cuento · cumpleaños · Muerte · Poesía · Prosa poética

Te amo con todos mis pulmones

“¿Cómo que ya son 14?” es la pregunta que más ha aparecido en mi cabeza en los últimos días pensando en tu cumpleaños. Sí, ya sé que cada año es lo mismo, que me siento a teclear y que a las 3 líneas empiezo a llorar. Sí, ya sé que casi siempre termino con más pañuelos llenos de lágrimas y mocos que palabras en Word. Sí, ya sé que no es necesario porque sabes todo lo que te amo y con un abrazo bastaría, pero no dejo de pensar que un día ya no voy a estar (no, no te pongas triste, falta mucho para eso) y quiero que cuando llegue tu cumpleaños número mil ocho mil, puedas abrir una cajita y dentro estén estas cartas que son cada año la misma cosa cursi y están llenas de repeticiones y lugares comunes y puedas sentirme cerca a través de la única cosa perdurable: las palabras. Por eso aquí estoy otra vez con los ojos llenos de pasado y los dedos todos llenos de futuro tratando de meter a presión todo los que siento por ti en unas cuartillas en Arial 12 a espacio y medio. 

Hace algunas semanas que me pasaste de estatura y para ti quizás sea cosa menor, pero para mí, para la mujer que te llevó en su vientre casi nueve meses y luego te vio nacer de 52 centímetros y 2 kilos y medio, esto es como un acto de magia de antes y después. Y es que todo ha sido muy rápido, estos han sido los 14 años más vertiginosos de toda mi existencia; ahora estás más alto que yo, más fuerte que yo, más inteligente que yo y sé que esta será quizás la última vez que te escriba sin verte hacia arriba y que me dé torticolitis (forma en la que te sigues refiriendo a la tortícolis), así que me voy soltar con mi retahíla de decirte cuánto te amo y lo orgullosa que estoy de ti antes de que me lleves medio metro de altura. 

A finales del 2019 tenías 11 y eras un niño, en China, un chino se comió una sopa de murciélago y desató una de esas enfermedades que de pronto aparecen en este planeta y que al principio nunca se sabe qué tan graves serán. A los pocos meses de que naciste hubo una, se llamó Gripa AH1N1, tú eras un bebecito de brazos, habrás tenido unos 4 o 5 meses cuando escuché por primera vez la palabra “Pandemia”, no entendía mucho, pero parecía que todos nos íbamos a morir de gripa. La verdad en aquella ocasión no lo tomé tan en serio, estaba ocupada aprendiendo  a ser mamá y no habías cumplido el año cuando la Organización Mundial de la Salud anunció el fin de la crisis, pero esta vez fue diferente, el chino ese del murciélago (ahora sabemos que es sólo un mito pero me sigue encantando la explicación falsa), sí nos rompió la madre a todos (puedo utilizar esas expresiones porque ya tienes 14, no nos hagamos) y la cosa de la gripa rara no se quedó en China por mucho tiempo. Decían que los primeros síntomas eran cansancio, dolor de cabeza y cuerpo cortado (muy parecidos a los síntomas de la enfermedad llamada tener 40 años), pero también los contagiados perdían o podían perder el sentido del olfato, se llama anosmia y lo escribí sólo porque me parece una palabra muy hermosa y, si algo bueno me ha dejado esta tragedia de proporciones titánicas, es que, por lo menos, he adquirido nuevo vocabulario. La Navidad de ese año todavía la pasamos pensando que la cosa no pasaría de ahí, pero pronto la vida nos dio una cachetada pandémica y 2020 nos recibió con la noticia de que había casos ya en Europa y, como sabemos, Europa siempre es la cuna de todos los males que nos aquejan. Si estaba pasando allá, lo más seguro es que pasaría aquí, y así fue, en febrero tuvimos el primer caso en México y de ahí pal real, esta enfermedad fue y sigue siendo mucho más grave de lo que cualquier pronóstico nos pudo decir. A estas alturas te preguntarás por qué tu carta de cumpleaños se está convirtiendo en un análisis epidemiológico, bueno, aunque no parezca, hay una razón, cumpliste 12 y 13 años en medio de esta cuita que azotó al planeta y que terminó con la vida de más de 6 millones de personas, y creo que este es buen momento de recapitular, de entender que, dentro de todo este dolor, nosotros estamos vivos y celebrando que cumplas un año más. 

Unas semanas después de ese primer caso, ya había varios y de pronto aquello nos empezó a respirar en el cuello, en marzo nos fuimos a confinamiento para evitar mayores contagios (no sirvió de mucho) y, de pronto, nos quedamos encerrados en nuestras casas, los que pudimos, porque muchas personas tuvieron que salir a trabajar para que nosotros intentáramos sobrevivir a una enfermedad provocada por un virus mortal que podía colapsar los pulmones del infectado en poco tiempo. Comenzamos a vivir dentro de una película chafa de gringos salvando al mundo de una epidemia culpa de un chango que mordió a Bruce Willis (actor de la antigüedad recordado por películas de estas y por haberse casado con Demi Moore). El chiste es que el confinamiento era prácticamente no salir de casa si no era necesario y sólo salía una persona por familia, empezamos a pedir provisiones a domicilio, a usar cubrebocas, ahora ya mero nos acostumbramos, pero en ese momento fue muy difícil, y así empezamos una nueva vida llena de miedo, aislamiento e incertidumbre y tú, en pleno paso de la niñez a la adolescencia, te quedaste encerrado en 80 metros cuadrados con dos adultos y un perro que pronto se volvieron dos. La vida se trasfiguró, dejamos de ver a otros familiares, no queríamos contagiarnos ni contagiarlos, íbamos a super con guantes y luego desinfectábamos todo, (ahora sabemos que era inútil), pero todos tratábamos de subsistir. Se escuchaban las noticias de que el número de muertos crecía y era aterrador. Al mismo tiempo, aquel encierro fue también una oportunidad, al no tener que desplazarnos de un lado a oro para ir a lugares, empezamos a ahorrar un raudal de tiempo y aunque no aprendimos todos los idiomas que creímos, ni leímos todos los libros que debimos, aprendimos a hacer pan de plátano, pastel de Pingüinos Marinela con M&Ms y a trabajar en equipo para salir de la catástrofe. 

Fueron y son momentos oscuros, pero yo tuve la oportunidad de pasar un manantial de tiempo contigo, tiempo que, entre la escuela, el trabajo y las miles de actividades de las que se habían llenado nuestras vidas antes del 19, era cada vez menos. Así que rescato de entre el sufrimiento y los escombros que esas semanas de encierro que luego se convirtieron en un par de meses, luego en varios pares de meses y luego en casi dos años, yo volví a conocerte y a disfrutarte, me di tiempo de observarte sin la prisa de los días, a escuchar lo que no me decías, a percibir cómo cambiabas. Te vi convertirte en un jovencito alto con vello facial mientras afuera el mundo se caía pedazos. 

Más o menos un año después de que la pandemia llegara a nuestro país las cosas se pusieron gravísimas, pero de verdad gravísimas, en diciembre del 2020 se veían las filas para las pruebas de COVID19, ah, así se llama este desgraciado virus, y la gente se peleaba por un tanque de oxígeno para poder dar a sus familiares una oportunidad de recuperarse, los hospitales colapsaron, lugares como centros de convenciones tuvieron que ser adaptados como clínicas para atender a los miles y miles de contagiados, parecía que ni Tom Cruise hubiera podido salvarnos. Pasó muy poco tiempo entre esas escenas de ciencia ficción y que la enfermedad y la desdicha nos tocara de cerca. Acababas de cumplir 12 cuando a principios de 2021 perdimos a Rodrigo y papá Salvador y nuestra familia, la que apenas estábamos construyendo, se partió por la mitad. Viste al par de adultos que debíamos cuidarte y protegerte cayendo en una tristeza profunda, aprendiste a moverte despacio, a no hacer mucho ruido para no azuzar a la melancolía. Ese inicio de año fue frío, sombrío y lúgubre, fue como empezar a andar en un mundo sin colores, y es que eso hace la muerte, lo desdibuja todo, lo pone en escala de grises, nos llena de ausencia y huecos y preguntas que no tienen respuesta y, sobre todo, nos enfrenta con nuestra propia mortalidad, con nuestra finitud. 

Si quieres recordar más de este episodio terrible de la historia, ya podrás consultarlo en internet, mi propósito sólo era decirte que lo sé, que sé y entiendo lo duro que ha sido convertirte en hombre en estas circunstancias tan anormales, que sé que no ha sido fácil y que has sacado fuerza de flaqueza para ser un pilar de esta familia y mantenernos a flote con tus risas y tu canciones en el ukulele, con tus chistes y tus abrazos de manta en invierno, con tus pasitos cada vez largos y más firmes y al mismo tiempo silenciosos y prudentes,  que sé que, si mis pulmones hoy tienen la fuerza de llorar como tormenta en la playa, es porque tú los protegiste con tus manitas de capullo. Que sé que esa edad en la que te debiste construir entre pares, en los patios del colegio y haciendo deporte, tuviste que aprender a mantenerte vivo, a vivir con la carita detrás de un tapabocas y teniendo miedo de aire, que, en vez de tener tu primer amor, tus días se llenaron de un dejo de angustia y desesperación, porque el mundo sí se ha vuelto un poco más triste desde que todo esto empezó, ya ninguno queda ileso, todos hemos perdido algo.

