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Sofía

Con nadie he llorado como con ella, les diría que acaso lloré más con mi madre, porque con mamá lloré desde el día de mi nacimiento hasta el día de su muerte, algunos años más que otros, algunas veces más que otras, sin embargo, es probable que nunca antes en mi vida haya llorado como lo he hecho después de que murió y ha sido con Sofía, casi siempre, así se llama la mujer que lleva no sé cuántos años cuidándome incluso de mi misma y que le hace honor a su nombre.

La conocí en una cafetería, el sitio se llamaba “Libertad” casi como augurio, el lugar era una monada, estaba en la colonia Narvarte, en las esquina de Monte Albán y Morena, tenía, en la parte de afuera, cuatro mesas de metal y mosaicos en las que siempre me sentaba, primero porque fumaba y segundo porque iba a diario a tomar un café con mi labrador dorada, Dalila, una pera gorda y dulcísima que se echaba sobre mis pies durante el tiempo que me llevara beber dos o tres tazas del mejor café de la colonia y leer dos o tres capítulos del mejor libro de ciencias sociales, por dentro era una galería de arte mexicano; alebrijes, talavera, barro y demás artesanías de distintas zonas del país decoraban las vitrinas, las repisas y hasta el piso del lugar, era difícil caminar entre tanta chiva, pero una vez que lograbas llegar a una de las mesas o a la barra, entonces era como estar en medio del paraíso de los colores y las texturas, al fondo había un tapanco al que tenías que subir si querías ir al baño, por suerte éramos ágiles y jóvenes, hoy mi vejiga hubiera resentido la incapacidad de mis rodillas porque las escaleras eran una trampa de muerte.

Ahí trabajaba Sofía, una muchacha menuda, con la piel de tamarindo fresco, que caminaba ágil y no tenía fácil la sonrisa, o quizás era que yo no le agradaba, no nos parecíamos en nada, y no me refiero al físico, solamente, sino en nada, con los años descubrimos que nuestras diferencias nos hacían perfectas. El Libertad cerró en poco tiempo; la venta de un café baratísimo a un montón de chamacos que no teníamos en qué caernos muertos y no comprábamos nada mas y una pésima administración, lo llevaron a la quiebra antes de que Sofía y yo descubriéramos que nuestras vidas estaban predestinadas a estar juntas. Ella se quedó sin empleo, yo sin buhardilla y ambas sin Libertad.

No pasó mucho tiempo cuando a escasas dos cuadras de ahí descubrí otro café con potencial de trinchera para leer. La Gaya Scienza, sigue existiendo aunque nunca será lo mismo, le faltamos nosotras y los dueños originales, el espíritu rebelde, la fuente de las virtudes, la verdadera ciencia joven. ¿Quién podría resistirse a un garaje convertido en improvisada cafetería con nombre de obra de Nietzsche? Además, en esa época, la casa tenía en la fachada, una enorme cabeza de elefante de fibra de vidrio, una rareza producto, dicen las leyendas de la colonia, de que antaño solía ser un salón de fiestas infantiles, aunque no lo sé de cierto. Lo que sí sé es que era un lugar mágico, un día le dedicaré un texto enterito al sitio que me hizo saber que el arte no es una profesión, sino un estilo de vida.

Entré a la cafetería con el recelo propio de quien entra a una casa de piedra con un elefante de fibra de vidrio que las hace de mayordomo y la silueta de Nietzsche en la puerta, y ahí, con toda su piel de tamarindo, sus ojos de cielo de noche y su andar de gacela, detrás de la máquina de capuchino, estaba Sofía, no es que me alegrara verla a ella, aunque en realidad sí me alegró, lo que era precioso era ver un trocito de mi Libertad en cualquier sitio. Me sirvió un americano en una taza enorme y me senté en una silla medio rota, en un mesa medio despostillada, en medio de un garaje medio fregado y bebí el primer café del resto de mis días frente a la que sería la mujer que me daría todas las certezas y los rayos de sol, porque uno no sabe debajo de qué cabeza de elefante encontrará a su mejor amiga.

Han pasado quizás 20 años desde ese día, dejé de contarlos cuando las canas nos llegaron y nos hicieron saber que hay cosas más valiosas que celebrar aniversarios, ella se convirtió en la parte que me faltaba, no me da miedo decir que sin ella estaría incompleta otra vez, lo que me da terror es pensar que ella un día no esté. Es una mujer toda llena de pasado y cicatrices, lo era desde entonces cuando aún no teníamos la vida tan desgastada. Ella era grande pero joven, sabia como su nombre, pequeña como la botella más fina de perfume. Después, Ismael Serrano escribió Pequeña criatura y dijo lo que yo no pude.

Sé que no me lo van a creer, pero ella tiene poderes sobrenaturales, a mí me ha sanado sólo con cruzar el umbral más veces de las que puedo recordar, un día podré contar la historia completa, espero que sea antes de que la vista esté tan cansada que no podamos leerla, pero hoy sólo les contaré que desde aquella mañana en la Gaya Scienza ella se convirtió en mi pareja de Scrabble, y esa no es una cuestión menor, para quienes me conocen es sabido que las palabras son mi religión, con ella pasé mañanas enteras de años enteros jugando a las palabras, sabíamos que ellas nos construían, que nombran a mundo que nos sostiene, que a cada letra se transforman, nos cuestionan, nos edifican. No es una lección liliputiense descubrir que “Extrañeza” en el ala izquierda del tablero, tocando un tripe de tanto de palabra en cada extremo y un doble de letra en la Ñ, te da los 351 puntos que te enorgullecerán incluso más que graduarte de la universidad.

