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Un regalo de cumpleaños

Quiero regalarte todo eso que no se puede comprar; la paz de los atardeceres, las noches de sueño corrido sin preocupaciones, los despertares llenos de ilusión y motivos, el aroma del café recién molido, el petricor y las lunas crecientes.

No quiero que pase tu cumpleaños sin darte algo que te haga saber que quisiera dártelo todo, así que intenté capturar el vuelo de un colibrí, el rocío de la bugambilia, tus mejores recuerdos, tu sonrisa al ver a tu madre, el orgullo de tu mirada al hablar de tu padre, el doble arcoíris que cubrió antier la ciudad y la estela de una lágrima de alegría; quise envolver el sonido de los hielos bailando en un vaso de whisky, la melodía de tus pasos al cruzar la estancia y el calor de una caricia tras un largo día de trabajo, pero no pude, todos mis intentos fueron inservibles, se me escaparon los obsequios y las horas.

Pensé entonces en darte uno de mis rizos para que pensaras en mí si algún día tienes miedo y no estoy cerca para abrazarte, o guardar en una cajita dos semillas de mostaza para recordarte que la fe todo lo puede y que juntos somos invencibles, incluso se me ocurrió arrancarme una mano y regalártela, no porque te pueda servir de algo, sino para que tuvieras la certeza de que soy capaz de hacerlo para verte feliz.

Qué se le regala al hombre que se puso de rodillas para pedirte que pasaras el resto de tu vida a su lado, al que te mira leer desde lejos, al que te construye un hogar todos los días y te da motivos para sonreír, al que lo ha llenado todo de colores y ha indultado a todas las margaritas, a aquel que te salva de ti misma cada tarde, al que va sembrando girasoles con sus pasos, al que es capaz de pasar la noche entera sin dormir para velar tu sueño, al que te mantiene de pie cuando al mundo le da por caerse a pedazos, al que se empeña en enamorarte cada día como la primera vez, besa tus caprichos y sabe cómo tomas el café y que a veces, aunque no quieras, la vida te duele demasiado.

Mi última tentativa es regalarte mi cofre del tesoro; en él hay un pedazo de ladrillo que guardé desde pequeña, pensando que con él iba a construir una casa, y sería un hogar de esos en los que nadie abandona, no hay monstruos que gritan por las madrugadas, ni puertas que se azotan, un hogar de techos altos y muchas ventanas en el que no tendría miedo de asfixiarme. Hoy tú eres mi casa y mi ladrillo te pertenece. También tiene dos conchitas y dos caracoles, un pañuelo color lavanda, un frasco vacío de perfume, unos pequeños suecos de porcelana con unos molinos azules, una campana de plata y un llavero de la Torre Eiffel que de niña me hizo viajar a la ciudad de la luz miles de veces, una fotografía con las orillas dobladas, una plumilla de guitarra y un rosario que huele a rosas; todas esas son cosas inútiles pero que un día me ayudaron a tener algo a qué aferrarme, ya no las necesito, como no necesito casi nada, pero un día lo fueron todo y me salvaron del cataclismo, el frío, la orfandad y la intemperie. Ahora te tengo a ti y no requiero asirme a nada, por eso te la entrego, sé que nada en ella tiene ningún valor, pero no encontré otra forma de decirte que, desde que sé que existes, ya no necesito guardar ningún tesoro.

Te amo de una forma indecible. Feliz cumpleaños.

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¿Qué nos separa de la eternidad?

Nos separa un géiser de pasados que eructa columnas de vapor y agua caliente

por todas las ocasiones que amamos hasta el mareo y no fuimos bastante,

por cada vez que pudieron elegirnos, pero no nos eligieron,

por los que no se quedaron y dejaron ausencias detrás del vidrio.

 

Nos separan las palabras no dichas escondidas en el centro de la tierra,

las noches de llorar hasta lavar las letras de nuestro nombre,

las promesas convertidas en cadáveres flotando en el río,

las mentiras dichas cara a cara, todas las veces que sucumbimos a la borrasca,

los besos nuestros vaciados en otra boca.