Sé, o quiero pensar que sé lo que has perdido tú, trato de recordar mis años del salto de la infancia a la adolescencia y no fueron como han sido los tuyos, pero hoy, cuando cumples 14, el mundo y todos los que vivimos en él estamos tratando de volver a la normalidad que la desdicha nos ha dejado, a comprender nuestros duelos y ahora sí, a darnos tiempo de llorar a nuestros muertos, de mirar atrás y ver lo que conservamos, a estrechar a los que nos quedaron, a decirles que los amamos porque hoy más que nunca sabemos que no tenemos la vida comprada y quizás no los volvamos a ver jamás. Siempre hemos sabido que todo es efímero, pero nunca lo habíamos sentido tan en carne viva. Nunca antes la muerte fue una opción tan ineludible, nunca antes hemos estado tan aislados, tan desiertos, tan frágiles, tan a la intemperie. Hoy, somos sobrevivientes con heridas de guerra, y así te vi convertirte en este hombre, ya no hombrecito, sino hombre más alto que yo con toda la agudeza emocional que yo no tuve. Te vi crecer y envolverme de consuelo, cuidarme cuando ya no podía más, hacerme reír cuando creía que las lágrimas iban a inundarlo todo, ser bálsamo y tomarme de la mano para volver a aprender a vivir en esto que la pandemia nos dejó. Cumples 14 años y cuando empecé este texto creí que se iba a tratar de que la vida te robó dos de esos 14, pero ahora sé que no, que a ambos nos regaló dos años de aprender que juntos podríamos sobrevivir incluso si llegaran los zombis.

En este tiempo hemos construido nuevos rituales y quisiera hacer contigo un trato, cuando otras tragedias nos atraviesen, porque así será, cuando la vida nos vuelva a encerrar física o metafóricamente, tú y yo encontraremos nuevas formas de florecer, y un jueves de muchos años adelante, cuando la muerte, las pérdidas y el gris nos hayan arrollado sin piedad, nos reuniremos a tomar un helado de yogurt con semillas de algarrobo y mermelada de cereza y a platicar de lo que sea, porque hoy, la charla más trivial es un páramo que significa que hemos sobrevivido para poder comer helado y sonreír. 

Felices 14, te amo con todos mis pulmones y mis años por venir.

Mamá. 

(En memoria de Rodrigo y Salvador Mejía que nos dejaron el eco de sus risas como hogar)

Uncategorized

La cabeza del padre de Alma Delia Murillo

Hace un par de semanas, me di a la tarea de leer la más reciente novela de mi querida Alma Delia Murillo, La cabeza de mi padre, editada por Alfaguara. Me acerqué al libro con el cariño que le tengo a Alma, con la admiración que le profeso, y desde la distancia pertinente que nos da la apreciación de una obra artística. 

Me dispuse a la lectura con la confianza que me daba pensar que el tema no me pegaba tanto, que ya lo he trabajado en terapia, que al final es mejor no tener papá que tener uno todo culerillo, que a mis 43 yo ya no tengo daddy issues. Un poco antes de terminar la página 11, cuando Alma Delia nos suelta el aguijón de que “…en este país todos somos hijos de Pedro Páramo”, empecé a sentir el veneno del pasado entrando por los ojos lectores. Quizás no todas las deudas están saldadas, pensé. Quizás sí me duele un poco esto de la hija sin padre, quizás no soy la mujer cuarentona y superada que pensaba. Páginas después, Alma Delia me golpeó, sí, porque fue a mí, y me dio un mazazo con su “Es más digno tener un padre muerto que un padre que no te quiere, y duele menos”. Entonces lo supe, sentí explotar las miles de células que conforman este cuerpo de hija a la que su padre nunca quiso y deseé cerrar el libro, meterlo en el horno y encenderlo a los mismos grados que servirían para preparar unas magdalenas para chopearlas en té como Proust. 

Quise desaparecer mi historia y la de Alma Delia y todas las historias de todas las Juanas y los Juanes Preciado de este país de niñas y niños sin padre, de ausencias desgarrradoras y cínicas, de huecos por todos lados. Quise olvidar que mi padre seguramente está muerto y yo ya ni siquiera puedo buscarlo y que no duele menos, que no lo sé de cierto pero, según mis cuentas, tendría unos 95 años y dudo que haya llegado a esa edad. Quise olvidar que yo también lo maté como Alma Delia y sus hermanos con una mentira que me parecía más digna o menos alarmante que decir que yo no tenía papá porque mi mamá era la otra y él era papá de los hijos de su esposa pero no mío porque yo no cumplía con los requisitos para ser hija de él ni de ningún otro. Que en mi casa a veces había un papá pero que no era mío, que a mí no me tocaban de sus abrazos ni de sus regalos o sus paseos porque ese papá era sólo de mis hermanos, así que iba por ellos los domingos y los 2 se subían a su carro grande y azul y se iban a comer con su papá, y le decían así: papá, y volvían con juguetes y algodones de azúcar y me daban de sus algodones y me prestaban sus juguetes porque sentían pena o qué se yo, y no me platicaban qué habían hecho con su papá que era alcohólico y gordo y violento y no era bueno pero tenían un papá. Por eso maté al mío, porque al parecer era mejor tener un papá gordo, alcohólico y violento que uno que prefería a otros hijos porque sí eran de su matrimonio, y porque el hijo de la amante no es tu hijo, es de ella y yo era sólo de mi mamá. 

“Se murió en un accidente”, decía cuando me preguntaban por mi papá y entonces la gente me tenía lástima y no volvían a preguntar, y yo ya era una pobre huerfanita y no una niña defectuosa que no merecía ser amada por el que le dio la mitad de la carga genética. De tanto repetirlo terminaba por creerlo y la mentira se volvía sofisticada con los años; fue en la carretera, era víspera de navidad, iba muy rápido porque quería llegar a darme mi regalo, encontraron su cuerpo destrozado igual que el auto que en mi mente y en mi mentira era azul y grande porque así eran los autos que yo conocía que tenían los papás. Y así, mi mentira era incluso bella. Después, todo valía madres cuando al susodicho se le ocurría aparecer con una caja de azulejos de Sanborns con un moño rosado porque había sido mi cumpleaños y había un Sanborns a dos cuadras de la casa y comprar chocolates era fácil e impersonal y a todos los niños les gustan los chocolates y no necesitaba conocerme para hacerme ese regalo, porque no me conocía, no me conoció nunca. Llegaba y yo me acordaba que no estaba muerto, que era una mentira, que ese señor de dos metros de estatura con una ligera joroba y los ojos verde agua era mi papá, y recordaba que me le parecía tanto y que tenía sus ojos y sus manos y su piel y su nariz. Y así llegaba cada año, uno o dos o veinte días después de mi cumpleaños, con su caja de chocolates. Hasta que cumplí 18 y entonces legalmente ya no tenía que pasarle una lanilla a mi mamá ni llevarme chocolates, ni preguntarme qué quería estudiar. Llegaba y me saludaba de lejitos, con torpeza, sin abrazos, ni besos ni nada de esas cosas. Él era muy frío, era su personalidad, me decía mi mamá en un intento desesperado por que supiera que no era mi culpa, que no había nada malo en mí para que ese señor no quisiera abrazarme, era él, es que él no sabía cómo. Pasaba a la sala, se sentaba en el sillón individual para evitar así que yo fuera a sentarme a su lado, hablaban entre ellos de cosas aburridas y de mí como si yo no estuviera, mi madre le pasaba un reporte de mis calificaciones y mi comportamiento que a él no le importaba en lo más mínimo y luego me decían que me retirara  para que hablaran de cosas de adultos, algunas veces me senté en la escalera y entonces supe que las cosas de adultos siempre se tratan de dinero, así, de metiche desde las escaleras, descubrí que yo salía carísima, que si la colegiatura, la comida, las plantillas para los juanetes, las clases de ballet, la ropa porque cómo crece esa niña, los zapatos especiales porque de todas las cosas que le podías heredar le heredaste las patas chuecas, los juguetes, el campamento de verano, el Nenuco, la fábrica  para hacer raspados,  la bicicleta o la maquina de escribir según fueran pasando los años. Entonces él hacia un cheque que ahora sé, pagaba mis infinitos gastos y el silencio de mi madre porque mi esposa y mis hijos no pueden enterarse NUNCA de esto. Terminando, mi mamá me gritaba que bajara a despedirme de mi papá y yo obedecía y ella me decía que le diera un beso y yo se lo daba y él retorcía el cuello de una forma muy rara pero recibía el beso y caminaba hacía la puerta y seguía siendo un desconocido que me traía chocolates una vez al año y le daba dinero a mamá y me veía con recelo y al que yo me le parecía tanto y que no sabía qué me gustaba ni qué comía, ni si me dolía que él no pudiera amarme, y al que tampoco le importaba. Y del que no volví a saber nunca más nada desde el día en el que murió mi madre y ya no hubo nada que nos atara y nadie que me dijera dale un beso a tu papá, es ese señor de ojos de mar y bigote que no sabe que te gusta el color verde más que el rosa, ni que te cortaste el pelo con unas tijeras porque querías ser como Jo March, que sufres de pesadillas horribles por las noches y tienes claustrofobia y te sacaron del cuerpo de bailarinas porque eres demasiado alta y que en la escuela se burlan de ti porque tienes el pelo como zanahoria y porque no tienes papá y que es él, pero que nunca se ha llevado los regalos del día del padre que le has hecho en la escuela y que están escondidos en un cajón atrás de los guantes y las pashminas. 