Después de eso La Gaya se volvió en el corazón cultural del barrio, ahí nos convertimos en pintores, poetas, trovadores y locos, ella, por su parte, decidió volverse científica, no me extraña que haya decidido ser Química, ella ya, mucho tiempo atrás, era una alquimista, dejó su trabajo, pero no la mesa del fondo con las orillas despostilladas, seguimos yendo a diario por años, no fuimos conscientes del día que dejamos de ser las muchachas de sandalias que jugaban Scrabble, fumaban y bebían café mientras descubrían a Vila Matas y a Pérez Reverte y pensaban que , como ellos, podían cambiar al mundo una letra a la vez, de preferencia sobre un tablero verde. Crecimos y el tiempo se volvió más huraño, ya no teníamos tantas horas para hacer lo que nos había hecho convertirnos en esas mujeres que escuchaban música hasta el amanecer y siempre tenían temas nuevos de conversación, los mejores, que se reían y coleccionaban momentos que con paciencia pulían para cristalizarlos en los mejores chistes privados de los que la humanidad tenga razón. Estuve cuando se fue de su casa, cuando entró a la universidad, cuando se graduó, cuando le rompieron el corazón y a mí todas esas cosas también, y otras, como la muerte de mi madre, el nacimiento de mi hijo, la muerte, aún insensata, del que fue nuestro mejor amigo, todas las veces que las olas nos han arrastrado sin piedad y luego el mar nos ha escupido de nuevo a la playa dándonos una palmada en la espalda y juntas nos hemos sacudido las rodillas y hemos vuelto a sonreír, no saben lo sencillo que es sonreír a su lado, lo bella que me hace la vida, las veces que me ha arreglado las uñas mientras me arregla la vida, las noches que me ha rescatado de los abismos de la tristeza, porque ya les dije, ella tiene poderes; es una alquimista.

Qué suerte he tenido de que ella, la que todo lo sabe, la de piel de tamarindo y mirada de cielo de noche, la de andar de gacela, la de los artificios de la alquimia, la que sana con las manos y construye con palabras; sea mi amiga.

 

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En época de jacarandas

Qué fácil se me ha puesto la vida desde que la vivo contigo, qué fácil dormir en tus brazos, sin pesadillas ni laberintos. Qué fácil despertar a tu lado y hacer planes y arriesgarnos juntos. Qué fácil es ahora encontrar el camino de vuelta de casa.

Me he llenado las manos de especias para cubrirte de recuerdos, le he quitado días a mi calendario para dártelos de regalo, sé que a veces te faltan horas o semanas y que, aunque disfrutas andar de prisa, por momentos también quisieras dejar que todo desapareciera un rato.

A veces sigo pensando que es un sueño, que no estás y no está nuestra casita perfecta con sus plantas junto a la ventana, sus fotos, los libros que me han construido y las flores que trajiste sin razón, el perro durmiendo en cualquier lado y mi niño saltando en algún mueble. Pero ahí está todo; las risas en las paredes, el aire que se pone tibio cuando llegas del trabajo, los ecos de los teamos diarios, nuestra cama llena de parasiempres, mi sillón de leer, tu sillón de whisky y nuestro sillón de ver la tele, el tapete turquesa que no entiendes, pero me compraste igual y todos los cajones llenos de secretos que un día podrían salvarnos de la rutina.

Contigo he aprendido nuevas formas de reírme, de acomodarme los risos y desmenuzar la poesía, he aprendido que amar no es una tragedia, sino una sinfonía; eres como andar descalza sobre el pasto húmedo, como un chocolate en medio de la tristeza, el horizonte que me ha salvado de la claustrofobia, porque te has dedicado a abrir puertas y a tirar paredes para que yo pueda respirar y ver las estrellas, y sé que no lo sabes , tal vez ni siquiera lo sospechas, porque así son las personas que cambian al mundo, lo hacen desde la inocencia de creer que nada hacen. Eres una taza de té caliente cuando limpias mis lágrimas y no sabes por qué lloro y no importa que no pueda decirte que es porque se me había olvidado que mi madre estaba muerta y que acabo de recordarlo apenas hace un rato, cuando necesitaba su caricia.

Yo quiero hacerte feliz, recostarme en tu regazo mientras todo pasa, mirarte mientras duermes y saberme una mujer con suerte, quiero lavar la tierrita que van dejando los ciclos, el cansancio y el agobio. Hacerte sonreír y que se te marquen las arruguitas de los ojos, columpiarme en tus pestañas y sentarme a leer bajo tu sombra.

Tú eres para mí la verdad y la belleza, pues no importa cuántos años cumplas, cuando llego por las noches y me recibes diciéndome que es bueno que esté en casa y me preguntas cómo me fue y me miras con esos ojos que pones cuando algo te importa; eres como un niño descubriendo que puede hacer una suerte nueva con su yoyo. Tú todo lo curas, todo lo ordenas, todo lo iluminas.

Es marzo y el azul violáceo se convierten en el omnipresente paisaje, con sus tapetes floreados. Vamos, que todo esto fue para decirte que no me sorprende nada que hayas nacido en época de jacarandas.

Feliz cumpleaños. Te amo.

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Jet Lag

Eres lo que la vida y los años han dejado de ti; de un tiempo a la fecha, lo único que te importa es que los demás crean que eres feliz, así que dedicas tu tiempo a postear fotos en redes sociales en las que te aseguras de lucir atractivo y sonriente, pero no demasiado; has practicado frente al espejo esa media sonrisa de lado que te hace ver enigmático; entrecierras los ojos a la vez que tuerces los labios; es como si fueras a un tiempo terrible y pícaro. Se ve mejor en la pantalla que en el reflejo, es por el ángulo, piensas.

