha ladraba como bocina y ambos corrían por toda la casa ella recogiendo cosas y metiéndolas en una maleta, el animal siendo fastidioso; llegaron los dos a tu estudio, ella te enfrentó y tú mentiste, porque no querías lastimarla, pobrecita, ella era una buena mujer cuyo único pecado había sido hacerse ilusiones sabiendo que lo suyo no era en serio, nunca se lo dijiste así, pero se sobreentendía porque ella sabía que tú estabas enamorado de otra aunque le hayas dicho miles de veces que eso no era cierto y que ella estaba loca por celarte; las mujeres saben. Le pediste que se tranquilizara, pusiste tu mano en su boca y la tomaste con el otro brazo por el cuello para hacerla calmar, le dijiste que le darías algo para los nervios y abriste el cajón y ahí estaba la pistola, ella pensó que ibas a matarla, y es que ella siempre llegaba a las conclusiones más catastróficas; cayó de rodillas llorando la infeliz, y no pudiste negarlo más, le dijiste que amabas a Renata y que no querías volver a verla; que lo lamentabas, que se fuera pronto porque no tenía caso alargar más el mal rato, y ella se fue con la cara toda llena de mocos, el rímel todo corrido y el pelo todo desordenado; se veía tan poca cosa y tú entonces supiste que no podrías amar jamás a una mujer tan insignificante, pero igual te lamentaste porque no te gusta ver sufrir a los demás. Es muy incomodo cuando la gente llora y tú no sabes qué decir y quisieras tocarles la cabeza como a un perrito en la calle, y pensaste que ya no tendrías que ver al salchicha negro y te alegraste.

Ves que siempre me tocan locas, le dijiste a Alina y ella te dijo que sí, que te entendía y tú viste sus ojos de añil y las ondas de su pelo claro y supiste que te entendía, y ella te pidió que tomaras la pistola y que la pusieras en tu paladar y tú lo hiciste y toda la boca se te llenó de metal y tuviste frío y miedo, pero ella te dijo que pusieras tu dedo en el gatillo y miraste su fotografía y le hiciste caso porque tenía la tristeza flaca y te dijo que tiraras y no pudiste incumplir porque estabas tan cansado, y ella, Alina, era la única que te entendía.

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11 años

Supongo que con los años se me irán acabando las palabras, que me iré repitiendo y te diré las mismas cosas que te he dicho miles de veces, pero me parece inevitable, cada que le aumentas un añito a tu línea de tiempo, recordar cómo fue que supe que vendrías al mundo, el terror que me produjo imaginar que alguien dependería de mí, la incertidumbre de si sería capaz o no de criar a un niño, la emoción inconmensurable de saber que dentro de mí se formaba, como el prodigio más grande jamás conocido, el corazón de otro ser humano. No te puedo mentir, aún a veces siento ese miedo de cuando abrí el sobre y decía “Positivo”. Yo te amé desde ese instante, te amé con vértigo.

Luego, ya sabes, vinieron tiempos oscuros, la muerte me arrancó a mi madre y yo, en un acto de un egoísmo sin precedentes, me aferré a la idea de ti para no desfallecer de congoja. Dormí los siguientes tres meses con las manos sobre el vientre, rezando las únicas dos oraciones que conozco; una le ruega a un padre y la otra a una madre y yo esperaba, que ellos, en los que me enseñaron a creer cuando niña, de verdad existieran, y me escucharan. Nunca antes necesité creer más en Dios que cuando pedía con todas las fuerzas que ya me había devorado, que si se había llevado a mi madre ya no me quitara nada más, menos a ti; cuando no sentía que te movías, tenía pequeños ataques cardiacos, entonces me levantaba de la cama, golpeaba quedito mi panza, te hablaba, incluso llegué a saltar para obligar a tu pequeño cuerpecito a que se acomodara y así saber que estabas vivo, que estabas bien y que cada vez se acercaba más el momento de abrazarte.

Era un maremoto de ternura y desesperación, mientras tú, con la fortaleza que tuviste siempre, sobrevivías incluso a mi extenuada tristeza. Hoy recuerdo esos días como una película muda y en sepia, y me veo con los ojos todos llenos de muerte y las manos todas llenas de vida. Quizás nunca te lo había dicho, pero tú me salvaste, me mantuviste en pie cuando las rodillas ya no me sostenían, me obligaste a alimentarme, a cuidar mi salud, a salir de la cama a pisar hojas secas durante el otoño más pálido, a sonreír mientras decidía tu nombre, a cantar canciones de cuna por las noches, a mirar al cielo en busca de esperanza, a renacer cada mañana bajo el chorro de agua tibia de la regadera. Tú me salvaste cuando aún ni siquiera abrías los ojos, y así me has salvado de nuevo a cada estación en la que la vida se detiene y se vuelve abismo o tormenta, tú me has rescatado en cada aurora por los últimos once años.