Y así empecé a leer La cabeza de mi padre con la tranquilidad de que yo no estaba buscando al mío, que acompañaría a Alma en un viaje suyo desde mi cómodo sillón de lectura sin saber que terminaría viendo toda mi orfandad con una lupa de palabras que yo no escribí. 

La cabeza de mi padre es sin duda un libro que duele mucho, crudo, imprescindible. Para mí, un mapa, un espejo, una daga y un curita, una válvula de escape. Lo terminé de leer habiendo encontrado un poco a la hija de mi padre más que a mi padre y le dije a esa niñita de ojos verdes y pelo naranja que estaba escondida en la escalera con una caja de chocolates en la mano que ella no tenía la culpa, que no había hecho nada malo, que no salía muy cara, que no crecía muy rápido y dejaba la ropa, que no era una carga muy pesada, que no causaba muchos gastos y muchos problemas, que no se enfermaba demasiado, que no era su culpa tener que usar esos zapatos horribles que además eran muy costosos, que hoy podía de dejar de esforzarse para no dar molestias, o hacer mucho ruido o hacer las cosas perfectas para lograr que ese señor la amara, que ya no tenía que seguir luchando para tener un papá, que podía descansar. 

Uncategorized

Temporada de mandarinas

Hace tiempo que ya no eres un niño y lo sé, lo veo, lo escucho y, sin embargo, cuando te miro dormir, vuelves a ser el bebé que sostenía en mi pecho y no pesaba más de tres kilos. Supongo que así será siempre aunque estemos a nada de que comience a mirarte hacia arriba y me dé “torticolitis”, como tú dices. A veces extraño mis brazos cuna, esa falsa sensación de que si te tenía pegado a mi piel nada malo podría pasarte, extraño verte todo el tiempo para asegurarme de que estuvieras bien. Los años van haciendo cada vez más larga la cuerda imaginaria me ayuda a protegerte. De pronto la distancia que nos separa es el horizonte. El miedo se vuelve ese eco debajo del agua. 

La vida nos va poniendo límites y tú cada día necesitas mas espacio, pareciera que por eso estamos más lejos, pero pienso que estamos cerca de manera distinta, quizás ir al parque de mi mano ya no sea una actividad emocionante y los videojuegos le ganen muchas veces a nuestras charlas, ahora hablas más con tus amigos, pasas más tiempo solo, te interesan cosas diferentes, te emocionan cosas que a veces no entiendo, igual que a mí me gustan cosas que tú no puedes comprender, como cuando te cuento que salió una nueva edición de Rayuela y me miras como queriendo que te importe. 

Eres un rompecabezas hermoso y perfecto y a cada día se te colocan más piezas, te haces de tus gustos, de tus aficiones, de tus maneras de entender el mundo y a veces me lo explicas. Ya suenan tus pasos cuando andas por las casas y la voz se te ha engrosado, ahora miras la vida con ojos jóvenes y no niños. Detrás de las persianas del silencio se asoma una personalidad compleja y enigmática; hay días que eres un bailarín en monociclo y otras que eres la tortuga y la luciérnaga, las más, eres el palo de agua con miles de lluvias. De tus dedos de pincel nacen reflejos y sombras y te basta un lápiz y una hoja para salvarlo todo. 

No quiero olvidar nada de lo que has sido, ninguna de tus palabras inventadas, aquella época en la que le decías “pato» a todo, incluso a los patos, los domingos de ir a “Cuelloacán” por un helado, las fiestas de cumpleaños que le hacías a Buzz Lightyear, las mañanas en las que cantabas La cucaracha todo el camino al escuela porque te daba mucha risa decir que le faltaba mariguana pa fumar. No quiero olvidar que preguntabas “¿A dónde?” cuando se iba la luz, el bailable en el que saliste de pulpo, de vaquero, de Miguel Hidalgo, de Peter Pan, de pirata, de calavera, de azteca, de Iron Man. No quiero que me falten nunca tus piecitos pequeños, tus bracitos infinitos, tus caricias de algodón. No quiero que se vaya la tarde en la que llegaste con el pantalón de la escuela hecho trizas pero antes de que pudiera decirte nada, gritaste que había valido la pena porque habías metido el gol, tampoco las pesadillas que te hacían refugirarte en mi cama a al media noche. Que nunca se pierda la primera vez que lograste cruzar solo el pasamanos o amarrarte las agujetas, tu primera bicicleta o el día en el que, por fin, alcanzaste la estatura para subirte al Superman. Quiero guardar bajo llave tu primer corte de pelo, tu primer diente de leche, el coche rojo que te trajo Santa Claus, la primera vez que viste el mar, tu primer viaje en avión, las primeras flores que me compraste con tu propio dinero. Que no se me olvide nunca que no te gustan las salchichas ni el pastel, que prefieres las alitas y la Carlota de limón. Grabar tu primer día en el Kinder, la noche que me preguntaste si de verdad existía Dios. Que mi memoria conserve que tu película favorita era Toy Story, luego Los Pitufos, Camp Rock y la última de Spiderman, el día que probaste el yogurt por primera vez, cuando descubrimos que eras alérgico al aguacate, la maqueta que hicimos de la tundra y lo guapo que te veías vestido de Pinocho en aquella obra escolar, tu traje de charro, el lego de Batman, cómo cantas, cómo hablas, cómo duermes, que no se me olvide nunca nada de lo que eres.

Te prometo conservar los millones de recuerdos que tu vida ha amasado, para que siempre tengas, si la vida no siempre es buena contigo, un sitio al cual volver. Prometo guardarte tu pasado por si un día olvidas de dónde vienes, recordarte lo que soñabas, que querías ser astronauta, futbolista, arquitecto, YouTuber, karateca y pintor. Que si un día te sientes perdido, aquí estarán tus memorias intactas entre mi vientre y la luna, que velaré tus raíces y regaré la tierra que te vio nacer. Te prometo sembrar mandarinas para que cada noviembre, no importa dónde estés, sepas que nunca es tarde para renacer. Te prometo conservar la hojarasca de todos tus otoños, tus ilusiones y tus ganas de crecer. Hoy que cumples 13 años y dicen que dejas de ser, oficialmente, un niño, prometo guardar toda tu infancia, conservarla como la más valiosa obra de arte para cuando gires la mirada buscando respuestas, para cuando arrecien las lluvias, para cuando la verdad no te alcance, para cuando los ecos se vuelvan grutas, para cuando sientas miedo, para cuando tengas ganas de volver, aunque sea un ratito, a tu niñez. 

Felices 13, te ama, tu mamá. 

Uncategorized

Noche de muertos

Cuatro son las estaciones del año, las etapas de vida, el horizonte está dividido en cuatro puntos cardinales, cuatro son las fases lunares. En Fausto, es Mefistófeles el cuarto personaje que junto con Miguel, Gabriel y Rafael; conduce el prólogo al cielo, Ovidio describe cuatro eras o edades del mundo. Según los egipcios, la diosa celestial Nut; dio a luz a cuatro dioses: Isis, Osiris, Neftis  y Set, en el Popol Vuh hubo cuatro creaciones sucesivas correspondientes a cuatro soles y cuatro edades. Vamos, que hasta cuatro son las tortugas ninja. La cuaternidad es un arquetipo universal, premisa lógica de todo juicio de totalidad; y yo te conocí hoy hace cuatro años. 

Voy valorando menos las tormentas

cuando eres tú mi tierra firme.

Me veo las uñas medianas y llenas de futuros, 

guardo nostalgias esquivas, tesoros absurdos. 

Fraguo triquiñuelas para que mañana, otra vez,

estés junto a mi almohada con una taza de café. 

Era noche de muertos, no había viento ni calma.

Prendí la veladora esperando, deseando, 

orando, llorando, buscando…

que el alma de mi madre muerta viniera un rato. 