 

Nos separan las patas de las moscas, la arena de los empedrados y una silla,

las torres de naipes y fracasos, el alfeizar de caracolas que nos protegió del sol,

las heridas que le hicimos a quien lamió las nuestras,

todas las veces que mordimos la mano que nos dio de comer

y las historias que descuartizamos ante la máquina de escribir.

 

Por eso es tan difícil buscar más tréboles de cuatro hojas,

porque sabemos que hemos desperdiciado la suerte y la magia,

que hemos cometido el pecado de devaluar la felicidad.

Humo y claraboya, frenesí y derroche.

Nos sabemos hechos de tinta, aserrín y barro.

 

Hoy amanece en el umbral, donde todo es nuevo y huele a lavanda.

Estoy curiosa y atenta como un cachorro que recién pisa el prado,

doy saltitos de júbilo y todo me sorprende como si no tuviera la sangre vieja.

Cualquier dolor rancio tiene sentido,

mis pérdidas son el hacha con la que hice camino hasta la vereda de tu risa de fresa.

 

Y me conmuevo con la dulzura de tus caricias, con la inocencia de tus planes,

con la terquedad de tus ganas de amarme.

Somos la ola nueva en un mar de agua de todas las épocas,

me alegro de tu existencia, de tu risa,

y de que llenes el florero de girasoles, rosas, lirios, dalias y hortensias.

 

No importa cuántos dolores haya reunido,

no han sido tantos como para no dejarme ver el milagro

de que mi cabellera de aire desvelado complete tu costado,

no han sido tantos como para no darme cuenta que al hallarte, todo he hallado.

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La moneda de la suerte

Muy a menudo la verdadera historia comienza después del fundido a negro, cuando tras la ficción, la verdad se presenta valiente y sin trucos tontos. Esta es una historia de esas que, como muchas otras, empieza cuando se apagan las luces y baja el telón.

Ella se llamaba Beatriz y era una mujer que había sobrevivido gracias a que sabía creer en las mentiras. Había amado y eso le parecía suficiente para andar por las calles con la barbilla alzada y los pasos firmes, tenía tantos miedos como pecas en la espalda y solía irse siempre para siempre. Era amante de un hombre al que ella le decía Horacio, pero que se llamaba Patricio y que nunca iba a dejar a su mujer, por más que la aborreciera.

A Beatriz poco le importaba que aquel hombre fuera casado, para ella, que él llegara con sed cuando iba vestida de agua era suficiente. Al fin y al cabo, no quería hacer planes a futuro y la incertidumbre de lo prohibido la hacía sentir completa, el sexo era como aire caliente, como una vida extra descubierta con un truco sorpresa casi al final de un videojuego.

Esa tarde había mucho viento, las cortinas se movían escandalosas por sobre la ventana que anunciaba la anochecida, se fundían los naranjas con el humo de su cigarro mientras ella, recostada en las piernas de Patricio, pensaba que era muy estúpido fingirle orgasmos a un hombre al que poco le importaba si ella tenía uno o no. Él roncaba y ella se sentía agradecida por eso, ya que cuando dormía sin roncar parecía muerto y qué demonios iba a hacer ella con un cadáver de 90 kilos y una argolla de matrimonio. Pensaba que era lindo tener con quién pasar los domingos en cama y que era una suerte que la esposa de Patricio hubiera salido de viaje a un evento familiar y, sobre todo, que él no hubiera podido acompañarla. Pensaba también que debía retocarse el barniz de las uñas de los pies, que ya casi no había cereal de fibra y que estaba harta del nudo que llevaba en la garganta desde mediados del año anterior, que necesitaba llorar o gritar o morirse, pero que no daba más. Pensaba en que el cielo en ese momento era del mismo color de aquel sembradío de calabazas al que había ido cuando era joven, en Halfmoon Bay, y pensaba en Daniel, el hombre que le había sembrado el nudo en donde debería llevar un collar de diamantes, aquel que le había enseñado que el amor podía fingirse, igual que los orgasmos, aquel que apagó las luces y cerró el telón de una obra sin público ni aplausos.