Anoche hablaste con tu madre, ella no tiene redes sociales así que tuviste que decirle, sin guarniciones, que te sentías alegre y realizado. No es que te importe lo que tu madre piense, pero la gente habla y tu madre habla más que el resto de la gente, así que previenes que se tropiece con alguien que le pregunte cómo te encuentras y le das la respuesta correcta, que ella repetirá sin meditar demasiado, porque tampoco le importa mucho si es cierto o no.

El mundo es pequeñísimo, la última vez que Doña Ausencia, tu madre, se sometió a una cirugía estética, tuvo que cambiar de médico porque el anterior se reusó a hacerle otra intervención, su salud e incluso su vida estarían en peligro si llegara a realizarla, o eso dijo, entonces, tu madre dijo a su vez que ese doctorsete era un idiota y que no sabía nada. Se fue con el Doctor Sevilla, una eminencia con pocos escrúpulos y muchos hijos que mantener y él le restiró la cara por octava ocasión. Desde ese día tu madre tiene siempre el mismo semblante y es difícil adivinar si está enojada, hambrienta o con estreñimiento.

En una de sus consultas de seguimiento se encontró con Drusila, la novia de Ernesto, ese que hasta hoy ha sido tu mejor amigo y fuiste tú el tema de conversación, tu madre le dijo que estabas triste, que creía que extrañabas a la lagartona “chichisoperadas” de Renata y que incluso temía por tu vida, dijo que creía que bien serías capaz de darte un tiro con tal de evitar el dolor que te producía estar lejos de ella. Drusila pensó que exageraba, pero le siguió la corriente para sacarle toda la información como quien, sediento, exprime una naranja. Estás convencido de que esa Drusila es medio golfa y siempre te ha tirado la onda sin importarle tu relación con Ernesto y mucho menos la suya, ella tiene una colección de cirugías plásticas y de exmaridos, a tu último performance llegó con tetas nuevas y te las embarró en la cara fingiendo que se había tropezado junto a tu silla, sentiste cómo tu frente se hundió en aquellos balones recién inflados y no niegas que tuviste muchas ganas de morderlos, pero Ernesto es tu amigo y te limitaste a masturbarte por la noche con ese recuerdo. La verdad es que a ti Drusila no te gusta, es artificial y engreída, y sabes que te coquetea porque tu cuenta de banco es exponencialmente más grande que la de su novio en turno, supones que quiere recuperar el dinero que ha invertido en las tetas que no mordiste esa noche y en los labios que sólo besaste una vez por equivocación en esa fiesta de disfraces en la que estabas tan borracho que no tuviste capacidad de arrancártela de encima antes de que metiera su lengua en tu boca. Por eso le mientes a tu madre, para que no se le vaya a salir hablar de ti con alguien más en la sala de espera de algún cirujano plástico.

Ayer volviste de viaje, fuiste a París, a ti París no te gusta, pero a ella le gustaba y tiene unas vistas prodigiosas para tomar fotografías. Necesitabas unas vacaciones, tus publicaciones de viajes empezaban a estar caducas y no ibas a permitir que los chismosos comenzaran a hablar de que no habías salido del país a causa de tus finanzas o tu soltería.

Pasaste casi toda la semana en tu cuarto de hotel bebiendo whiskey y pensando que quizás la próxima vez irías a Escocia a beber champaña en un cuarto de hotel más grande y más frío que ese.  Esta mañana te levantaste a ver qué respuesta había en las fotos de tu recién concluido paseo; el cúmulo de likes era mayor que el del viaje a Beirut, aunque todavía no alcanzaba la aceptación de tu lanzamiento en paracaídas, ese sí que fue un éxito; tu temor a las alturas y un instructor jactancioso y grosero hicieron de esa experiencia una tortura, pero las fotografías eran espectaculares y entre el viento que te mantuvo el pelo en la cara todo el tiempo y los lentes especiales, en ninguna se nota el terror que estabas sintiendo. Revisabas los comentarios de tus amigos, de tus tías y de las comadres de Doña Ausencia, cuando en tu perfil apareció una solicitud de amistad de una mujer con el pelo impecable, era rubio y liso hasta un dedo por debajo del pecho, con la raya de lado, tenía dos ondas perfectas que rozaban sus orejas; las chicas que tienen así es pelo suelen tener dinero, las pobres lo recogen en tímidas coletas y las clasemedieras lo llevan suelto, pero con acicalados caseros. Tu hermana te ha platicado que ha llegado a gastar hasta $25,000 mensuales sólo en el cuidado de su cabellera; incluyendo visitas semanales a la estética, tintes, tratamientos capilares y, por supuesto, una alimentación saludable rica en grasas buenas, lo que sea que esto signifique. Esta mujer había invertido bien su dinero, o tal vez el de su marido, porque las mujeres así casi nunca son solteras. Si lo sabrás tú.

Alina Saldívar era su nombre, aceptaste la solicitud y de inmediato saludaste en el chat; estabas hecho trizas por el vuelo y ese día no saldrías a ningún lado, pedirías comida por teléfono y si por la tarde te sentías mejor, terminarías el cuadro que te encargó el italiano gay de la galería que es una monserga, el cuadro, no el tipo, aunque a veces también lo es. Mientras tanto podrías charlar un rato con una desconocida con la paz que da que quien no te conoce no te juzga, y si lo hace no te importa.