Mezcal, cempasúchil, tus ojos y mis labios. 

Solar de cuatro lados, camino de fragancia y flores.

Fuimos juramento y presagio, el ala del colibrí,

fuimos un instante de noviembre sostenido de un faro. 

Han pasado cuatro años y se nos alargan las muertes, 

hoy son nuestros difuntos, nuestras veladoras.

Todavía se me cuelga la vida de tu sonrisa mística.

Eres el trapecio de mis frutos, de mis tristezas, de mi furia. 

Nos veo con el fuego sagrado de mil hogares,

siendo la ofrenda de nuestros antepasados, 

y el mundo es así, rojizo, amarillento, cálido, inquieto. 

somos la mitología de nuestros dedos entrelazados.

Es mi deseo ser tu antorcha cuatro años más, 

luego otros cuatro. 

Que mi amparo sea tu pecho cuatro años más, 

luego otros cuatro. 

Que sean los cientos de pétalos naranjas nuestras guía, 

que sea el copal nuestro árbol, resina y humo blanco, 

que sea la sal la raíz que un día nos dé un paraje

en el que nuestros pies encuentren sus pasos lentos. 

Vamos construyendo un sitio seguro 

en donde dialogar con su recuerdo, 

una mesa nueva donde colocar el pan. 

Una tierra de purificación, poesía y mar. 

En cuatro años, bajo la ceiba y sobre la ceniza,

un nuevo hogar para nuestra raíz de risa franca. 

Ven, encendamos el fuego nuevo, 

el candelero morado, por ellos, los que ya no están.

El cirio, la seda, el barro, el satín y las plumas

serán el albergue de varias cuaternidades.

La tierra firme donde algún día descansarán,

en el rellano, nuestros huesos enamorados. 

cuento · Muerte · Poesía · Prosa poética · Uncategorized

9 de agosto

Han pasado trece años y no duele menos, pero duele diferente. 

El dolor tiene el poder de transformarse; cuando murió, mi dolor estaba jadeante, tenía una debilidad vetusta de tratar de evitar lo inevitable, y es que la muerte, en casi todos los casos, es desatinada. “Le quedan tres meses”, dijo el médico con las cejas levantadas como quien te dice que el kilo de chuleta cuesta cincuenta pesos. Supongo que de tanto andar anunciando la muerte, los doctores dejan de respetarla un poco y la convierten en una sinfonía espantosa. 

Los tres meses del presagio se volvieron ocho y sé que no importa si se hubieran convertido en 16 o en 50, yo siempre hubiera necesitado un día más a lado de mi mamá. 

Puedo volver a sentir el dolor de aquella madrugada del 9 de agosto, llovía, hacía un frio de esos que no te obligan a ponerte una chamarra, pero sí te impiden quitarte el suéter, mi madre, tras una batalla con su propio cuerpo que se había ido haciendo chiquito por la enfermedad, agonizaba en su cama con Bastet, la gata gris que murió dos días después. Trato de recordar a qué olía esa noche, pero sólo recuerdo el sabor de las sórdidas lágrimas que resbalaban delicadas por mis pómulos tratando de no hacer ruido y se colaban por la comisura de mis labios con un salado de mar en calma. Esa noche fui todas las humedades del mundo, todos los ríos, todas las tormentas. Para esa hora a mis hermanos y a mí ya nos abrazaba la orfandad inminente y es que no importa cuántos años tengas, nunca se es lo suficientemente adulto como para que la muerte de tu madre no sea sobrecogedora. Fuimos, esa noche de agosto, tres niños indefensos que sabían que, a partir de entonces, no habría a dónde acudir, que la opción de estar con ella desaparecería para siempre. No sólo se fue su cuerpo, se fue todo mi universo, los colores de mis crayolas, las oraciones para alejar las mortificaciones, la brújula de mis fundamentos. Y estaba tan cansada, tanto, tras esos meses de verla desgastarse con la piel apagada y sus manitas todas llenas de manchas y arrugas que fueron perdiendo fuerza y su voz toda llena de lunas llenas y promesas que fue perdiendo el sentido y sus piernitas que dejaron de andar y sus canas que lo vistieron todo y junto con la desesperación encharcaron cada rincón de la casa que nos vio crecer.

Las rosas amarillas del jardín se marchitaron y las flores de la bugambilia hicieron un tapete de fiusha y hojarasca que sigue sonando bajo mis pasos cuando intento pensar que hubo un tiempo en que tuve una mamá a la que podía acudir por un consejo, un abrazo o sólo a tomar una taza de café tibio con crema. La higuera dejó de dar frutos y el naranjo cambió su aroma dulce por el olor de la congoja confundida y desamparada. Nunca un jardín estuvo tan triste y yo con mi vientre henchido y lleno de nueva vida lloré como una chiquilla en el escalón pidiéndole a Dios que me la dejara un poquito más, pero Dios no escuchó, y es que rara vez escucha. 

Ella cerró sus ojos para siempre y unos hombres se la llevaron con la carita tapada y se llevaron también mi primera muñeca con su vestido de holandesa, mi caja de botones de muchos tamaños, los nombres de todas mis mascotas, la pomada que curaba las rodillas raspadas, los besos de bálsamo para las tristezas. Se llevaron el cuerpo de mi madre y con él se fue mi primer día de escuela, las paletas de chocolate con forma de Mickey Mouse, las cremas de limón de Sanborns, las partidas de canasta, mi memorama de Rosita Fresita, mis ganas de ser gimnasta, mi capacidad de consolarme cuando el verano arrecia. La subieron a una ambulancia y también subieron mi primer viaje a la playa, mi traje de baño de bolitas rojas, mi cubeta para hacer castillos de arena, sus manos tibias que todo lo sabían y todo lo aliviaban, sus palabras que cubrían de la intemperie. Se alejaron con el cuerpo de mamá, ella estaba muerta y yo lo sabía y ya nada podía hacer, nunca pude; la próxima vez la vería en una caja con los labios pintados como ella jamás se los habría pintado y entonces sería un cadáver y no mi madre, no la que me compró mis botas transparentes para brincar en los charcos, la que lo sabía todo, la que leía Flores en el ático junto a la ventana y fumaba cigarros fuertes, de hombre. La que usaba siempre zapatos bajos y me peinaba amorosa para que no se deshicieran mis rizos, la que nunca estuvo demasiado cansada como para no escucharme, demasiado enojada como para no besarme o demasiado triste como para no jugar conmigo al camper de las barbies. Que esa dama inmóvil de la caja no sería la misma que me llevaba a las clases de ballet en su Renault 12 color cajeta y usaba la camiseta del concierto de Guns N´Roses como si fuera la ropa más elegante del mundo y decía: “Me la compró mi niña” con todo el orgullo que puede caber en esas palabras. 

Unas horas después, frente a esa caja, el dolor era lánguido y viscoso, estaba deslucido y no lloraba. Después la convirtieron en cenizas y metieron todo lo que significaba algo en mi vida en una cajita, ahí estaban mis sábanas de flores anaranjadas y mi primer beso, la noche en la que mamá se bebió un tequila conmigo porque me habían roto, por primera vez, el corazón, mis primeros zapatos de tacón y el vestido pegadito con un volado blanco en el pecho que me compró para la noche de mi graduación de la primaria que fue el único día que bailé en los brazos de papá. Pusieron en la cajita mis dientes de leche y el día que me corté el pelo porque quería ser como Jo March, se llevaron la tarde que le dije que estaba embarazada y ella lloró sin consuelo porque sabía que Dios no escucha y que no le daría el tiempo que necesitaba para ver nacer a ese bebé que conoció a su abuela dentro de esa estúpida cajita que dicen que la contiene. 

Han pasado 13 años y su nieto es un jovencito de casi 13 años que me la recuerda tanto y entonces el dolor se pone menos desesperado porque está lleno de recuerdos con olor a pasteles medio crudos del hornito mágico y a nieve de limón de carrito, a mangos verdes con chile, a conchas con nata de La Parroquia, a merengues de vasito, a incienso y claveles blancos. Se escucha como una canción de Alberto Cortés o Libertad Lamarque, a tardes de películas de Pedro Infante y a risas alrededor de una mesa de póker. 

La extraño de un modo inverosímil, sobre todo cuando la vida se pone terca y engorrosa y yo sé que ella sabría qué decirme, pero duele diferente ¿saben? Duele como si la existencia me hubiera llenado el cuerpo de pequeñas lesiones impalpables y luego se hubiera encargado de echarles limón por horas y horas, a veces se detenía sólo para hacerme creer que no dolería más, pero luego volvía a empezar hasta que me acostumbré y el malestar se volvió parte de los días y aprendí a vivir con él y a ponerle  a las heridas té de manzanilla y mirar cómo poco a poco me llenaba de cicatrices y me convertía en la corteza de un árbol que era testimonio de los dolores perennes, de esos que se transmutan y que en agosto suelen punzar más porque algunas cortadas vuelven a abrirse para recordarme la noche de lluvia en la que mi madre cerró los ojos para siempre y se llevó las historias de Pearl S. Buck y Mark Twain, las noches de jugar a la Lotería, mi bicicleta amarillo pastel, las navidades llenas de abrazos, las manos de esa mujer que me dio la vida y me enseñó a vivirla, el sabor del yogurt por las mañanas, mi colección de piedritas de mar. Así duele existir desde ese categórico, determinante e irreversible instante en el que murió mi madre y pusieron un pedacito de mi corazón en forma de cenizas en esta estúpida cajita que dicen que la contiene, aunque yo prefiero pensar que vive un poco en las alas de algún colibrí.