De pronto me doy cuenta de que ya eres un hombrecito, espigadito y correoso, que toma decisiones y adquiere sus propios gustos, que camina de prisa con ansias de conocer el mundo, que se hace preguntas y entiende más del mecanismo de la existencia que la mayoría de los adultos. Te has convertido en un muchachito espléndido, brillante y dulce y a mí se me endereza la espalda de orgullo de saber que tal vez yo he tenido algo que ver en eso. No ha habido un sólo día desde hace once años que no me sienta la mujer más afortunada del mundo por tener el regalo de ser tu madre.

Hoy vengo a felicitarte, ya habrá tiempo después para pedirte perdón, para decirte que sé que me he equivocado mucho, que el miedo me ha paralizado, que te he mentido porque no he sabido la verdad, que a veces estoy tan triste que sólo puedo llorar, que a veces, cuando ya no puedo ni llorar, grito y que si pudiera regresar el tiempo, haría muchas cosas de otra manera. Ya habrá tiempo de explicarte mis razones, mis miedos, mis pesadillas. Quizás después te pida perdón y quizás me perdones, pero hoy, vengo a celebrar tu vida, que es, sin duda, lo más hermoso que hay en la mía.

Feliz cumpleaños, mi amor.

Te ama con vértigo desde hace 11 años: tu mamá.

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40 años

Cuando era niña, una mujer de cuarenta me parecía viejísima. En mi mente, desde la malvada bruja de Blancanieves en su versión anciana repartidora de fruta envenenada, hasta la abuelita a la que Cri-Cri le pedía el llavero para andar de chismoso en su ropero, debían tener “como cuarenta” y, a decir verdad, cuando la gente me preguntaba lo que quería ser de grande, pensaba en cuando tuviera dieciocho, porque la pregunta era “cuando fuera grande”, no grandísisisisisisima. En fin, que hoy ya en el cuarto piso y convertida en la celebérrima (gracias a Ricardo Arjona) señora de las cuatro décadas, no me siento ni de cerca una bruja jorobada llena de arrugas, no tengo ninguna intención de envenenar princesas veinteañeras, aún no uso bastón y me pinto las canas porque como dijo Albert Camus: Antes muerta que sencilla.

Hoy es un buen día para reconocer mi pasado, agradecerle a la vida que de tantos recelos me haya dejado desnuda para andar por la ruta con la paz de una nuez y buscando explicaciones como quien busca el calcetín que perdió en la lavadora y que sabe que nunca aparecerá, con desgana, sin demasiada esperanza, pero sin tregua.

Cada tanto me doy cuenta que me cuesta más despertar por las mañanas, que antes de la primera taza de café no tengo capacidad humana alguna y que despunto cada día con más dolor en la cintura y en las rodillas, sobre todo en la derecha. Me preocupa, pero no tanto como para ir al médico. Sé que escribo en un afán de descubrir que he hecho algo que valga la pena contar, y para llorar mientras lo hago, pues con los años he descubierto mi incapacidad de librar la congoja y de hablar de lo que siento, por lo menos con la voz.

Hace un par de años que vivo despeinada y es quizás una de las mejores providencias que he tomado; desde entonces tengo bastante peinada la existencia y la sonrisa. Antes de eso casi todas mis alegrías fueron tragadas por el tiempo, algunas fueron borradas por completo e intento reconstruirlas entre cuentos familiares y fotografías amarillentas, pero sé que en otros tiempos también fui feliz, aunque cuando miro al pasado casi siempre lo que abrigo es melancolía y desamparo. Recuerdo que me abrí las rodillas varias veces y el corazón otras tantas, que pasé casi toda mi niñez pidiéndole a mis hermanos o a mi madre que jugaran conmigo, que jugaron casi siempre, que la mitad del día tenía miedo de lo que pasaría la otra mitad, que desde pequeña aprendí que la muerte se lo lleva todo; empezó por llevarse a mi perro, luego a otro, y cuando llegaba uno nuevo intentaba con todas mis fuerzas no amarlo, pero siempre fracasaba y el perro entonces se moría y otra vez me dolían todos los dolores del mundo y me quería perder en una isla inhóspita y no amar a nada ni a nadie de nuevo para no volver a sentir que me asfixiaba de desconsuelo. Así se murieron Bingo, Bolo, Preciosa, Tacita, Manchas, Bigotes, Sisí, Pelos, Grandote, Dado y muchos otros de los que no recuerdo ni su nombre; hasta que un día se murió mi madre y entonces supe que eso a lo que yo había llamado sufrimiento no era más que una milésima de parte de lo que el verdadero sufrimiento es. Esas cosas para las que no estaba preparada a los cinco, ni a los quince, tampoco a los treinta y llegué sin estar preparada a los cuarenta, porque nunca se es demasiado viejo para aprender a lidiar con la muerte.