Tu “hola” recibió inmediata respuesta, le dijiste que te gustaba su pelo, ella te dio las gracias y te dijo que tenías el mentón como el de Superman, sonreíste enseñando los dientes, tal cual lo prohíben los cánones de las selfies. Le preguntaste si tenía tiempo de platicar y te dijo que sí, que tenía gripa y no iría trabajar, le mandaste un GIF de una taza de té y ella respondió con el emoji de beso sin corazón porque se acababan de conocer. Le contaste que estabas soltero pero que era por voluntad propia y no porque no pudieras entablar una relación estable con una mujer, es más, tus últimas dos relaciones fueron estables, le platicaste que habían terminado de formas muy dramáticas porque tienes suerte para enamorarte de mujeres histéricas e histriónicas de las que hacen tormentas en copas de Martinis y pelean como deporte de exhibición de las olimpiadas amorosas. Es por eso que estabas fatigado y habías decidido quedarte soltero, y sí, usaste el verbo decidir, aunque sabías que las dos te habían dejado, pero acababas de mentirle a tu madre, lo cual había bajado bastante tus bonos en la liga de la decencia, así que no te molestó mentir de nuevo un poco.  Te dijo que te entendía y que le contaras más, entonces miraste su foto de perfil y tenía los ojos de añil y sonreía como si te entendiera y supiste que te entendía y tocaste su pelo por sobre la pantalla y supusiste que sería muy suave y seguiste contándole de tu pasado. Le dijiste que habías terminado con Berenice hacía poco, que las cosas habían salido mal, pero que tenías la conciencia tranquila, Bere es una chica muy dulce, usa el pelo rizado y sin ningún cuidado especial, en realidad es algo desaliñada, pero canta divino y desde que iniciaron su romance empezó a velar un poco más por su apariencia, no es que tú la hubieras obligado, sólo la llevaste con un estilista para que le arreglara el pelo y las uñas, y ella, como estaba enamorada de ti y quería agradarte, no opuso resistencia, aunque esa noche la viste llorando frente al espejo, pero no crees que haya sido por el drástico cambio de estilo, porque de verdad quedó guapísima, seguro tendría algún problema con su familia o en el trabajo, pero no le preguntaste porque estabas por salir y no podías llegar tarde a esa entrevista de televisión. Eso no se lo contaste a Alina porque no la querías aburrir con detalles sin importancia, le dijiste que habías engañado a Berenice con Renata, bueno, en realidad no había sido un engaño, vamos, desde el día que se conocieron en el cantabar, le platicaste que estabas enamorado de tu ex, que esa mujer te había embrujado, que no podías dejar de pensar en ella, después bebiste de más y Bere también, entonces se besaron al ritmo de Lamento boliviano y luego le dijiste que fueran a  tu casa, que abrirías una botella de vino que habías guardado para un día especial y que ese era el día y ella sonrió enseñando todos los dientes y tomó su bolsa y ni siquiera se despidió de sus amigas y se subió a tu coche. A Alina sólo le contaste que ella se fue contigo y bebieron tinto hasta el amanecer, le explicaste varias veces que tú nunca le prometiste nada, que no hablaron de amor, bueno, quizás sí le dijiste que la amabas e incluso hablaron del futuro y esas cosas, pero todos mienten cuando acaban de conocer a alguien, es una cosa instintiva, como una danza de apareamiento de algún ave exótica, y cuando dijiste eso, Alina rio con letras y te dijo que te entendía y miraste su foto y supiste que era cierto.

Siempre fuiste honesto con Bere, es decir, no es que siempre le dijeras la verdad, nadie dice siempre la verdad, es cierto que empezaste una relación con ella y sabías que no llegaría lejos, no se lo dijiste porque eso la hubiera herido, además, uno nunca sabe, igual y con el tiempo te enamorarías de ella y te olvidarías de Renata. Le dijiste a Alina que nada había sido tu culpa, pero es que cuando Renata se enteró que tenías novia se puso como loca y cuando ella se ponía como loca era como una gata en celo, no, no es que se colgara de las cortinas y maullara hasta despertar a todo el vecindario, es que se movía al acecho y le bailaban las caderas y tú no eres de hule, cuando te dijo que quería verte, no pudiste decir que no, se merecían hablar y cerrar el ciclo, las cosas no podían terminar así, sin que se pidieran perdón y esas cursilerías. Así que fuiste, no se lo dijiste a tu novia porque seguro iba a hacer un teatro de algo bizantino, y es que unos días antes le habías pedido que vivieran juntos, ella te preguntó si estabas seguro y le dijiste que sí, no estabas seguro de nada, pero ella no tenía para qué saber eso. Se mudó y trajo a su perro, un salchicha negro que te odiaba. Fuiste a tomar un trago con Renata, en un cuarto de hotel porque dijo que ya había tenido muchos problemas con su esposo por tu culpa y no quería ponerse en riesgo de que los vieran juntos, echaría todo a perder ahora que por fin se habían reconciliado por completo, y es que cuando él se enteró que ustedes dos tenían un amorío se alteró muchísimo, tú pensaste que se divorciarían y por fin tú y ella serían felices para siempre en una casa en la campiña francesa, pero no fue así, te dejó y dio por terminada la relación, se quedaría con su esposo porque no quería perder a sus hijos, vaya escusa trillada y sosa vino a darte, te enojaste, pronto el enojo se convirtió en dolor y más tarde en una tristeza flaca de esas que uno sabe que durarán para siempre. No dejarías que nadie supiera que esa mujer te había desgarrado y que había preferido su aburrida y monótona vida de madre y esposa a la aventura interminable que le ofrecías tú con tus excesos y extravagancias. Fue entonces que aprendiste a parecer feliz, por eso cuando le dijiste a Bere que estabas bien, ella te creyó, y llegó a la conclusión de que habías superado tu ruptura, si lo piensas bien, la culpa es de ella por andar creyendo cosas, por suponer, por asumir, como dicen por ahí, el problema son las expectativas, así que en realidad ella es la responsable de lo que pasó por esperar de ti más de lo que podías dar, se lo dijiste a Alina y ella te dijo que tenías razón y que te entendía y tú viste su fotografía y notaste cierta tristeza flaca en sus ojos y supiste que por eso es que te entendía, porque seguro que ella también había sufrido mucho, como tú.