Uncategorized

Un extraño embrujo ancestral

Un día, hace un poco más de 12 años, te di una responsabilidad enorme. Los adultos a veces somos muy egoístas, un día serás uno de nosotros y quizás me entiendas.

Las madres son personas muy importantes ¿sabes? Sirven para muchas cosas además de para guardarte en un globo de agua tibia mientras te crecen las piernas, las orejas y los pulmones. Las madres te alimentan, te protegen del mundo exterior que suele ser hostil, sobre todo con los cachorros humanos tan pequeños e indefensos, ellas saben cuando tienes frío incluso antes de que tu piel lo sepa, adivinan tus dolores, espantan a los fantasmas y son expertas en acabar con los monstruos más horripilantes, esos que tienen por maña esconderse dentro de los clósets y debajo de la cama. 

Las madres son fuertísimas, pero de verdad fuertísimas, yo supe de buena fuente de una que logró levantar un automóvil con sus propias manos porque su hijo estaba atrapado debajo, y es que ellas lo pueden todo: cocinar mientras entregan un reporte en el trabajo, tener la ropa limpia, pagar los gastos de la casa a tiempo, ahorrar para una bicicleta en medio de la peor crisis económica, quitar las manchas más escabrosas de tu uniforme blanco y además reparar esa tubería que fallaba hace meses y cambiar los temibles fusibles de la luz. 

Las madres consiguen cartulinas los domingos por la noche, recuerdan todas las fechas importantes y, por un extraño embrujo ancestral, cada una de ellas prepara la mejor sopa de fideos de todo el mundo. En fin, que las madres sirven para un montón de cosas, y cuando creces un poco y decides tener hijos, aparte, te enseñan a hacer todo eso por ellos, es una misión mágica y eterna de dar y dar y, cuando nada queda, seguir dando. 

Pues yo, como todos, tuve un día una de esas, y no una cualquiera, la mía era la mejor; me cuidó, me mimó, me dibujó un mapa lleno de lugares asombrosos, pero un día, cuando yo estaba a punto de convertirme en una madre, en la tuya, ella enfermó; su cuerpo, ese que lo podía todo, dejó de poder, y ella; que nunca se cansaba, se cansó. Se fue y ya no le dio tiempo de enseñarme a ser como una de ellas, una de esas madres todopoderosas que levantan coches y le dan de comer a toda una familia con un solo trozo de carne, de esas que se deshacen de cualquier enfermedad con un poco de té de manzanilla y convierten cualquier sitio en hogar.

Fue entonces cuando te di la enorme responsabilidad de salvarme, tenía muchas ganas de morir con ella, ¿qué iba a hacer yo sin alguien que me dijera que me pusiera el suéter?, ¿vivir con frío eternamente? Pero necesitaba estar viva para que tú nacieras, necesitaba que tú me hicieras vivir, y así lo hiciste, detuviste la caída libre y me pusiste dos alas de rayos lunares que me hacían volar, aunque mis brazos ya no dieran más. 

Naciste pues, y yo, que no sabía ser tu madre, te di la responsabilidad de enseñarme, y tú, que eres un sobreviviente, me enseñaste. Hoy han pasado 12 años desde esa tarde de noviembre en la que lo iluminaste todo y les diste electroshocks a mis ganas de vivir. Eras tan chiquito y tan valiente, nunca te quejaste de la labor que se te impuso, estoico la tomaste y libraste la batalla; sonreíste, anduviste sobre tus rodillas, probaste el mundo y muchos sabores de helado, te levantaste y caminaste, te salieron dientes, aprendiste a andar en bicicleta, a cruzar el pasamanos, a contener todas las tristezas en tus bracitos, a nadar como tiburón y a dibujar infinitos con plumas de colores, y todos los días me tomaste de la mano y me llevaste contigo, me diste raíces nuevas y grandes ramas capaces de anidar aves exóticas y frutos tornasol, espantaste a los fantasmas y acabaste con los monstruos del clóset, adivinaste que tenía frío antes de que mi piel lo supiera y, como producto de un embrujo ancestral, me inspiraste para preparar la mejor sopa de fideos del mundo. 

Juntos hemos inventado palabras, los más estrambóticos pasos de baile, hemos horneado los mejores pasteles y hemos hecho las esculturas de Play doh más imponentes. Juntos nos hemos hecho millonarios de Monopoly y hemos aprendido que sobrevivir también puede ser muy divertido. La vida a veces se nos ha puesto dura, pero tú siempre sabes qué hacer, y es que te pareces tanto a mi madre, tú también curas con tus besos como lo hacía ella y me hablas con las yemas de los dedos, tú también sabes detenerte a contemplar el mundo y la belleza. Te le pareces tanto a la abuela, me hubiera gustado mucho que la conocieras, sabrías que tienes sus ojos y su sonrisa, esa que no sale en las fotos.

Hoy cumples 12 años, y poco a poco dejas atrás la infancia, te vas convirtiendo en un jovencito guapo y espigado. Te miro y me miro un poco y se me hinchan los pulmones de un orgullo muy particular, y quiero gritarle al mundo que ese muchachito de los ojos almendrados y la nariz finita, ese que es capaz de atrapar el firmamento con un trozo de papel y un lápiz con buena punta, ese que baila siempre como si nadie lo mirara, se ríe a carcajadas y resucita con las manos, ese que corre a abrazarme cuando lloro y convierte mis lágrimas en algodón de azúcar, ese que todo lo sabe y todo lo puede, ese, por un extraño embrujo ancestral, piensa que yo preparo la mejor sopa de fideos del mundo. Por hoy, no necesito nada más.

¡Feliz cumpleaños, mi amor!

cuento · Muerte · Poesía · Prosa poética

Lloremos las muertes

Todavía no estás tan lejos, aún adivino a qué hora entra más luz por tus celosías. 

Noto que de entre tus pestañas nace un precipicio; sepulcro abisal y lapso zurdo. 

Dolor infame de la muerte que nunca invita y siempre arrebata.

Sinalefa siniestra, infausta, inevitable. 

Quiero volver sobre mis pasos hasta ese punto en el que la lluvia lo destruyó todo 

y nos dejó sin pretextos para seguir cuidando nuestros girasoles. 

Se nos alargó la sombra debajo de un cerezo que no sobrevivió el verano, 

se nos ahogó el grito en la cueva de los días. 

Hoy el vino sabe a violetas y tiene las piernas largas. 

Cierro los ojos y ante mi osadía sólo puedo alegar que me duele tu dolor. 

La sangre rojo-púrpura de mis muñecas mancilla el piso, 

la sangre se hace piedra, la piedra se hace sangre, 

los brazos que no sirven porque han dejado de amar a las venas, 

la mancha que es para siempre, que estará ahí de por vida, 

la mácula eterna, la absorción púrpura. 

Estás al corriente de que las cicatrices pueden ser muy bellas. 

Miro a la distancia y calladita tu tristeza, tu enojo, el nudo gordiano.  

Escondido tras tu muralla de hielo te has puesto de rodillas, 

derrotado como se lloran las muertes importantes, 

como se llora cuando nada tiene sentido,

cuando te arrancan el aire de siglos, 

cuando un dragón se instala dentro del vientre

y no encuentra una válvula de fuga, 

un ombligo. 

Dame tu pena, yo la cargaré por ti, llora la muerte y despídete calmo. 

Que sé que no hay peor dolor que el que se desparrama 

cuando muere alguien a quien amas, 

lo sé porque te vi morir mil veces. 

Es un dolor sempiterno como la mancha en la piedra. 

Recuéstate sosegado en mi regazo 

como si no supiéramos que las promesas son cheques sin fondo, 

como si ignoráramos la cólera de Aquiles. 

Lloremos las muertes; yo la de mi madre, tú la de tu amigo. 

Déjame tus miedos, las palabras sin eco, los insomnios y al cuervo de la ventana, 

yo puedo lidiar con ellos y no quiero que te arranquen las manos, 

sin ellas, de dónde saldrá la belleza. 