Patricio dejó de roncar y empezó a moverse, se estiró como un gato bajo el sol y abrió los ojos. Se veía tan tranquilo, no parecía ser un hombre despertando en la cama de una mujer que no era la suya y que no lo sería nunca. Beatriz se levantó de la cama y le preguntó si quería un café; procedió a prepararlo sin esperar la respuesta, ella sabía que sí. Dos cucharadas grandes porque a él le gustaba el café cargado; llevaba más de 16 meses preparándole el café, haciéndole el amor y acomodándole el cuello de la camisa una o dos veces por semana. En general no se necesita más que eso para saber que una conoce a la perfección a un hombre. Puso la taza en el buró y le encendió un cigarrillo, él le besó el hombro a manera de agradecimiento.

El último trago de café anunció la hora de irse, ella lo acompañó a su coche, antes de subir, Patricio se agachó para amarrarse las agujetas de los tenis y encontró una moneda de 10 pesos en el suelo, se la dio a Beatriz y le dijo que era de buena suerte encontrarse dinero en la calle. Ella la guardó en el bolsillo de su chamarra y le dijo que no necesitaba suerte, que lo tenía a él. Unos días después gastó la moneda en un mazapán y no volvió a verlo jamás, quizás esa sí fue la moneda de la buena suerte. El nudo, ese siguió invulnerable.

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Tres promesas

La mínima anécdota puede sostener la poeticidad de un texto, cualquier yo errante que viaje por el mundo es buen pretexto para desplegar el discurso lírico, y sin embargo, hay pocas imágenes tan asfixiantes como para convertirse en poesía de la que no cede. Eso que te hace saber que no llegará el día en el que despiertes y pienses que ya no hay nada más que averiguar, por eso quiero despertar a tu lado toda la vida, contigo y con los millares de preguntas que emanan de tus ojos de almíbar.

Esto de escribir no es más que un recurso para soportar los extravíos. Usar las palabras para intentar hacerle saber a otro que le amas es un lujo que nos podemos dar sólo aquellos que sabemos lidiar con las incongruencias del espíritu. Entonces pienso que debo escribir a diario, que debo regresar una y otra vez al origen de la dicha y llenar diez veces diez las libretas con palabras apacibles y aterciopeladas, incluso cuando el amor se me llene de lujuria. Que debería derramarme en endecasílabos intentando que tengas la fe de que no podría amarte más. Otorgar a este cariño la condición de trascendente y decirte que cuando tomas mi mano me das el sinsentido más coherente y me vuelvo Bécquer definiendo a la poesía y con tus labios me deleito.

Hurgué en mi pasado para tejerte un suéter con todas mis tristezas, esas que hacen que pase casi todo el día riendo y llore siempre un poco antes de dormir, cuando las sombras empiezan a difuminar los colores y borran las líneas que separan a nuestros cuerpos desnudos.

Yo siempre te invito a mis piernas que no han tenido que correr tras de ti, pero lo harían; te invito para que te quedes, para que nunca tengas frio, ni perturbación, ni te sepa la boca a añeja soledad. Yo siempre te invito a mis pechos que son tu templo y tu espejo; te invito para que anides y te abandones, para que no tengas miedo de las cavilaciones de tu sangre. Yo siempre te invito a mi pelo que es tu marea y tu acantilado, tu duna, tu torbellino, tu ciclón, tu batalla campal, tu tornado y tu hojarasca; te invito para que revolotees y entre el fuego me dibujes libélulas con tus besos, para enseñarte la eterna belleza del ónix y la delicadeza del carbón que enciende arrojos perdurables.

Hoy no tengo más elocuencia que la de no querer dejar de verte por un solo día, y es que yo sabía dormir sola hasta que me enseñaste a dormir contigo y ahora no tengo más reclamo que el de jugar a ganarlo todo en tu capullo misterioso.

Quemé los mapas y me dibujé con su ceniza tus iniciales en los muslos, tú que me volviste sosiego nocturno y ataste tu aliento a mi destino con una sortija en mi dedo, tú que me arrojas en tu alegría, grácil fiera y me llenas de belleza y entonces somos la delicia y el tiempo hasta la alborada.