Le contaste que unos días antes de conocer a Bere habías conseguido una pistola, que estabas decidido a matarte para que Renata viviera el resto de sus días sabiéndose culpable de tu muerte, nunca más dormiría en calma, la espiarían las pesadillas de tu cráneo destrozado, dejarías en tu escritorio una nota en la que explicarías, con lujo de detalles, lo que había pasado y luego dispararías, no sin antes enviar una copia de la nota a su marido y a Ernesto, para que supieran qué clase de basura era esa mujer, les dirías todo, incluso que Benjamín, su hijo más pequeño, era tuyo y no del enclenque que le había dado su apellido. Ya tenías todo listo cuando te invitaron aquella noche a festejar el cumple de Drusila y entonces conociste a Bere, pensándolo bien ella salvó tu vida, lástima que se haya enamorado, se hubieran divertido tanto sin esas bobadas. No debiste contarle eso a Alina, era muy pronto para una confesión tan íntima, pero es que te hacía sentir tan en confianza, además en su última respuesta ya había incluido el emoji de beso con corazón, era obvio que su vínculo se fortalecía.

Ella te preguntó si aún tenías la pistola en tu escritorio, le dijiste que sí, que Bere la había visto un día y se había espantado mucho, fue el mismo día que Renata le llamó para decirle que esa noche en el hotel habían cogido hasta que las piernas les dejaron de responder, le mandó fotos, un video y hasta una captura de pantalla de un mensaje de buenas noches que le enviaste cuando llegaste a tu casa antes de meterte a la cama con tu novia, el mensaje decía “Nunca dejé de amarte, buenas noches, amor mío” y finalizaba con el emoji de beso con corazón, ese tan íntimo. Bere entonces se volvió una maniática, y es que siempre te pasa, te involucras con mujeres tan intensas que rayan en el delirio, gritó y rompió cosas y su salchicha ladraba como bocina y ambos corrían por toda la casa ella recogiendo cosas y metiéndolas en una maleta, el animal siendo fastidioso; llegaron los dos a tu estudio, ella te enfrentó y tú mentiste, porque no querías lastimarla, pobrecita, ella era una buena mujer cuyo único pecado había sido hacerse ilusiones sabiendo que lo suyo no era en serio, nunca se lo dijiste así, pero se sobreentendía porque ella sabía que tú estabas enamorado de otra aunque le hayas dicho miles de veces que eso no era cierto y que ella estaba loca por celarte; las mujeres saben. Le pediste que se tranquilizara, pusiste tu mano en su boca y la tomaste con el otro brazo por el cuello para hacerla calmar, le dijiste que le darías algo para los nervios y abriste el cajón y ahí estaba la pistola, ella pensó que ibas a matarla, y es que ella siempre llegaba a las conclusiones más catastróficas; cayó de rodillas llorando la infeliz, y no pudiste negarlo más, le dijiste que amabas a Renata y que no querías volver a verla; que lo lamentabas, que se fuera pronto porque no tenía caso alargar más el mal rato, y ella se fue con la cara toda llena de mocos, el rímel todo corrido y el pelo todo desordenado; se veía tan poca cosa y tú entonces supiste que no podrías amar jamás a una mujer tan insignificante, pero igual te lamentaste porque no te gusta ver sufrir a los demás. Es muy incomodo cuando la gente llora y tú no sabes qué decir y quisieras tocarles la cabeza como a un perrito en la calle, y pensaste que ya no tendrías que ver al salchicha negro y te alegraste.

Ves que siempre me tocan locas, le dijiste a Alina y ella te dijo que sí, que te entendía y tú viste sus ojos de añil y las ondas de su pelo claro y supiste que te entendía, y ella te pidió que tomaras la pistola y que la pusieras en tu paladar y tú lo hiciste y toda la boca se te llenó de metal y tuviste frío y miedo, pero ella te dijo que pusieras tu dedo en el gatillo y miraste su fotografía y le hiciste caso porque tenía la tristeza flaca y te dijo que tiraras y no pudiste incumplir porque estabas tan cansado, y ella, Alina, era la única que te entendía.

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11 años

Supongo que con los años se me irán acabando las palabras, que me iré repitiendo y te diré las mismas cosas que te he dicho miles de veces, pero me parece inevitable, cada que le aumentas un añito a tu línea de tiempo, recordar cómo fue que supe que vendrías al mundo, el terror que me produjo imaginar que alguien dependería de mí, la incertidumbre de si sería capaz o no de criar a un niño, la emoción inconmensurable de saber que dentro de mí se formaba, como el prodigio más grande jamás conocido, el corazón de otro ser humano. No te puedo mentir, aún a veces siento ese miedo de cuando abrí el sobre y decía “Positivo”. Yo te amé desde ese instante, te amé con vértigo.