Duerme hoy, que ya tendrás la eternidad para retumbar el duelo. 

cuento · cumpleaños · Poesía · Prosa poética · Uncategorized

Sofía

Con nadie he llorado como con ella, les diría que acaso lloré más con mi madre, porque con mamá lloré desde el día de mi nacimiento hasta el día de su muerte, algunos años más que otros, algunas veces más que otras, sin embargo, es probable que nunca antes en mi vida haya llorado como lo he hecho después de que murió y ha sido con Sofía, casi siempre, así se llama la mujer que lleva no sé cuántos años cuidándome incluso de mi misma y que le hace honor a su nombre.

La conocí en una cafetería, el sitio se llamaba “Libertad” casi como augurio, el lugar era una monada, estaba en la colonia Narvarte, en las esquina de Monte Albán y Morena, tenía, en la parte de afuera, cuatro mesas de metal y mosaicos en las que siempre me sentaba, primero porque fumaba y segundo porque iba a diario a tomar un café con mi labrador dorada, Dalila, una pera gorda y dulcísima que se echaba sobre mis pies durante el tiempo que me llevara beber dos o tres tazas del mejor café de la colonia y leer dos o tres capítulos del mejor libro de ciencias sociales, por dentro era una galería de arte mexicano; alebrijes, talavera, barro y demás artesanías de distintas zonas del país decoraban las vitrinas, las repisas y hasta el piso del lugar, era difícil caminar entre tanta chiva, pero una vez que lograbas llegar a una de las mesas o a la barra, entonces era como estar en medio del paraíso de los colores y las texturas, al fondo había un tapanco al que tenías que subir si querías ir al baño, por suerte éramos ágiles y jóvenes, hoy mi vejiga hubiera resentido la incapacidad de mis rodillas porque las escaleras eran una trampa de muerte.

Ahí trabajaba Sofía, una muchacha menuda, con la piel de tamarindo fresco, que caminaba ágil y no tenía fácil la sonrisa, o quizás era que yo no le agradaba, no nos parecíamos en nada, y no me refiero al físico, solamente, sino en nada, con los años descubrimos que nuestras diferencias nos hacían perfectas. El Libertad cerró en poco tiempo; la venta de un café baratísimo a un montón de chamacos que no teníamos en qué caernos muertos y no comprábamos nada mas y una pésima administración, lo llevaron a la quiebra antes de que Sofía y yo descubriéramos que nuestras vidas estaban predestinadas a estar juntas. Ella se quedó sin empleo, yo sin buhardilla y ambas sin Libertad.

No pasó mucho tiempo cuando a escasas dos cuadras de ahí descubrí otro café con potencial de trinchera para leer. La Gaya Scienza, sigue existiendo aunque nunca será lo mismo, le faltamos nosotras y los dueños originales, el espíritu rebelde, la fuente de las virtudes, la verdadera ciencia joven. ¿Quién podría resistirse a un garaje convertido en improvisada cafetería con nombre de obra de Nietzsche? Además, en esa época, la casa tenía en la fachada, una enorme cabeza de elefante de fibra de vidrio, una rareza producto, dicen las leyendas de la colonia, de que antaño solía ser un salón de fiestas infantiles, aunque no lo sé de cierto. Lo que sí sé es que era un lugar mágico, un día le dedicaré un texto enterito al sitio que me hizo saber que el arte no es una profesión, sino un estilo de vida.

Entré a la cafetería con el recelo propio de quien entra a una casa de piedra con un elefante de fibra de vidrio que las hace de mayordomo y la silueta de Nietzsche en la puerta, y ahí, con toda su piel de tamarindo, sus ojos de cielo de noche y su andar de gacela, detrás de la máquina de capuchino, estaba Sofía, no es que me alegrara verla a ella, aunque en realidad sí me alegró, lo que era precioso era ver un trocito de mi Libertad en cualquier sitio. Me sirvió un americano en una taza enorme y me senté en una silla medio rota, en un mesa medio despostillada, en medio de un garaje medio fregado y bebí el primer café del resto de mis días frente a la que sería la mujer que me daría todas las certezas y los rayos de sol, porque uno no sabe debajo de qué cabeza de elefante encontrará a su mejor amiga.

Han pasado quizás 20 años desde ese día, dejé de contarlos cuando las canas nos llegaron y nos hicieron saber que hay cosas más valiosas que celebrar aniversarios, ella se convirtió en la parte que me faltaba, no me da miedo decir que sin ella estaría incompleta otra vez, lo que me da terror es pensar que ella un día no esté. Es una mujer toda llena de pasado y cicatrices, lo era desde entonces cuando aún no teníamos la vida tan desgastada. Ella era grande pero joven, sabia como su nombre, pequeña como la botella más fina de perfume. Después, Ismael Serrano escribió Pequeña criatura y dijo lo que yo no pude.

Sé que no me lo van a creer, pero ella tiene poderes sobrenaturales, a mí me ha sanado sólo con cruzar el umbral más veces de las que puedo recordar, un día podré contar la historia completa, espero que sea antes de que la vista esté tan cansada que no podamos leerla, pero hoy sólo les contaré que desde aquella mañana en la Gaya Scienza ella se convirtió en mi pareja de Scrabble, y esa no es una cuestión menor, para quienes me conocen es sabido que las palabras son mi religión, con ella pasé mañanas enteras de años enteros jugando a las palabras, sabíamos que ellas nos construían, que nombran a mundo que nos sostiene, que a cada letra se transforman, nos cuestionan, nos edifican. No es una lección liliputiense descubrir que “Extrañeza” en el ala izquierda del tablero, tocando un tripe de tanto de palabra en cada extremo y un doble de letra en la Ñ, te da los 351 puntos que te enorgullecerán incluso más que graduarte de la universidad.

Después de eso La Gaya se volvió en el corazón cultural del barrio, ahí nos convertimos en pintores, poetas, trovadores y locos, ella, por su parte, decidió volverse científica, no me extraña que haya decidido ser Química, ella ya, mucho tiempo atrás, era una alquimista, dejó su trabajo, pero no la mesa del fondo con las orillas despostilladas, seguimos yendo a diario por años, no fuimos conscientes del día que dejamos de ser las muchachas de sandalias que jugaban Scrabble, fumaban y bebían café mientras descubrían a Vila Matas y a Pérez Reverte y pensaban que , como ellos, podían cambiar al mundo una letra a la vez, de preferencia sobre un tablero verde. Crecimos y el tiempo se volvió más huraño, ya no teníamos tantas horas para hacer lo que nos había hecho convertirnos en esas mujeres que escuchaban música hasta el amanecer y siempre tenían temas nuevos de conversación, los mejores, que se reían y coleccionaban momentos que con paciencia pulían para cristalizarlos en los mejores chistes privados de los que la humanidad tenga razón. Estuve cuando se fue de su casa, cuando entró a la universidad, cuando se graduó, cuando le rompieron el corazón y a mí todas esas cosas también, y otras, como la muerte de mi madre, el nacimiento de mi hijo, la muerte, aún insensata, del que fue nuestro mejor amigo, todas las veces que las olas nos han arrastrado sin piedad y luego el mar nos ha escupido de nuevo a la playa dándonos una palmada en la espalda y juntas nos hemos sacudido las rodillas y hemos vuelto a sonreír, no saben lo sencillo que es sonreír a su lado, lo bella que me hace la vida, las veces que me ha arreglado las uñas mientras me arregla la vida, las noches que me ha rescatado de los abismos de la tristeza, porque ya les dije, ella tiene poderes; es una alquimista.

Qué suerte he tenido de que ella, la que todo lo sabe, la de piel de tamarindo y mirada de cielo de noche, la de andar de gacela, la de los artificios de la alquimia, la que sana con las manos y construye con palabras; sea mi amiga.

 

Uncategorized

En época de jacarandas

Qué fácil se me ha puesto la vida desde que la vivo contigo, qué fácil dormir en tus brazos, sin pesadillas ni laberintos. Qué fácil despertar a tu lado y hacer planes y arriesgarnos juntos. Qué fácil es ahora encontrar el camino de vuelta de casa.

Me he llenado las manos de especias para cubrirte de recuerdos, le he quitado días a mi calendario para dártelos de regalo, sé que a veces te faltan horas o semanas y que, aunque disfrutas andar de prisa, por momentos también quisieras dejar que todo desapareciera un rato.

A veces sigo pensando que es un sueño, que no estás y no está nuestra casita perfecta con sus plantas junto a la ventana, sus fotos, los libros que me han construido y las flores que trajiste sin razón, el perro durmiendo en cualquier lado y mi niño saltando en algún mueble. Pero ahí está todo; las risas en las paredes, el aire que se pone tibio cuando llegas del trabajo, los ecos de los teamos diarios, nuestra cama llena de parasiempres, mi sillón de leer, tu sillón de whisky y nuestro sillón de ver la tele, el tapete turquesa que no entiendes, pero me compraste igual y todos los cajones llenos de secretos que un día podrían salvarnos de la rutina.