Nunca antes había sido tan feliz, ahora vivo mordisqueando las distancias, queriendo quedarme con tu pulso cuando te marchas, guardando restos de besos usados de dos en dos en un cajón, sembrando inquietudes, trenzando estrellas en mi pelo, susurrando lunas y aprendiendo a hablar con las manos para poder decir que te amo, aunque me quede sin voz. Para adorarte incinerada de deseo, blasfemando, ser ambrosía y fruta madura, y morir y renacer en una balada, revolcarme en tus gemidos de mar, nácar y rosas.

Esta mañana desperté bajo tus alas y supe que era ahí donde quiero morir, que quiero saltar al vacío de nuevo en tus contratos, que tengo tres promesas tropezando una con otra: que tu nombre siempre me anestesiará los miedos y me calmará la sed, que nuestras sábanas estarán siempre llenas de comienzos y azucenas y que, cuando llegue la noche, a media luz, aunque esté fatigada, afligida o disgustada, te leeré a Verlaine o a Baudelaire.

 

 

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El pábulo de mis poemas

Somos el tejido de todas esas palabras que nos hemos pronunciado y los dos sabemos que no hay peor falacia que aquella de que a las palabras se las lleva el viento. Las palabras nos nombran, nos construyen o nos destrozan y se quedan para siempre en el ir y venir de la resaca.

Voy a decirte que, aunque apenas hace un año que te vi por primera vez, yo ya te conocía, te había visto en todos los libros que había leído, en todos los atardeceres y en todas las miradas que antes de ti también tenían el color de tus ojos, en las miles de conchitas que recogí en el mar cuando era niña, en los colibríes que se detuvieron en mi higuera, en cada diente de león al que le soplé pidiéndote. Por eso te digo que aquella noche no te conocí; te reconocí. Recordé aquella tarde que me senté debajo del eucalipto a leer a Borges y sentí que todo estaría bien, igual que aquella noche cuando tomaste mi mano y me curaste el mundo.

Hoy te escribo porque tal vez un día no seamos tan felices como hoy, no nos tengamos tanta paciencia, no nos deseemos a todas horas. Porque a lo mejor un día no querrás verme, ni escucharme, ni siquiera decir mi nombre, no sé, pero pude ser que te canse el sabor de mis labios y mi piel te parezca demasiado blanca, puede ser que un día se nos levante la voz y nos llenemos de heridas nuevas, cabe la posibilidad de que en el futuro todo aquello que te parecía encantador de mí sea una pesadilla y me moleste la forma que tienes de tomarme por las muñecas cuando dormimos y que hoy me fascina. Para que el día que alguna de esas cosas pase sin que podamos remediarlo; recuerdes que tú eres el pábulo de mis poemas.

Siempre he leído de prisa, con esta sensación de que la vida no va a alcanzarme para leer todo lo que quisiera, ahora igual quiero besarte, con prisa, porque tengo la certeza de que no va a alcanzarme la vida para besarte todo lo que deseo.

Quisiera ser como Hemingway, Flaubert, Wilde y Balzac que escribieron las más dulces y apasionadas cartas de amor a sus musas, pero cuando me miras y me salvas de todo apenas alcanzo a pronunciar un deslucido “teamo”. Te escribo porque es lo que sé hacer, porque soy mis palabras y lo que ellas dicen, porque creo que lo que siento cabe en la capital del lenguaje.

Contigo me he vuelto impaciente, también poderosa, tierna, fausta y valiente. Hace un año lo supe como se saben las cosas importantes, como se sabe que ha amanecido, que hace frío, que hoy es dos de noviembre, que no todos los horizontes son para caminar.

Guardo flores en los libros que dejo en tu casa para que, si llega el día en el que olvidemos por qué nos amamos, puedas abrir mis libros y ver tus flores y saber que nos amamos porque juntos somos mejores.

 

Te amo y me gusta amarte. Feliz aniversario.