Luego, ya sabes, vinieron tiempos oscuros, la muerte me arrancó a mi madre y yo, en un acto de un egoísmo sin precedentes, me aferré a la idea de ti para no desfallecer de congoja. Dormí los siguientes tres meses con las manos sobre el vientre, rezando las únicas dos oraciones que conozco; una le ruega a un padre y la otra a una madre y yo esperaba, que ellos, en los que me enseñaron a creer cuando niña, de verdad existieran, y me escucharan. Nunca antes necesité creer más en Dios que cuando pedía con todas las fuerzas que ya me había devorado, que si se había llevado a mi madre ya no me quitara nada más, menos a ti; cuando no sentía que te movías, tenía pequeños ataques cardiacos, entonces me levantaba de la cama, golpeaba quedito mi panza, te hablaba, incluso llegué a saltar para obligar a tu pequeño cuerpecito a que se acomodara y así saber que estabas vivo, que estabas bien y que cada vez se acercaba más el momento de abrazarte.

Era un maremoto de ternura y desesperación, mientras tú, con la fortaleza que tuviste siempre, sobrevivías incluso a mi extenuada tristeza. Hoy recuerdo esos días como una película muda y en sepia, y me veo con los ojos todos llenos de muerte y las manos todas llenas de vida. Quizás nunca te lo había dicho, pero tú me salvaste, me mantuviste en pie cuando las rodillas ya no me sostenían, me obligaste a alimentarme, a cuidar mi salud, a salir de la cama a pisar hojas secas durante el otoño más pálido, a sonreír mientras decidía tu nombre, a cantar canciones de cuna por las noches, a mirar al cielo en busca de esperanza, a renacer cada mañana bajo el chorro de agua tibia de la regadera. Tú me salvaste cuando aún ni siquiera abrías los ojos, y así me has salvado de nuevo a cada estación en la que la vida se detiene y se vuelve abismo o tormenta, tú me has rescatado en cada aurora por los últimos once años.

De pronto me doy cuenta de que ya eres un hombrecito, espigadito y correoso, que toma decisiones y adquiere sus propios gustos, que camina de prisa con ansias de conocer el mundo, que se hace preguntas y entiende más del mecanismo de la existencia que la mayoría de los adultos. Te has convertido en un muchachito espléndido, brillante y dulce y a mí se me endereza la espalda de orgullo de saber que tal vez yo he tenido algo que ver en eso. No ha habido un sólo día desde hace once años que no me sienta la mujer más afortunada del mundo por tener el regalo de ser tu madre.

Hoy vengo a felicitarte, ya habrá tiempo después para pedirte perdón, para decirte que sé que me he equivocado mucho, que el miedo me ha paralizado, que te he mentido porque no he sabido la verdad, que a veces estoy tan triste que sólo puedo llorar, que a veces, cuando ya no puedo ni llorar, grito y que si pudiera regresar el tiempo, haría muchas cosas de otra manera. Ya habrá tiempo de explicarte mis razones, mis miedos, mis pesadillas. Quizás después te pida perdón y quizás me perdones, pero hoy, vengo a celebrar tu vida, que es, sin duda, lo más hermoso que hay en la mía.

Feliz cumpleaños, mi amor.

Te ama con vértigo desde hace 11 años: tu mamá.

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40 años

Cuando era niña, una mujer de cuarenta me parecía viejísima. En mi mente, desde la malvada bruja de Blancanieves en su versión anciana repartidora de fruta envenenada, hasta la abuelita a la que Cri-Cri le pedía el llavero para andar de chismoso en su ropero, debían tener “como cuarenta” y, a decir verdad, cuando la gente me preguntaba lo que quería ser de grande, pensaba en cuando tuviera dieciocho, porque la pregunta era “cuando fuera grande”, no grandísisisisisisima. En fin, que hoy ya en el cuarto piso y convertida en la celebérrima (gracias a Ricardo Arjona) señora de las cuatro décadas, no me siento ni de cerca una bruja jorobada llena de arrugas, no tengo ninguna intención de envenenar princesas veinteañeras, aún no uso bastón y me pinto las canas porque como dijo Albert Camus: Antes muerta que sencilla.

Hoy es un buen día para reconocer mi pasado, agradecerle a la vida que de tantos recelos me haya dejado desnuda para andar por la ruta con la paz de una nuez y buscando explicaciones como quien busca el calcetín que perdió en la lavadora y que sabe que nunca aparecerá, con desgana, sin demasiada esperanza, pero sin tregua.

Cada tanto me doy cuenta que me cuesta más despertar por las mañanas, que antes de la primera taza de café no tengo capacidad humana alguna y que despunto cada día con más dolor en la cintura y en las rodillas, sobre todo en la derecha. Me preocupa, pero no tanto como para ir al médico. Sé que escribo en un afán de descubrir que he hecho algo que valga la pena contar, y para llorar mientras lo hago, pues con los años he descubierto mi incapacidad de librar la congoja y de hablar de lo que siento, por lo menos con la voz.