Ojalá tuviera una cuenta exacta de cuántas velas he encendido en un apagón, cuántas veces fui con mi madre al parque, las conchitas que recogí en la playa, las ocasiones que crucé el pasamanos, las fuentes a las que lancé monedas, las resbaladillas por las que me escurrí, los helados de limón que me comí, las veces que lloré hasta quedarme dormida, las cartas que escribí que no tuvieron respuesta, las estrellas que me siguieron cada vez que viajé de noche en carretera. Pero no tengo un recuento, ni una caja de recuerdos, ni los boletos de los conciertos a los que he asistido. Tengo dos hermanos tan huérfanos como yo que me aman a pesar de mí misma, que me han cuidado siempre y con los que puedo, de vez en cuando, sentirme niña otra vez. Tengo cajas repletas de los libros que con sus historias me han salvado de la mía, un hijo que me mira y cree que todo lo sé, que me hace sentir viva, que se recuesta en mi vientre y todo lo hace milagro, que desde hace diez años con el simple hecho de reír me da motivos para seguir adelante, para luchar contra gigantes y sacar a diario la espada de la piedra, él sonríe y el mundo se vuelve un lugar en el que vale la pena vivir. Tengo amigas que se cortarían una mano para dármela, una ventana que no da a ninguna parte, pero que sirve para saber que la claustrofobia no va a matarme, los ojos con arrugas que me gusta pensar que son de reír y cicatrices que no sirven más que para hacerme saber que para volar tienes que aprender a esquivar las montañas.

Tengo las pestañas siempre un poco húmedas, el rímel siempre un poco corrido, los ojos siempre un poco hinchados. Tengo una lista de fracasos amorosos, dos novelas sin terminar, he perdido un par de muelas, pero todavía tengo muchas ganas de comer manzanas a mordidas. Tengo siempre un poco de nostalgia tras las orejas como perfume y la costumbre de caminar mirando al cielo como buscando algo. Tengo una lista de las veces en las que me rendí uno metros antes de la meta, otras en las que renuncié y muchas en las que preferí volver sin mirar atrás. Tengo la manía de pensar que siempre habrá tiempo después, para lo que sea.

Tengo un amor fresco que pone flores en el florero, que me construyó un hogar como el de mis sueños, con todo y el perro. Que me despierta en las mañanas con un beso y no deja que lo venza el sueño sin darme las buenas noches, que me arrebata y me hace pensar que el futuro viene claro, no importa cuántas temporadas de huracanes tenga que librar; que me mira de reojo mientras leo y sonríe un poco y cree que no lo veo y yo también sonrío un poco y creo que no me ve. Y es que desde que él me ama, los precipicios se disfrazaron de escalón y yo siento que todo lo puedo y que si no puedo es porque no me ha dado por intentarlo. Despierto enamorada como adolescente del hombre que cuelga sus camisas junto mis pantalones en el clóset, que hace unos meses, supongo que en un ataque de locura decidió pedirme que me casara con él, y yo, en un ataque clarísimo de perspicacia, decidí decirle que sí; un hombre que convirtió mi pasado en la biblioteca de Alejandría y a mí en una pirómana desquiciada. Que me hace hermosa con sólo mirarme, brillante con sólo escucharme, sensible de sólo tocarme e invencible de sólo amarme. Lo miro y todas mis jodidas fantasías pareces hormiguitas; lo tengo a él y entonces nada me falta y lo único que quiero en la vida es verlo reír y en la incertidumbre de mis días a su lado, sólo aspiro a la certeza de despertar junto a él.

Tengo un montón de historias por contar, otro montón por rescribir, tengo una colina de libros por leer, una caja de colores para pintarle un mundo nuevo a mi hijo a cada día, tengo una lista de planes en una hoja suelta que seguro voy a perder, una bolsa de cables que no sé de qué aparato son, miedos añejos que se ponen más grandes cuando hace mucho frío. Tengo más lunares que hace un año y menos ganas de volver a los sitios en los que fui feliz, tengo promesas que juegan a las escondidillas y cada día me importa menos si se acumula el polvo en las repisas. Tengo besos anclados en mi infancia y muchos museos por recorrer, tengo apenas un comienzo en un sobre sin remitente, media primavera, poemas atiborrados de jacarandas y adioses, tengo un cuaderno a rayas y una pluma de cinco pesos, tengo por riqueza mis ruinas y mis daños … tengo 40 años y, por suerte, todavía no aprendo a vivir.