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Variaciones sobre la desdicha

                                     “Sin el suicidio la vida sería,

en mi opinión, verdaderamente insoportable.

No necesitamos matarnos. Necesitamos saber que podemos matarnos”. 
Emil Ciorán

Ese martes despertó tan enojada que ya no pudo negociar con la vida. Se había quedado sin fichas, anoche hurgó en su bolsa de piel magenta, se llenó las uñas de restos de tabaco y crema de manos mientras pensaba en que Luis le dijo que la bolsa era rosa; Luis era un idiota, no sólo porque no sabía distinguir el rosado del magenta, sino porque nunca se dio cuenta de que hubiera podido salvarla.

Las decisiones más difíciles de la vida se vuelven sencillísimas cuando ya no tienes nada que perder, ni nada que apostar. Estaba enojada con su padre, no por no haberla querido, sino porque ni siquiera le dio la oportunidad de decepcionarlo, lo hubiera hecho, seguro. Estaba enojada con la genética por parecérsele tanto a ese hombre del que no recordaba ni el tono de voz. Nunca la abrazó, nunca le dijo que la quería, nunca la vio bailar en los recitales, no la enseñó a lanzar la pelota, ni supo que se convirtió en una mujer que siempre estaba lista para ser abandonada.

Odiaba a Alejandro, el primer amor de su vida, por haber llegado demasiado pronto, por haberle enseñado lo poco atractivo puede lucir el tipo más guapo cuando está celoso. Lo aborrecía por haber elegido cambiar su motocicleta por un auto familiar porque pensó que eso era lo que una mujer esperaba del hombre con el que se casaría, porque el imbécil pensó que ella querría casarse con él a los 19 años en vez de enseñarle a qué saben las caricias en lugares públicos y la velocidad insensata en las carreteras. Un día él llegó con un ramo de alelís y un anillo de compromiso en un Chevy dorado en vez de llegar con una rosa de crucero en una motocicleta japonesa y con una promesa de aventuras inquietantes.

La vida es tan frágil, la gente sale una mañana de su casa y es atropellada por un camión en la esquina, destrozada en un choque provocado por un conductor neurótico o borracho, les vacían los sesos con una bala escupida por la pistola de un asaltante novato y drogado en una calle sin luminaria suficiente o se tropieza con una coladera abierta, incluso hay quien muere porque se le fue chueco un pedazo de sándwich, pero Serena seguía viva porque ningún camión o sándwich a medio deglutir habían tenido piedad de ella.

Morirse no es tan fácil como parece. Cabe la aclaración de que Serena no era una suicida, porque querer morirse y querer matarse no son la misma cosa.

Ella se lo estaba dejando a la suerte, pero la suerte la había abandonado manteniéndola viva, total y definitivamente viva.

“Soy sólo un personaje literario con un pasado medianamente trágico y sin lo necesario para ser entrañable” escribió una y otra vez en su libreta hasta que su bolígrafo quedó seco. No se lanzaría de un puente porque no quería que su última sensación fuera el vértigo; tal vez tome cianuro con Whisky como lo hizo Lugones y su cerebro, como el del poeta, se pare para siempre.  Ella no era una mujer deprimida; era más bien lo que se dice una romántica desamorada que había caído en el pozo de la desesperación y que se había preguntado sobradas veces cuáles serían los efectos secundarios de su muerte; pensaba que Safo, la primera poeta, se había suicidado lanzándose al mar, pero que ella estaba muy lejos del mar,  y que el joven Werther sabía lo que era morir de amor, pero Goethe y su pluma no le han prestado a Serena un arma homicida.

Podría matarse por amor o por odio, pero tenia que decidirlo porque tampoco se puede uno matar por cualquier motivo, tendría que ser por amor, porque odiar a Luis por no distinguir el magenta del rosa, ni la desdicha de un berrinche, parecía ahora muy estúpido, tan estúpido como Luis y su discurso de que la decepción nace de las expectativas.