Hace un par de años que vivo despeinada y es quizás una de las mejores providencias que he tomado; desde entonces tengo bastante peinada la existencia y la sonrisa. Antes de eso casi todas mis alegrías fueron tragadas por el tiempo, algunas fueron borradas por completo e intento reconstruirlas entre cuentos familiares y fotografías amarillentas, pero sé que en otros tiempos también fui feliz, aunque cuando miro al pasado casi siempre lo que abrigo es melancolía y desamparo. Recuerdo que me abrí las rodillas varias veces y el corazón otras tantas, que pasé casi toda mi niñez pidiéndole a mis hermanos o a mi madre que jugaran conmigo, que jugaron casi siempre, que la mitad del día tenía miedo de lo que pasaría la otra mitad, que desde pequeña aprendí que la muerte se lo lleva todo; empezó por llevarse a mi perro, luego a otro, y cuando llegaba uno nuevo intentaba con todas mis fuerzas no amarlo, pero siempre fracasaba y el perro entonces se moría y otra vez me dolían todos los dolores del mundo y me quería perder en una isla inhóspita y no amar a nada ni a nadie de nuevo para no volver a sentir que me asfixiaba de desconsuelo. Así se murieron Bingo, Bolo, Preciosa, Tacita, Manchas, Bigotes, Sisí, Pelos, Grandote, Dado y muchos otros de los que no recuerdo ni su nombre; hasta que un día se murió mi madre y entonces supe que eso a lo que yo había llamado sufrimiento no era más que una milésima de parte de lo que el verdadero sufrimiento es. Esas cosas para las que no estaba preparada a los cinco, ni a los quince, tampoco a los treinta y llegué sin estar preparada a los cuarenta, porque nunca se es demasiado viejo para aprender a lidiar con la muerte.

Ojalá tuviera una cuenta exacta de cuántas velas he encendido en un apagón, cuántas veces fui con mi madre al parque, las conchitas que recogí en la playa, las ocasiones que crucé el pasamanos, las fuentes a las que lancé monedas, las resbaladillas por las que me escurrí, los helados de limón que me comí, las veces que lloré hasta quedarme dormida, las cartas que escribí que no tuvieron respuesta, las estrellas que me siguieron cada vez que viajé de noche en carretera. Pero no tengo un recuento, ni una caja de recuerdos, ni los boletos de los conciertos a los que he asistido. Tengo dos hermanos tan huérfanos como yo que me aman a pesar de mí misma, que me han cuidado siempre y con los que puedo, de vez en cuando, sentirme niña otra vez. Tengo cajas repletas de los libros que con sus historias me han salvado de la mía, un hijo que me mira y cree que todo lo sé, que me hace sentir viva, que se recuesta en mi vientre y todo lo hace milagro, que desde hace diez años con el simple hecho de reír me da motivos para seguir adelante, para luchar contra gigantes y sacar a diario la espada de la piedra, él sonríe y el mundo se vuelve un lugar en el que vale la pena vivir. Tengo amigas que se cortarían una mano para dármela, una ventana que no da a ninguna parte, pero que sirve para saber que la claustrofobia no va a matarme, los ojos con arrugas que me gusta pensar que son de reír y cicatrices que no sirven más que para hacerme saber que para volar tienes que aprender a esquivar las montañas.

Tengo las pestañas siempre un poco húmedas, el rímel siempre un poco corrido, los ojos siempre un poco hinchados. Tengo una lista de fracasos amorosos, dos novelas sin terminar, he perdido un par de muelas, pero todavía tengo muchas ganas de comer manzanas a mordidas. Tengo siempre un poco de nostalgia tras las orejas como perfume y la costumbre de caminar mirando al cielo como buscando algo. Tengo una lista de las veces en las que me rendí uno metros antes de la meta, otras en las que renuncié y muchas en las que preferí volver sin mirar atrás. Tengo la manía de pensar que siempre habrá tiempo después, para lo que sea.

Tengo un amor fresco que pone flores en el florero, que me construyó un hogar como el de mis sueños, con todo y el perro. Que me despierta en las mañanas con un beso y no deja que lo venza el sueño sin darme las buenas noches, que me arrebata y me hace pensar que el futuro viene claro, no importa cuántas temporadas de huracanes tenga que librar; que me mira de reojo mientras leo y sonríe un poco y cree que no lo veo y yo también sonrío un poco y creo que no me ve. Y es que desde que él me ama, los precipicios se disfrazaron de escalón y yo siento que todo lo puedo y que si no puedo es porque no me ha dado por intentarlo. Despierto enamorada como adolescente del hombre que cuelga sus camisas junto mis pantalones en el clóset, que hace unos meses, supongo que en un ataque de locura decidió pedirme que me casara con él, y yo, en un ataque clarísimo de perspicacia, decidí decirle que sí; un hombre que convirtió mi pasado en la biblioteca de Alejandría y a mí en una pirómana desquiciada. Que me hace hermosa con sólo mirarme, brillante con sólo escucharme, sensible de sólo tocarme e invencible de sólo amarme. Lo miro y todas mis jodidas fantasías pareces hormiguitas; lo tengo a él y entonces nada me falta y lo único que quiero en la vida es verlo reír y en la incertidumbre de mis días a su lado, sólo aspiro a la certeza de despertar junto a él.

Tengo un montón de historias por contar, otro montón por rescribir, tengo una colina de libros por leer, una caja de colores para pintarle un mundo nuevo a mi hijo a cada día, tengo una lista de planes en una hoja suelta que seguro voy a perder, una bolsa de cables que no sé de qué aparato son, miedos añejos que se ponen más grandes cuando hace mucho frío. Tengo más lunares que hace un año y menos ganas de volver a los sitios en los que fui feliz, tengo promesas que juegan a las escondidillas y cada día me importa menos si se acumula el polvo en las repisas. Tengo besos anclados en mi infancia y muchos museos por recorrer, tengo apenas un comienzo en un sobre sin remitente, media primavera, poemas atiborrados de jacarandas y adioses, tengo un cuaderno a rayas y una pluma de cinco pesos, tengo por riqueza mis ruinas y mis daños … tengo 40 años y, por suerte, todavía no aprendo a vivir.