Contigo he aprendido nuevas formas de reírme, de acomodarme los risos y desmenuzar la poesía, he aprendido que amar no es una tragedia, sino una sinfonía; eres como andar descalza sobre el pasto húmedo, como un chocolate en medio de la tristeza, el horizonte que me ha salvado de la claustrofobia, porque te has dedicado a abrir puertas y a tirar paredes para que yo pueda respirar y ver las estrellas, y sé que no lo sabes , tal vez ni siquiera lo sospechas, porque así son las personas que cambian al mundo, lo hacen desde la inocencia de creer que nada hacen. Eres una taza de té caliente cuando limpias mis lágrimas y no sabes por qué lloro y no importa que no pueda decirte que es porque se me había olvidado que mi madre estaba muerta y que acabo de recordarlo apenas hace un rato, cuando necesitaba su caricia.

Yo quiero hacerte feliz, recostarme en tu regazo mientras todo pasa, mirarte mientras duermes y saberme una mujer con suerte, quiero lavar la tierrita que van dejando los ciclos, el cansancio y el agobio. Hacerte sonreír y que se te marquen las arruguitas de los ojos, columpiarme en tus pestañas y sentarme a leer bajo tu sombra.

Tú eres para mí la verdad y la belleza, pues no importa cuántos años cumplas, cuando llego por las noches y me recibes diciéndome que es bueno que esté en casa y me preguntas cómo me fue y me miras con esos ojos que pones cuando algo te importa; eres como un niño descubriendo que puede hacer una suerte nueva con su yoyo. Tú todo lo curas, todo lo ordenas, todo lo iluminas.

Es marzo y el azul violáceo se convierten en el omnipresente paisaje, con sus tapetes floreados. Vamos, que todo esto fue para decirte que no me sorprende nada que hayas nacido en época de jacarandas.

Feliz cumpleaños. Te amo.

Uncategorized

Jet Lag

Eres lo que la vida y los años han dejado de ti; de un tiempo a la fecha, lo único que te importa es que los demás crean que eres feliz, así que dedicas tu tiempo a postear fotos en redes sociales en las que te aseguras de lucir atractivo y sonriente, pero no demasiado; has practicado frente al espejo esa media sonrisa de lado que te hace ver enigmático; entrecierras los ojos a la vez que tuerces los labios; es como si fueras a un tiempo terrible y pícaro. Se ve mejor en la pantalla que en el reflejo, es por el ángulo, piensas.

Anoche hablaste con tu madre, ella no tiene redes sociales así que tuviste que decirle, sin guarniciones, que te sentías alegre y realizado. No es que te importe lo que tu madre piense, pero la gente habla y tu madre habla más que el resto de la gente, así que previenes que se tropiece con alguien que le pregunte cómo te encuentras y le das la respuesta correcta, que ella repetirá sin meditar demasiado, porque tampoco le importa mucho si es cierto o no.

El mundo es pequeñísimo, la última vez que Doña Ausencia, tu madre, se sometió a una cirugía estética, tuvo que cambiar de médico porque el anterior se reusó a hacerle otra intervención, su salud e incluso su vida estarían en peligro si llegara a realizarla, o eso dijo, entonces, tu madre dijo a su vez que ese doctorsete era un idiota y que no sabía nada. Se fue con el Doctor Sevilla, una eminencia con pocos escrúpulos y muchos hijos que mantener y él le restiró la cara por octava ocasión. Desde ese día tu madre tiene siempre el mismo semblante y es difícil adivinar si está enojada, hambrienta o con estreñimiento.

En una de sus consultas de seguimiento se encontró con Drusila, la novia de Ernesto, ese que hasta hoy ha sido tu mejor amigo y fuiste tú el tema de conversación, tu madre le dijo que estabas triste, que creía que extrañabas a la lagartona “chichisoperadas” de Renata y que incluso temía por tu vida, dijo que creía que bien serías capaz de darte un tiro con tal de evitar el dolor que te producía estar lejos de ella. Drusila pensó que exageraba, pero le siguió la corriente para sacarle toda la información como quien, sediento, exprime una naranja. Estás convencido de que esa Drusila es medio golfa y siempre te ha tirado la onda sin importarle tu relación con Ernesto y mucho menos la suya, ella tiene una colección de cirugías plásticas y de exmaridos, a tu último performance llegó con tetas nuevas y te las embarró en la cara fingiendo que se había tropezado junto a tu silla, sentiste cómo tu frente se hundió en aquellos balones recién inflados y no niegas que tuviste muchas ganas de morderlos, pero Ernesto es tu amigo y te limitaste a masturbarte por la noche con ese recuerdo. La verdad es que a ti Drusila no te gusta, es artificial y engreída, y sabes que te coquetea porque tu cuenta de banco es exponencialmente más grande que la de su novio en turno, supones que quiere recuperar el dinero que ha invertido en las tetas que no mordiste esa noche y en los labios que sólo besaste una vez por equivocación en esa fiesta de disfraces en la que estabas tan borracho que no tuviste capacidad de arrancártela de encima antes de que metiera su lengua en tu boca. Por eso le mientes a tu madre, para que no se le vaya a salir hablar de ti con alguien más en la sala de espera de algún cirujano plástico.

Ayer volviste de viaje, fuiste a París, a ti París no te gusta, pero a ella le gustaba y tiene unas vistas prodigiosas para tomar fotografías. Necesitabas unas vacaciones, tus publicaciones de viajes empezaban a estar caducas y no ibas a permitir que los chismosos comenzaran a hablar de que no habías salido del país a causa de tus finanzas o tu soltería.

Pasaste casi toda la semana en tu cuarto de hotel bebiendo whiskey y pensando que quizás la próxima vez irías a Escocia a beber champaña en un cuarto de hotel más grande y más frío que ese.  Esta mañana te levantaste a ver qué respuesta había en las fotos de tu recién concluido paseo; el cúmulo de likes era mayor que el del viaje a Beirut, aunque todavía no alcanzaba la aceptación de tu lanzamiento en paracaídas, ese sí que fue un éxito; tu temor a las alturas y un instructor jactancioso y grosero hicieron de esa experiencia una tortura, pero las fotografías eran espectaculares y entre el viento que te mantuvo el pelo en la cara todo el tiempo y los lentes especiales, en ninguna se nota el terror que estabas sintiendo. Revisabas los comentarios de tus amigos, de tus tías y de las comadres de Doña Ausencia, cuando en tu perfil apareció una solicitud de amistad de una mujer con el pelo impecable, era rubio y liso hasta un dedo por debajo del pecho, con la raya de lado, tenía dos ondas perfectas que rozaban sus orejas; las chicas que tienen así es pelo suelen tener dinero, las pobres lo recogen en tímidas coletas y las clasemedieras lo llevan suelto, pero con acicalados caseros. Tu hermana te ha platicado que ha llegado a gastar hasta $25,000 mensuales sólo en el cuidado de su cabellera; incluyendo visitas semanales a la estética, tintes, tratamientos capilares y, por supuesto, una alimentación saludable rica en grasas buenas, lo que sea que esto signifique. Esta mujer había invertido bien su dinero, o tal vez el de su marido, porque las mujeres así casi nunca son solteras. Si lo sabrás tú.

Alina Saldívar era su nombre, aceptaste la solicitud y de inmediato saludaste en el chat; estabas hecho trizas por el vuelo y ese día no saldrías a ningún lado, pedirías comida por teléfono y si por la tarde te sentías mejor, terminarías el cuadro que te encargó el italiano gay de la galería que es una monserga, el cuadro, no el tipo, aunque a veces también lo es. Mientras tanto podrías charlar un rato con una desconocida con la paz que da que quien no te conoce no te juzga, y si lo hace no te importa.