Sí, todos los sabemos y hemos sido testigos de la imposibilidad de provocar amor. Nada de lo que hagas o digas hará que quien ha dejado de amarte cambie de opinión y, sin embargo, también todos nos hemos convertido en esos despreciables seres que lloran, ruegan e imploran al otro que no se vaya, que no nos deje sin saber cómo morir.

Cierto es que nunca se sintió del todo feliz, pero estaba segura de estar enamorada porque cuando aquel hombre, sí, el mentecato que no sabe nada de colores, le dijo que necesitaba tiempo, ella sintió cómo el cosmos se desequilibró, eso no podía ser otra cosa que un sublime, glorioso y perpetuo amor verdadero. Apenas hace unos días todo estaba bien, en esa medianía constante, con esa tibieza de los que aguardan que un día suceda algo extraordinario que sea digno de contar, o de escribir. Y de pronto, de la nada, porque así son esas cosas del sentir, de una taza de café a la siguiente todo se va al traste y uno se queda desorientado y malherido. Nunca iba a perdonarle aquella osadía de dejar de necesitarla.

Apagó la televisión, desconectó todos los aparatos eléctricos de su casa, dejó sobre la barra de la cocina un sobre con sus documentos importantes y un post-it naranja fosforescente que decía: “Aquí está lo necesario para que las cosas sucedan rápido y sin tanto problema. PD. Te culpo de todo”.

Al abrir la puerta para salir a su destino y no volver nunca, para escapar, por fin, de esta condena de abrigar anhelos, sus ojos tropezaron con un ramo de tulipanes aferrados a las manos tembleques de Luis que sólo acertó a decir: La vendedora me dijo que eran magenta; una mezcla entre rojo subido y violeta… como tu bolso.

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Vengo a matarte

Discúlpame; vengo a matarte. Te juro que pensé dejarte vivir; creí que con el paso del tiempo te convertirías en una fractura que sólo dolería cuando hiciera frío y que, a la llegada de un nuevo amor, serías, acaso, como un grifo goteando, pero no fue así, tu nombre sigue retumbando entre mis cejas y mi nuca con un eco inmarcesible, aunque intermitente. De vez en cuando, un golpe de viento y de hubieras irrumpe por la claraboya y lo llena todo de un aire viscoso que no me deja respirar. Lo que fuimos es el desmayo y el yugo, un puntapié en el vientre, el vacío que dejaron las orquídeas.

Con la cosecha y la distancia lo único que ha perdurado es la traición, todo lo demás se ha diluido en los escasos pretextos que ahorré. No me mires así, hace tiempo que dejé de sentir lástima por ti, en realidad fue por eso que renuncié a intentar condenarte, porque a cada ensayo te veía más pequeño, mas infeliz, mas insignificante. Te aseguro que hubo noches que hasta recé por ti pensando que Judas, por lo menos, había ganado unas monedas.

Esta mañana lo supe mientras le daba vueltas al café, fueron 56 vueltas para diluir una sola cucharada de azúcar y todas las razones por las que debería darte el indulto. Antes de matarte pensé en venir a disfrutar un poco de tu miseria; mirarte a los ojos que debí haberte sacado cuando pude, tomarte las manos que debí haberte cortado cuando aun servían para acariciar. Si quieres decir algo, dilo. No porque nada de lo que apuntes pueda cambiar mi decisión, sino porque quisiera escuchar tu voz llena de miedo y suplicante. Me lo merezco después de tantas noches de ahogar la mía en vino barato.

Te traje el perdón que nunca pediste, me ha costado una eternidad construir uno que de algo pueda servirte antes de morir. Lo entretejí con todos los minutos que pensé que pude haber hecho las cosas diferente y que tú, de cualquier forma, hubieras hecho la misma chingadera. El problema fue que recorrimos el camino equivocado, quisimos ser adultos civilizados, y el fin del amor no puede ser civilizado, los quebrantados deben ser rebeldes, irrespetuosos, irreverentes, niños berrinchudos.