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Un regalo de cumpleaños

Quiero regalarte todo eso que no se puede comprar; la paz de los atardeceres, las noches de sueño corrido sin preocupaciones, los despertares llenos de ilusión y motivos, el aroma del café recién molido, el petricor y las lunas crecientes.

No quiero que pase tu cumpleaños sin darte algo que te haga saber que quisiera dártelo todo, así que intenté capturar el vuelo de un colibrí, el rocío de la bugambilia, tus mejores recuerdos, tu sonrisa al ver a tu madre, el orgullo de tu mirada al hablar de tu padre, el doble arcoíris que cubrió antier la ciudad y la estela de una lágrima de alegría; quise envolver el sonido de los hielos bailando en un vaso de whisky, la melodía de tus pasos al cruzar la estancia y el calor de una caricia tras un largo día de trabajo, pero no pude, todos mis intentos fueron inservibles, se me escaparon los obsequios y las horas.

Pensé entonces en darte uno de mis rizos para que pensaras en mí si algún día tienes miedo y no estoy cerca para abrazarte, o guardar en una cajita dos semillas de mostaza para recordarte que la fe todo lo puede y que juntos somos invencibles, incluso se me ocurrió arrancarme una mano y regalártela, no porque te pueda servir de algo, sino para que tuvieras la certeza de que soy capaz de hacerlo para verte feliz.

Qué se le regala al hombre que se puso de rodillas para pedirte que pasaras el resto de tu vida a su lado, al que te mira leer desde lejos, al que te construye un hogar todos los días y te da motivos para sonreír, al que lo ha llenado todo de colores y ha indultado a todas las margaritas, a aquel que te salva de ti misma cada tarde, al que va sembrando girasoles con sus pasos, al que es capaz de pasar la noche entera sin dormir para velar tu sueño, al que te mantiene de pie cuando al mundo le da por caerse a pedazos, al que se empeña en enamorarte cada día como la primera vez, besa tus caprichos y sabe cómo tomas el café y que a veces, aunque no quieras, la vida te duele demasiado.

Mi última tentativa es regalarte mi cofre del tesoro; en él hay un pedazo de ladrillo que guardé desde pequeña, pensando que con él iba a construir una casa, y sería un hogar de esos en los que nadie abandona, no hay monstruos que gritan por las madrugadas, ni puertas que se azotan, un hogar de techos altos y muchas ventanas en el que no tendría miedo de asfixiarme. Hoy tú eres mi casa y mi ladrillo te pertenece. También tiene dos conchitas y dos caracoles, un pañuelo color lavanda, un frasco vacío de perfume, unos pequeños suecos de porcelana con unos molinos azules, una campana de plata y un llavero de la Torre Eiffel que de niña me hizo viajar a la ciudad de la luz miles de veces, una fotografía con las orillas dobladas, una plumilla de guitarra y un rosario que huele a rosas; todas esas son cosas inútiles pero que un día me ayudaron a tener algo a qué aferrarme, ya no las necesito, como no necesito casi nada, pero un día lo fueron todo y me salvaron del cataclismo, el frío, la orfandad y la intemperie. Ahora te tengo a ti y no requiero asirme a nada, por eso te la entrego, sé que nada en ella tiene ningún valor, pero no encontré otra forma de decirte que, desde que sé que existes, ya no necesito guardar ningún tesoro.

Te amo de una forma indecible. Feliz cumpleaños.

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¿Qué nos separa de la eternidad?

Nos separa un géiser de pasados que eructa columnas de vapor y agua caliente

por todas las ocasiones que amamos hasta el mareo y no fuimos bastante,

por cada vez que pudieron elegirnos, pero no nos eligieron,

por los que no se quedaron y dejaron ausencias detrás del vidrio.

 

Nos separan las palabras no dichas escondidas en el centro de la tierra,

las noches de llorar hasta lavar las letras de nuestro nombre,

las promesas convertidas en cadáveres flotando en el río,

las mentiras dichas cara a cara, todas las veces que sucumbimos a la borrasca,

los besos nuestros vaciados en otra boca.

 

Nos separan las patas de las moscas, la arena de los empedrados y una silla,

las torres de naipes y fracasos, el alfeizar de caracolas que nos protegió del sol,

las heridas que le hicimos a quien lamió las nuestras,

todas las veces que mordimos la mano que nos dio de comer

y las historias que descuartizamos ante la máquina de escribir.

 

Por eso es tan difícil buscar más tréboles de cuatro hojas,

porque sabemos que hemos desperdiciado la suerte y la magia,

que hemos cometido el pecado de devaluar la felicidad.

Humo y claraboya, frenesí y derroche.

Nos sabemos hechos de tinta, aserrín y barro.

 

Hoy amanece en el umbral, donde todo es nuevo y huele a lavanda.

Estoy curiosa y atenta como un cachorro que recién pisa el prado,

doy saltitos de júbilo y todo me sorprende como si no tuviera la sangre vieja.

Cualquier dolor rancio tiene sentido,

mis pérdidas son el hacha con la que hice camino hasta la vereda de tu risa de fresa.

 

Y me conmuevo con la dulzura de tus caricias, con la inocencia de tus planes,

con la terquedad de tus ganas de amarme.

Somos la ola nueva en un mar de agua de todas las épocas,

me alegro de tu existencia, de tu risa,

y de que llenes el florero de girasoles, rosas, lirios, dalias y hortensias.

 

No importa cuántos dolores haya reunido,

no han sido tantos como para no dejarme ver el milagro

de que mi cabellera de aire desvelado complete tu costado,

no han sido tantos como para no darme cuenta que al hallarte, todo he hallado.