Tu “hola” recibió inmediata respuesta, le dijiste que te gustaba su pelo, ella te dio las gracias y te dijo que tenías el mentón como el de Superman, sonreíste enseñando los dientes, tal cual lo prohíben los cánones de las selfies. Le preguntaste si tenía tiempo de platicar y te dijo que sí, que tenía gripa y no iría trabajar, le mandaste un GIF de una taza de té y ella respondió con el emoji de beso sin corazón porque se acababan de conocer. Le contaste que estabas soltero pero que era por voluntad propia y no porque no pudieras entablar una relación estable con una mujer, es más, tus últimas dos relaciones fueron estables, le platicaste que habían terminado de formas muy dramáticas porque tienes suerte para enamorarte de mujeres histéricas e histriónicas de las que hacen tormentas en copas de Martinis y pelean como deporte de exhibición de las olimpiadas amorosas. Es por eso que estabas fatigado y habías decidido quedarte soltero, y sí, usaste el verbo decidir, aunque sabías que las dos te habían dejado, pero acababas de mentirle a tu madre, lo cual había bajado bastante tus bonos en la liga de la decencia, así que no te molestó mentir de nuevo un poco.  Te dijo que te entendía y que le contaras más, entonces miraste su foto de perfil y tenía los ojos de añil y sonreía como si te entendiera y supiste que te entendía y tocaste su pelo por sobre la pantalla y supusiste que sería muy suave y seguiste contándole de tu pasado. Le dijiste que habías terminado con Berenice hacía poco, que las cosas habían salido mal, pero que tenías la conciencia tranquila, Bere es una chica muy dulce, usa el pelo rizado y sin ningún cuidado especial, en realidad es algo desaliñada, pero canta divino y desde que iniciaron su romance empezó a velar un poco más por su apariencia, no es que tú la hubieras obligado, sólo la llevaste con un estilista para que le arreglara el pelo y las uñas, y ella, como estaba enamorada de ti y quería agradarte, no opuso resistencia, aunque esa noche la viste llorando frente al espejo, pero no crees que haya sido por el drástico cambio de estilo, porque de verdad quedó guapísima, seguro tendría algún problema con su familia o en el trabajo, pero no le preguntaste porque estabas por salir y no podías llegar tarde a esa entrevista de televisión. Eso no se lo contaste a Alina porque no la querías aburrir con detalles sin importancia, le dijiste que habías engañado a Berenice con Renata, bueno, en realidad no había sido un engaño, vamos, desde el día que se conocieron en el cantabar, le platicaste que estabas enamorado de tu ex, que esa mujer te había embrujado, que no podías dejar de pensar en ella, después bebiste de más y Bere también, entonces se besaron al ritmo de Lamento boliviano y luego le dijiste que fueran a  tu casa, que abrirías una botella de vino que habías guardado para un día especial y que ese era el día y ella sonrió enseñando todos los dientes y tomó su bolsa y ni siquiera se despidió de sus amigas y se subió a tu coche. A Alina sólo le contaste que ella se fue contigo y bebieron tinto hasta el amanecer, le explicaste varias veces que tú nunca le prometiste nada, que no hablaron de amor, bueno, quizás sí le dijiste que la amabas e incluso hablaron del futuro y esas cosas, pero todos mienten cuando acaban de conocer a alguien, es una cosa instintiva, como una danza de apareamiento de algún ave exótica, y cuando dijiste eso, Alina rio con letras y te dijo que te entendía y miraste su foto y supiste que era cierto.

Siempre fuiste honesto con Bere, es decir, no es que siempre le dijeras la verdad, nadie dice siempre la verdad, es cierto que empezaste una relación con ella y sabías que no llegaría lejos, no se lo dijiste porque eso la hubiera herido, además, uno nunca sabe, igual y con el tiempo te enamorarías de ella y te olvidarías de Renata. Le dijiste a Alina que nada había sido tu culpa, pero es que cuando Renata se enteró que tenías novia se puso como loca y cuando ella se ponía como loca era como una gata en celo, no, no es que se colgara de las cortinas y maullara hasta despertar a todo el vecindario, es que se movía al acecho y le bailaban las caderas y tú no eres de hule, cuando te dijo que quería verte, no pudiste decir que no, se merecían hablar y cerrar el ciclo, las cosas no podían terminar así, sin que se pidieran perdón y esas cursilerías. Así que fuiste, no se lo dijiste a tu novia porque seguro iba a hacer un teatro de algo bizantino, y es que unos días antes le habías pedido que vivieran juntos, ella te preguntó si estabas seguro y le dijiste que sí, no estabas seguro de nada, pero ella no tenía para qué saber eso. Se mudó y trajo a su perro, un salchicha negro que te odiaba. Fuiste a tomar un trago con Renata, en un cuarto de hotel porque dijo que ya había tenido muchos problemas con su esposo por tu culpa y no quería ponerse en riesgo de que los vieran juntos, echaría todo a perder ahora que por fin se habían reconciliado por completo, y es que cuando él se enteró que ustedes dos tenían un amorío se alteró muchísimo, tú pensaste que se divorciarían y por fin tú y ella serían felices para siempre en una casa en la campiña francesa, pero no fue así, te dejó y dio por terminada la relación, se quedaría con su esposo porque no quería perder a sus hijos, vaya escusa trillada y sosa vino a darte, te enojaste, pronto el enojo se convirtió en dolor y más tarde en una tristeza flaca de esas que uno sabe que durarán para siempre. No dejarías que nadie supiera que esa mujer te había desgarrado y que había preferido su aburrida y monótona vida de madre y esposa a la aventura interminable que le ofrecías tú con tus excesos y extravagancias. Fue entonces que aprendiste a parecer feliz, por eso cuando le dijiste a Bere que estabas bien, ella te creyó, y llegó a la conclusión de que habías superado tu ruptura, si lo piensas bien, la culpa es de ella por andar creyendo cosas, por suponer, por asumir, como dicen por ahí, el problema son las expectativas, así que en realidad ella es la responsable de lo que pasó por esperar de ti más de lo que podías dar, se lo dijiste a Alina y ella te dijo que tenías razón y que te entendía y tú viste su fotografía y notaste cierta tristeza flaca en sus ojos y supiste que por eso es que te entendía, porque seguro que ella también había sufrido mucho, como tú.

Le contaste que unos días antes de conocer a Bere habías conseguido una pistola, que estabas decidido a matarte para que Renata viviera el resto de sus días sabiéndose culpable de tu muerte, nunca más dormiría en calma, la espiarían las pesadillas de tu cráneo destrozado, dejarías en tu escritorio una nota en la que explicarías, con lujo de detalles, lo que había pasado y luego dispararías, no sin antes enviar una copia de la nota a su marido y a Ernesto, para que supieran qué clase de basura era esa mujer, les dirías todo, incluso que Benjamín, su hijo más pequeño, era tuyo y no del enclenque que le había dado su apellido. Ya tenías todo listo cuando te invitaron aquella noche a festejar el cumple de Drusila y entonces conociste a Bere, pensándolo bien ella salvó tu vida, lástima que se haya enamorado, se hubieran divertido tanto sin esas bobadas. No debiste contarle eso a Alina, era muy pronto para una confesión tan íntima, pero es que te hacía sentir tan en confianza, además en su última respuesta ya había incluido el emoji de beso con corazón, era obvio que su vínculo se fortalecía.

Ella te preguntó si aún tenías la pistola en tu escritorio, le dijiste que sí, que Bere la había visto un día y se había espantado mucho, fue el mismo día que Renata le llamó para decirle que esa noche en el hotel habían cogido hasta que las piernas les dejaron de responder, le mandó fotos, un video y hasta una captura de pantalla de un mensaje de buenas noches que le enviaste cuando llegaste a tu casa antes de meterte a la cama con tu novia, el mensaje decía “Nunca dejé de amarte, buenas noches, amor mío” y finalizaba con el emoji de beso con corazón, ese tan íntimo. Bere entonces se volvió una maniática, y es que siempre te pasa, te involucras con mujeres tan intensas que rayan en el delirio, gritó y rompió cosas y su salchicha ladraba como bocina y ambos corrían por toda la casa ella recogiendo cosas y metiéndolas en una maleta, el animal siendo fastidioso; llegaron los dos a tu estudio, ella te enfrentó y tú mentiste, porque no querías lastimarla, pobrecita, ella era una buena mujer cuyo único pecado había sido hacerse ilusiones sabiendo que lo suyo no era en serio, nunca se lo dijiste así, pero se sobreentendía porque ella sabía que tú estabas enamorado de otra aunque le hayas dicho miles de veces que eso no era cierto y que ella estaba loca por celarte; las mujeres saben. Le pediste que se tranquilizara, pusiste tu mano en su boca y la tomaste con el otro brazo por el cuello para hacerla calmar, le dijiste que le darías algo para los nervios y abriste el cajón y ahí estaba la pistola, ella pensó que ibas a matarla, y es que ella siempre llegaba a las conclusiones más catastróficas; cayó de rodillas llorando la infeliz, y no pudiste negarlo más, le dijiste que amabas a Renata y que no querías volver a verla; que lo lamentabas, que se fuera pronto porque no tenía caso alargar más el mal rato, y ella se fue con la cara toda llena de mocos, el rímel todo corrido y el pelo todo desordenado; se veía tan poca cosa y tú entonces supiste que no podrías amar jamás a una mujer tan insignificante, pero igual te lamentaste porque no te gusta ver sufrir a los demás. Es muy incomodo cuando la gente llora y tú no sabes qué decir y quisieras tocarles la cabeza como a un perrito en la calle, y pensaste que ya no tendrías que ver al salchicha negro y te alegraste.

Ves que siempre me tocan locas, le dijiste a Alina y ella te dijo que sí, que te entendía y tú viste sus ojos de añil y las ondas de su pelo claro y supiste que te entendía, y ella te pidió que tomaras la pistola y que la pusieras en tu paladar y tú lo hiciste y toda la boca se te llenó de metal y tuviste frío y miedo, pero ella te dijo que pusieras tu dedo en el gatillo y miraste su fotografía y le hiciste caso porque tenía la tristeza flaca y te dijo que tiraras y no pudiste incumplir porque estabas tan cansado, y ella, Alina, era la única que te entendía.