Siempre pensé que, de matarte, lo haría primero en el papel, pero apenas anoche descubrí que lo único que valía la pena conservar de ti era el personaje en el que te convertiste y que él no tenía la culpa de haber sido inspirado en un infeliz. Así que lo salvé del suicidio por depresión que había planeado para él y oré porque amaneciera pronto para venir a buscarte.

Pasé la noche como una noche cualquiera, nada extraordinario; me refiero a que no la pasé ansiosa como quien no duerme la víspera de Navidad esperando sus obsequios. Me tomé un trago, busqué el recibo de la luz porque está vencido y saliendo de aquí quiero ir a pagarlo, leí 6 páginas de un cuento de Tanizaki, reflexioné sobre lo refinado de su sensualidad, su subversiva idea del deseo y la sutil concepción de la belleza, después apagué la lámpara del buró, no creo que hayan pasado más de dos minutos para que me arrollara el sueño.

No me malinterpretes, esto no se trata de venganza, si quisiera pagarte con la misma moneda, te quitaría primero aquello que más amas, te arrancaría el brazo derecho, acto seguido te abriría por el medio del pecho asegurándome de que tu piel se desgarrara y sintieras la sangre bañando tus costados y bajando hasta tus piernas, no te dejaría caer de rodillas, aunque eso me sería gratificante, pero impediría que tuvieras el vértigo de sentirte a kilómetros de la tierra aunque no hubieras despegado un solo pie del piso, te pondría un espejo en frente para que notaras cómo el color de tu piel se iba haciendo de ceniza y nube y te taparía la nariz y la boca porque la claustrofobia se trata, antes que de sentirse encerrado, de sentir asfixia. Te prendería fuego para que cuando pudieras respirar de nuevo, la única pestilencia que llegara a ti fuera la de tu carne quemada, y te dejaría vivo; desbaratado, desangrado, débil, drenado, sin inspiración, te quitaría el canto de los pájaros y los colores, acabaría con el olor de las flores, te arrancaría las palabras mas hermosas, calcinaría todos tus tréboles de cuatro hojas, no te dejaría ni una sola frazada para el invierno, me llevaría los cuentos de tu infancia y te dejaría en un mundo sin atardeceres ni lunas llenas, te robaría todo eso en lo que alguna vez has creído y le extirparía todas las hojas a tus calendarios, te dejaría desollado, pero vivo.

Perdóname si tus lágrimas no me conmueven; conozco tu capacidad de mentir y llorar al mismo tiempo, ¿quién dice que los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez? Por otro lado, la lluvia sí me perturba; no sé cómo la usan de musa los poetas; en realidad es terrible, ruidosa, destructora e incómoda. Llega haciendo alboroto y se va sin importarle un céntimo que lo ha mojado todo, igual que tú. Porque cuando la lluvia es fuerte decimos que se cae el cielo sin saber que hay cielos que se caen para siempre.

Piénsalo, en realidad te estoy haciendo un favor al matarte, un día contarán tu historia y tendrá un final sorprendente y apasionado, siempre es mejor morir así que de un infarto por comer demasiada carne roja. Le estoy poniendo emoción a lo que podría ser uno de los episodios más sosos de tu existencia. Cuéntame cuáles han sido tus pesadillas más recientes. Ya me conoces, soy una complaciente compulsiva y tal vez pueda volverlas realidad.

Te voy a llenar los labios con mi saliva y esa será tu ultima cena, disculpa el sabor a metal, he encontrado nuevas formas de sobrevivir a la desgracia. Seguro volveremos a vernos, no dudo que nos esperen cuartos contiguos en el mismo infierno. Ahí el olor de tu carne quemada se confundirá con la de todos y ya no te producirá nauseas. Mira que eres un tipo con suerte.

Sé que sonará absurdo y contradictorio, pero vengo porque necesito nuevos lugares comunes que, irónicamente, sean sólo míos. Estoy pensando en dos en particular: viajar ligera y volver a empezar. Antes de dar tu ultimo respiro tengo un favor que pedirte; mendígame, suplícame, ruégame que te perdone la vida, muy pronto te sentirás como esas personas felices, por ahora, dame el placer de por una vez, una sola vez, poder decirte que no.